Hace cien años, y aun mucho menos tiempo, no existíamos. Ahora existimos, estamos en este mundo. Dentro de algún tiempo, tal vez muy pronto, moriremos. Es muy justo y razonable, pues, que averigüemos seriamente: ¿Para que estamos en este mundo?
¿Quien nos ha dado el ser que tenemos? ¿Que sera de nosotros después de la muerte?
La pregunta sobre nuestra existencia es una de las más profundas y esenciales que la humanidad se ha planteado desde el inicio de los tiempos. La fe cristiana nos ofrece una respuesta clara y profunda: estamos aquí en la tierra para conocer, amar y servir a Dios en esta vida, y después disfrutar de su presencia para siempre en la eternidad. Este propósito no es solo una meta individual, sino un llamado universal que abarca a todos los seres humanos, y su grandeza es tal que incluso los ángeles y la Virgen María comparten este fin último.
Un propósito elevado y sublime
El fin para el cual Dios nos ha creado es tan elevado y excelente que no puede ser superado. La grandeza de este propósito radica en que nuestra existencia está dirigida hacia el Creador mismo, quien es el Bien supremo e infinito. Nada en este mundo puede igualar la dignidad y la felicidad que se encuentran en cumplir este propósito divino.
Incluso los ángeles del cielo y María Santísima, la criatura más perfecta creada por Dios, no tienen un fin más elevado que el nuestro. Todos estamos destinados a la unión con Dios, el único que puede colmar plenamente los anhelos de nuestra alma. La grandeza de este propósito nos recuerda que nuestras vidas no son fruto del azar, sino parte de un plan divino que nos llama a la eternidad.
Conocer, amar y servir a Dios
Conocer a Dios
Para cumplir con nuestro propósito, primero debemos conocer a Dios. Este conocimiento no es solo intelectual, sino un acercamiento personal a Él a través de la oración, la meditación y la reflexión sobre su palabra en la Sagrada Escritura. Al conocerlo, entendemos su infinita bondad, amor y misericordia, lo que nos lleva a admirarlo y desear estar cerca de Él.
Amar a Dios
El amor es la respuesta natural al conocimiento de Dios. Al comprender su bondad infinita, surge en nosotros el deseo de amarlo por encima de todas las cosas. Este amor se manifiesta en nuestra capacidad de amar al prójimo, pues cada ser humano es imagen y semejanza de Dios. San Agustín expresó este concepto maravillosamente: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.”
Servir a Dios
Servir a Dios implica vivir de acuerdo con su voluntad, obedeciendo sus mandamientos y dedicando nuestra vida a hacer el bien. Este servicio no es una carga, sino un privilegio, ya que nos permite participar en el plan de salvación que Dios tiene para la humanidad. Al servir a Dios, también servimos a los demás, especialmente a los más necesitados, siguiendo el ejemplo de Jesucristo.
Estamos en la tierra para ganar el cielo
La vida terrenal es un camino hacia un destino eterno. Estamos aquí para prepararnos y merecer la gloria del cielo, que es el estado de felicidad plena y unión con Dios. Esta vida es temporal y pasajera, pero nuestra alma está destinada a la eternidad. Por ello, todo nuestro empeño y esfuerzo deben estar dirigidos hacia este fin último.
Guardar los mandamientos
El camino para alcanzar el cielo pasa por la obediencia a los mandamientos divinos. Estos no son imposiciones arbitrarias, sino expresiones del amor de Dios que nos guían hacia una vida plena y feliz. La verdadera libertad no consiste en hacer lo que deseamos, sino en vivir conforme a la voluntad de Dios, que siempre busca nuestro bien.
Conclusión
El propósito de nuestra vida en la tierra es infinitamente grande porque está dirigido hacia Dios mismo. No estamos aquí por casualidad ni para perseguir metas pasajeras, sino para alcanzar un destino eterno que trasciende todo lo terrenal. Al conocer, amar y servir a Dios, cumplimos con la razón de nuestra existencia y encontramos la verdadera felicidad.
Vivamos, entonces, con la mirada puesta en el cielo, recordando que nuestra vida terrenal es solo una preparación para la vida eterna. Como dijo San Pablo en su carta a los Filipenses: “Nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo” (Filipenses 3:20).
