La Historia de María
Una mirada a la Madre de Jesús desde la fe y la tradición cristiana
A todos nos gustaría conocer con lujo de detalles la historia de María, y también la historia de Jesús. Saberlo todo de ellos: cómo eran físicamente, dónde y cómo vivían, qué hacían cada día, cuáles eran sus costumbres, quiénes eran sus amigos, qué pensaban, qué sentían en lo más íntimo de su corazón, qué les causaba dolor y qué los hacía felices, cómo eran sus relaciones con Dios, cómo era su oración, en fin.
Sin embargo, la realidad es que no existen documentos históricos —en el sentido de lo que hoy entendemos por tal— que nos permitan realizar este deseo.
No existen documentos históricos que contengan los datos que queremos conocer y que a nosotros nos parecen fundamentales.
Los evangelios, únicos “documentos” de que disponemos en este sentido, no pueden ser considerados como una biografía de Jesús, como una historia de Jesús, y mucho menos, como una historia de María.
Los Evangelios: una experiencia de fe
En el sentido más estricto, los evangelios son una experiencia de fe, el testimonio escrito de quienes fueron discípulos de Jesús, lo vieron actuar, escucharon sus palabras y creyeron en él.
Se trata de una experiencia de fe transmitida inicialmente de manera oral, durante algunos años, y posteriormente consignada por escrito para mantenerla viva en el tiempo, y permitir que muchas más personas pudieran conocerla y asumirla en su vida.
Nos lo dice san Juan en su evangelio y también en su primera carta:
«Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre»
(Juan 20, 30-31).
«Lo que hemos visto y oído, se los anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros»
(Primera Carta de San Juan 1, 3).
¿Por qué no existen documentos históricos detallados?
Podríamos preguntarnos:
¿Por qué no existen estos documentos históricos que, seguramente, nos permitirían alcanzar un conocimiento más preciso de Jesús y de María, y comprender mejor su “misterio”?
La respuesta es más sencilla de lo que parece.
1. Una forma diferente de comprender la historia
En primer lugar, en aquel tiempo y en el pueblo de Israel al que Jesús y María pertenecían, la concepción de los sucesos y de las personas que en ellos intervenían era radicalmente diferente de la que tenemos hoy en día.
Esta diferencia cultural determina la inexistencia de tales documentos.
2. La vida oculta de Jesús y María
En segundo lugar, porque por voluntad expresa de Dios Padre, Jesús y María vivieron la mayor parte de sus vidas como personas comunes y corrientes.
Nadie conoció su “secreto”, el misterio que Dios realizaba en cada uno de ellos, hasta que Dios mismo decidió revelarlo.
Y cuando lo hizo, también lo dio a conocer a su modo.
Dios tiene su propia manera de hacer las cosas, y esa manera es bien distinta de la nuestra.
El centro de la Revelación
Además, y por si esto fuera poco, el personaje central de la Revelación de Dios a Israel, y por ende, el personaje central de los evangelios, no era, de ninguna manera María, sino Jesús, su Hijo, el Hijo eterno de Dios.
Fue solo después de la muerte de Jesús y de su gloriosa resurrección de entre los muertos, cuando la fe de los apóstoles y discípulos se hizo firme, por la presencia en ellos del Espíritu Santo.
A partir de entonces, María empezó a ser tenida en cuenta, a ser admirada, a ser amada, y a ser honrada como la madre de Jesús, y comenzó a tener un lugar importante dentro de la comunidad de los creyentes, el lugar que sin duda le corresponde por derecho.
Nos lo dice san Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles:
«Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos»
(Hechos de los apóstoles 1, 14).
María en la comunidad cristiana
María ocupó este lugar de honor siempre con mucha discreción y profunda humildad, y asumió con todo su amor y delicadeza su papel de madre de todos los seguidores de Jesús.
Esto sucede en cumplimiento de la última recomendación de Jesús en el Calvario, tal como lo narra el evangelista Juan:
«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa»
(Juan 19, 25-27).
María siempre en relación con Jesús
En los evangelios y en la tradición, María aparece siempre no como persona independiente, sino referida a Jesús.
María es “la Madre de Jesús”, como dice san Juan.
Todo lo que María es, todo lo que hace, cada uno de los acontecimientos de su vida, están en relación íntima con Jesús, y es en él y por él que adquieren su sentido y su valor.
La importancia de María para nosotros
María es importante para nosotros hoy no porque haya sido “muy linda” y “muy buena”, o porque tenga mucho poder, como algunas veces parece que pensáramos.
