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Salmo 103 Completo de la Biblia Catolica

Salmo 103 de la Biblia Catolica Te dejo completo el Texto del Salmo 103 para meditar, hacer oración, reflexionar o hacer lectio divina, de la version catolica de la Biblia de la Iglesia en América Salmo 103 Texto Completo de la Biblia Catolica De David: Alma mia , bendice al Señorque todo mi ser bendiga […]

Salmo 103

Salmo 103 de la Biblia Catolica

Te dejo completo el Texto del Salmo 103 para meditar, hacer oración, reflexionar o hacer lectio divina, de la version catolica de la Biblia de la Iglesia en América


Salmo 103 Texto Completo de la Biblia Catolica

De David:

Alma mia , bendice al Señor
que todo mi ser bendiga su santo nombre.
Alma mia bendice al Señor,
y no olvides ninguno de sus beneficios.

El perdona todas tus culpas
y sana todas tus enfermedades.
El salva tu vida de la tumba
te corona de amor y misericordia;
te sacia de bienes mientras vives
y tu rejuveneces como el aguila.

El Señor actua con justicia
y da sentencias en favor del oprimido.
Revelo sus caminos a Moises,
sus hazañas a los israelitas.

El Señor es misericordioso y compasivo
paciente y lleno de amor.
No esta siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo.
No nos trata segun nuestros pecados
ni nos paga segun nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra
asi de grande es su amor hacia los que le temen.
Como dista el oriente de occidente,
asi aleja de nosotros nuestros delitos.

Como un padre siente ternura por sus hijos,
asi el señor siente ternura por quienes lo temen.
Porque el sabe como estamos hechos;
tiene presente que somos solo polvo.
Los dias del hombre son como la hierba;
florecen como la flor del campo,
pero, cuando pasa el viento sobre ella, desaparece
y no se la vera mas en el lugar donde estuvo.

Pero el amor del Señor dura para siempre
sobre los que le temen,
y su justicia pasa a los hijos de sus hijos,
de los que guardan su alianza
y se acuerdan de poner en practica sus preceptos.

El Señor establecio su trono en el cielo
y su reino domina sobre todo lo que existe.
Bendigan al Señor sus mensajeros,
poderosos soldados que cumplen sus ordenes
en cuanto oyen el sonido de su palabra.

Bendigan al Señor todos sus ejercitos,
sus servidores que cumplen su volutad.
Bendigan al Señor todas sus obras
en todos los espacios de su Reino.

Alma mia bendice al Señor.



El salmo 103 en la oración personal

«Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios.» (Salmo 103,2)

Este versículo inicial es una exhortación personal. David no le habla a su pueblo ni a su ejército, sino a su propia alma. Le recuerda que no debe olvidar, que no puede dejar que el paso del tiempo borre las maravillas que Dios ha obrado en su vida. Y eso me resuena profundamente: ¿cuántas veces olvidamos agradecer lo esencial? La salud, el perdón, la paz, la salvación… cosas que damos por sentadas hasta que faltan.

El salmo me recuerda que la gratitud no es un acto ocasional, sino una actitud constante del alma.

«Él perdona todas tus iniquidades, sana todas tus dolencias, rescata tu vida del sepulcro, te corona de amor y de ternura.» (Salmo 103,3-4)

Aquí se revela el corazón de Dios: un Padre que perdona, sana, rescata y corona. No se trata de méritos nuestros, sino de su bondad inmerecida. Me impresiona esa secuencia:

  • Perdona mis pecados: no solo algunos, todos.
  • Sana mis heridas: físicas, emocionales, espirituales.
  • Rescata mi vida del abismo: de mis propios errores, del mal, del pecado.
  • Corona con amor y ternura: no con juicio, sino con compasión.

Este es el Dios al que adoro, no un juez frío, sino un Padre tierno. Cada una de estas acciones es una caricia del cielo.

«El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.» (Salmo 103,8)

Esta es una de las frases más repetidas en toda la Escritura. Aparece en el Éxodo (34,6), en los profetas, en los salmos… porque define la esencia de Dios. En una sociedad que vive de la inmediatez y muchas veces del castigo rápido, esta imagen de Dios contrasta poderosamente: es lento para la ira. Me cuesta pensar cuántas veces merecería su reprensión, pero Él elige ser paciente.

