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Evangelio de Hoy Domingo 14 de Septiembre de 2025 – Lecturas y Evangelio de la Misa

Introducción al Evangelio del Domingo 14 de Septiembre El Evangelio de este domingo nos invita a contemplar el corazón mismo de Dios: un Padre que no se cansa de amar, perdonar y salir al encuentro de sus hijos. San Lucas, en el capítulo 15, nos presenta tres parábolas que reflejan la infinita misericordia divina: la […]

Introducción al Evangelio del Domingo 14 de Septiembre

El Evangelio de este domingo nos invita a contemplar el corazón mismo de Dios: un Padre que no se cansa de amar, perdonar y salir al encuentro de sus hijos. San Lucas, en el capítulo 15, nos presenta tres parábolas que reflejan la infinita misericordia divina: la oveja perdida, la moneda encontrada y, de manera especial, el regreso del hijo pródigo.

En cada una de estas imágenes descubrimos un mensaje profundo: no importa cuán lejos nos hayamos alejado, siempre existe un camino de vuelta. El pastor que carga a la oveja, la mujer que enciende la lámpara para buscar la moneda, y el padre que abraza al hijo arrepentido, son signos vivos del amor de Dios que busca lo que estaba perdido y lo devuelve a la vida.

Este relato no se queda en una historia antigua, sino que toca nuestra propia existencia. Nos recuerda que, en medio de nuestras caídas, errores y pecados, la misericordia divina está siempre dispuesta a levantarnos. Así como Moisés intercedió por su pueblo y como san Pablo experimentó el perdón en su debilidad, también nosotros somos llamados a abrir el corazón, dejar atrás la dureza y volver al abrazo del Padre.

Hoy, este Evangelio nos cuestiona: ¿dejamos que Dios nos encuentre? ¿Permitimos que su misericordia transforme nuestras resistencias en alegría y reconciliación? El mensaje es claro: en la casa del Padre siempre hay fiesta cuando un hijo regresa.

XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
VERDE

PRIMERA LECTURA 14 de Septiembre de 2025

[El Señor renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo.]

Del libro del Éxodo 32, 7-11. 13-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés: “Anda, baja del monte, porque tu pueblo, el que sacaste de Egipto, se ha pervertido. No tardaron en desviarse del camino que yo les había señalado. Se han hecho un becerro de metal, se han postrado ante él y le han ofrecido sacrificios y le han dicho: ‘Este es tu dios, Israel; es el que te sacó de Egipto’ ”.

El Señor le dijo también a Moisés: “Veo que éste es un pueblo de cabeza dura. Deja que mi ira se encienda contra ellos hasta consumirlos. De ti, en cambio, haré un gran pueblo”.
Moisés trató de aplacar al Señor, su Dios, diciéndole: “¿Por qué ha de encenderse tu ira, Señor, contra este pueblo que tú sacaste de Egipto con gran poder y vigorosa mano? Acuérdate
de Abraham, de Isaac y de Jacob, siervos tuyos, a quienes juraste por ti mismo, diciendo: ‘Multiplicaré su descendencia como las estrellas del cielo y les daré en posesión perpetua toda la tierra que les he prometido’ ”. Y el Señor renunció al castigo con que había amenazado a su pueblo.
Palabra de Dios.

SALMO RESPONSORIAL 14 de Septiembre de 2025

del salmo 50

R. Me levantaré y volveré a mi padre.
Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados.
R.
Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu.
R.
Señor, abre mis labios y cantará mi boca tu alabanza. Un corazón contrito te presento, y a un corazón contrito, tú nunca lo desprecias.
R.

SEGUNDA LECTURA 14 de Septiembre de 2025

[Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores.]

De la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17

Querido hermano: Doy gracias a aquel que me ha fortalecido, a nuestro Señor Jesucristo, por haberme considerado digno de confianza al ponerme a su servicio, a mí, que antes fui blasfemo y perse­guí a la Iglesia con violencia; pero Dios tuvo misericordia de mí, porque en mi incredulidad obré por ignorancia, y la gracia de nuestro Señor se desbordó sobre mí, al darme la fe y el amor que provienen de Cristo Jesús.Puedes fiarte de lo que voy a decirte y aceptarlo sin reservas: que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los
cuales yo soy el primero. Pero Cristo Jesús me perdonó, para que fuera yo el primero en quien él manifestara toda su generosidad y sirviera yo de ejemplo a los que habrían de creer en él, para obtener la vida eterna. Al rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. Palabra de Dios.

Evangelio de Hoy Domingo 14 de Septiembre de 2025

 

Del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-32

1 Todos los cobradores de impuestos y los pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo.
2 Los fariseos y los maestros de la Ley murmuraban diciendo: «Este recibe a los pecadores y come con ellos».
3 Entonces Jesús les dijo esta parábola:
4 «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una, no deja a las noventa y nueve en el campo para ir detrás de la que se perdió hasta que la encuentra?
5 Una vez que la halla, lleno de alegría la pone sobre sus hombros
6 y, al volver a su casa, llama a sus amigos y vecinos y les dice: “¡Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido!”
7 Les aseguro que de la misma manera Dios se alegra más por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse».