Es importante porque Dios la escogió para ser la Madre de Jesús, su Hijo y nuestro Salvador.
Dios la preparó para ello con dones y gracias especiales, y ella respondió adecuadamente a esa elección.
Aceptó la misión que Dios le encomendaba y la cumplió con lujo de competencia.
Conocemos a María a través de Jesús, y a su vez María nos conduce a Jesús.
Nos lleva de la mano hasta él; nos enseña a creer en él, a amarlo, y a hacer realidad en el mundo su mensaje de amor.
2. MARÍA, MUJER DE CARNE Y HUESO
La humanidad de María
Lo primero que tenemos que saber sobre María, la certeza de la que tenemos que partir cuando queremos penetrar en el conocimiento de su persona, de su vida, de la misión que Dios Padre le encomendó, es que María fue — es — una mujer de carne y hueso, con todo lo que ello implica.
María fue — es — carne de nuestra carne, hueso de nuestros huesos, sangre de nuestra sangre.
Una creatura de Dios como tú y como yo; su creatura predilecta.
Una vida semejante a la nuestra
María nació como nosotros nacemos y también murió como nosotros morimos.
Su vida fue una vida en todo semejante a la nuestra.
Una vida:
- con luces y sombras
- con alegrías y tristezas
- con triunfos y fracasos
- con risas y lágrimas
- con anhelos y esperanzas
María niña, joven y madre
María fue una niña juguetona y traviesa, que cantaba, que reía, que lloraba, que bailaba; una niña como todas las niñas de su tiempo.
María fue una joven soñadora y enamorada que pensaba y sentía como pensaban y sentían las jóvenes de su edad, como pensaban y sentían sus amigas de Nazaret.
María fue una madre tierna y cariñosa que amaba profundamente a su hijo, lo cuidaba, atendía todas sus necesidades, sufría con sus dolores y se alegraba con sus alegrías.
María fue una esposa fiel y solícita que amaba y respetaba a su esposo y se preocupaba por su bienestar.
La vida cotidiana de María
Es importante que aprendamos a imaginar a María en su vida diaria.
Imaginemos a María:
- conversando con sus amigas
- cargando agua de la fuente
- lavando
- cocinando
- tejiendo
- ordeñando las cabras y las ovejas
- barriendo la casa
- arreglando la mesa para la comida
Como lo hacían todas las mujeres de su pueblo en aquel tiempo.
María y su amor por José
Es importante que aprendamos a imaginarla enamorada de José, deseosa de que llegara el momento de la boda.
Soñando con los hijos que tendría, alegre y feliz por saberse amada por quien ella amaba también.
Sorprendida por el designio de Dios, que ella no comprendía totalmente.
Extrañada por su maternidad “sin haber conocido varón”, temerosa por la reacción de José cuando conociera su estado.
Los momentos del nacimiento de Jesús
Es importante que aprendamos a imaginarla:
- alegre y asustada a la vez ante el nacimiento de Jesús
- conmovida por la visita de los pastores
- sorprendida por lo que decían los Reyes de Oriente
- temerosa al escuchar las palabras proféticas del anciano Simeón
María y la infancia de Jesús
Es importante que aprendamos a imaginar a María enseñando a caminar a Jesús.
Enseñándole a:
- hablar
- comer
- vestirse
- comportarse con las demás personas
Sonriendo, cantando, conversando alegre, y también triste, llorosa.
María y su relación con Dios
Es importante que aprendamos a imaginar a María en su relación con Dios.
Como una fiel creyente en medio de las oscuridades de la fe.
Imaginemos a María:
- orando
- entregándose a Dios
- aceptando su voluntad, incluso cuando no la comprendía completamente.
Una mujer verdadera
María fue — es — una mujer de carne y hueso como nosotros.
Una mujer en toda la extensión de la palabra:
tierna, dulce, cariñosa, abnegada, comprensiva, servicial, amable, alegre…
Pero sobre todo, María era una niña en cuyo corazón Yahvé, Dios, ocupaba un lugar importante; poco a poco, en la medida de sus capacidadesl, María iba percibiendo cómo tomaba posesión de su ser, cómo su amor por Él crecía y se profundizaba. Tan pronto aprendió a orar, María hizo de la oración, del diálogo con Dios, su refugio y su fuerza; la necesitaba para vivir, más que el aire que respiraba. En la oración frecuente y confiada, Dios se hizo Todo
para María. Así la encontró el ángel Gabriel, cuando una linda mañana de primavera llegó hasta ella con un mensaje de Dios, el más importante mensaje de la historia humana