«No nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme a nuestras culpas.» (Salmo 103,10)

Esto es misericordia en estado puro. La lógica humana premia al bueno y castiga al malo, pero Dios va más allá de esa lógica. Él no es ciego a nuestras faltas, pero elige mirar con ojos de amor. Esta verdad debería cambiar nuestra forma de vivir: no para pecar más, sino para amar más.

«Como dista el oriente del occidente, así aleja de nosotros nuestras culpas.» (Salmo 103,12)

Esta es una imagen poética y poderosa. El oriente y el occidente nunca se tocan. Así es el perdón de Dios: total, absoluto, irreversible. En el sacramento de la reconciliación, esta promesa se hace realidad. Y aunque a veces nos cueste perdonarnos a nosotros mismos, Dios ya nos ha separado de ese pasado con una distancia infinita.

«Como un padre se enternece por sus hijos, así se enternece el Señor por quienes le temen.» (Salmo 103,13)

Aquí el lenguaje se vuelve íntimo, familiar. No hay imagen más cercana que la de un padre inclinado sobre su hijo pequeño, cuidando de él. Eso es lo que Dios hace conmigo, con cada uno de nosotros. Él se inclina, se agacha, se abaja, no para humillarnos, sino para levantarnos.

«Él conoce de qué estamos hechos, sabe muy bien que somos polvo.» (Salmo 103,14)

Este versículo no es una ofensa, es una afirmación de ternura. Dios no espera de nosotros perfección imposible. Sabe que somos frágiles, limitados, pecadores. Y aun así, nos ama. No nos exige lo que no podemos dar, sino que se adapta a nuestra debilidad.

En tiempos en que el rendimiento parece ser el estándar de valor, este versículo me libera: no tengo que demostrar nada para que Dios me ame. Él ya me ama tal como soy.

«Pero el amor del Señor por siempre está con los que le temen, y su justicia llega a los hijos de sus hijos.» (Salmo 103,17)

Mientras nuestra vida pasa como la hierba (v.15-16), el amor de Dios es eterno. Aquí hay una promesa para cada generación. La fe que hoy vivo puede dejar un legado de bendición para mis hijos y los hijos de mis hijos. Esa es la fuerza de la fidelidad divina: no se limita a una vida, se expande por generaciones.

«El Señor ha establecido su trono en los cielos, y su realeza gobierna el universo entero.» (Salmo 103,19)

El salmo culmina con una visión cósmica: Dios reina. Su autoridad es absoluta, no en términos de dominio tiránico, sino de soberanía llena de justicia, verdad y paz. Todo el cielo y la tierra están invitados a alabarle: ángeles, obras, criaturas… y también mi alma.

El Salmo 103 en la vida diaria

El Salmo 103 no es solo para rezarlo en momentos de paz interior. También es para esos días donde parece que todo sale mal. Aquí algunas formas en que este salmo puede transformar nuestra vida cotidiana:

1. Cultivar la gratitud diaria

Empieza cada día recordando al menos una de las bendiciones que has recibido. Haz lo que David hizo: habla a tu alma y recuérdale todo lo bueno.

2. Renueva tu confianza en el perdón

Cuando te sientas indigno, repite este salmo. Dios no te paga según tus culpas. Confía en su misericordia y recurre al sacramento de la reconciliación.

3. Ten compasión contigo mismo y con los demás

Si Dios sabe que somos polvo, tú también puedes tener paciencia con tus errores y con los de los demás.

4. Deja un legado espiritual

Transmite este salmo a tus hijos, a tus nietos, a tus hermanos en la fe. La Palabra de Dios no envejece; sus promesas siguen vivas para las nuevas generaciones.

¿Por qué orar con el Salmo 103?

Porque es uno de los salmos más completos en su expresión de alabanza. Nos recuerda quién es Dios, lo que ha hecho, lo que hace y lo que seguirá haciendo. Nos ubica en nuestra fragilidad, pero no para hundirnos, sino para elevarnos en la confianza.

Este salmo también es una brújula para el alma herida. Quien lo reza, encuentra consuelo. Quien lo proclama, fortalece su fe. Quien lo medita, se siente profundamente amado.


Cuando cierro los ojos y dejo que las palabras del Salmo 103 recorran mi interior, algo cambia. Siento que el peso del día se aligera, que mis heridas encuentran bálsamo, que mi corazón se ensancha para alabar. Y entonces, repito con David:

«Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo Nombre.» (Salmo 103,1)

Porque no hay mejor forma de vivir que reconociendo, amando y adorando a Aquel que nos perdona, nos cura, nos rescata y nos ama sin medida.

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