8 «¿Qué mujer, si tiene diez monedas de plata y pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y busca con cuidado la moneda hasta que la encuentra?
9 Y, cuando la halla, llama a sus amigas y vecinas y les dice: “¡Alégrense conmigo, porque encontré la moneda que se me había perdido!”
10 Les aseguro que de la misma manera se alegrarán los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente».

11 Después, Jesús les dijo: «Un hombre tenía dos hijos.
12 El más joven de ellos le dijo a su padre: “Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde”. Entonces el padre repartió la fortuna entre los hijos.
13 Poco tiempo después, el hijo menor reunió todo lo que tenía y se fue a un país lejano, donde derrochó todos sus bienes viviendo de manera desordenada.
14 Cuando ya había gastado todo, se produjo un hambre terrible en esa región y comenzó a padecer necesidad.
15 Entonces fue y consiguió trabajo en casa de uno de los habitantes de ese país, que lo mandó a sus campos a cuidar cerdos.
16 Él deseaba saciar su hambre con el alimento que comían los cerdos, pero nadie se lo daba.
17 Al darse cuenta de su situación se puso a pensar: “¡Cuántos obreros de mi padre tienen comida en abundancia mientras yo estoy aquí muriéndome de hambre!
18 Me levantaré, volveré a la casa de mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra Dios y ante ti.
19 Ya no merezco tener el nombre de hijo tuyo. Trátame como a uno de tus obreros’”.
20 Entonces se levantó y volvió a la casa de su padre. Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y, conmovido profundamente, salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo besó con ternura.
21 Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra Dios y ante ti. Ya no merezco tener el nombre de hijo tuyo”.
22 Pero su padre ordenó a los servidores: “¡Rápido! ¡Traigan la mejor ropa y vístanlo! ¡Pónganle el anillo en su mano y sandalias en sus pies!
23 ¡Traigan el ternero más gordo, mátenlo y festejemos!
24 Porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”. Y empezaron a festejar.
25 Su hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya próximo a la casa, oyó la música y los bailes.
26 Entonces llamó a uno de los servidores y le preguntó qué ocurría.
27 Él le dijo: “Tu hermano ha vuelto y tu padre mandó matar el ternero más gordo, porque lo ha recuperado sano y salvo”.
28 Y tanto se enojó el hermano mayor que no quería entrar. Su padre tuvo que salir a rogarle que entrara,
29 pero él le respondió: “Hace tantos años que te sirvo y nunca desobedecí ni una sola de tus órdenes. Sin embargo, nunca me diste un corderito para que haga una fiesta con mis amigos.
30 Ahora ha venido ese hijo tuyo que despilfarró tus bienes con prostitutas y mandas matar en su honor el ternero más gordo”.
31 El padre le contestó: “¡Hijo, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!
32 Pero era necesario festejar y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado”».

 

Reflexión del Evangelio de la Biblia de la Iglesia en America

 

15,1-7. Por medio de tres parábolas: la oveja perdida (15,3-7), la moneda perdida (15,8-10) y el hijo perdido (15,11-32), Jesús responde a los fariseos y maestros de la Ley que lo critican porque se junta a comer con pecadores (5,30). En tiempo de Jesús, las comidas y banquetes creaban lazos de amistad y hasta de parentesco entre los comensales. Para no contaminarse y adquirir la condición de pecador, los judíos piadosos no comían en la misma mesa con reconocidos pecadores, cobradores de impuestos y extranjeros (Hch 11,2-3; Gál 2,11-14). Jesús, sin embargo, se opone a esta mentalidad, indicándonos cómo Dios, su Padre, se comporta con los pecadores: sale al encuentro de ellos y se alegra cuando hacen penitencia y se convierten. Jesús compara la alegría de Dios con la alegría de un pastor, una dueña de casa y un padre de familia cuando encuentran lo que daban por perdido. El pastor de la parábola de la oveja perdida (Lc 15,1-7), en cuanto fiel figura de Dios (Ez 34,16), muestra un particular interés por su oveja extraviada, precisamente porque no está en su rebaño. Por esto deja al resto de las ovejas bien protegidas y sale a buscar la oveja perdida. Apenas la encuentra, la carga sobre sus hombros y convoca a los vecinos, no para festejar por las noventa y nueve ovejas del corral, sino por haber encontrado a la extraviada, que vuelve a integrar el rebaño. Toda la tarea ha sido del pastor: dejó a las otras ovejas, salió a buscar la perdida hasta encontrarla, la cargó sobre sus hombros, la regresó a su redil… La oveja perdida, en cambio, permaneció pasiva. La preocupación activa del pastor por su oveja es figura de la actitud de Dios hacia los pecadores. Por esto su Hijo Jesús se sienta en la mesa con los que son rechazados por fariseos y maestros de la Ley.

15,8-10. En la parábola acerca de la moneda perdida (nota a 15,1-7), la protagonista es una mujer, dueña de casa, que busca con cuidado entre sus enseres un dracma –entre diez– que se le perdió, moneda de plata de origen griego que equivale al salario de un día de trabajo. Como en la parábola anterior y al igual que el pastor que busca a su oveja perdida (15,3-7), también aquí la iniciativa y las acciones para encontrar la moneda son realizadas por la mujer: enciende la lámpara, barre la casa, busca con cuidado hasta encontrarla… Como la oveja extraviada, la moneda no hace nada para ser encontrada. Esta parábola, como la anterior y la siguiente (15,6.23), culmina con una invitación a la alegría por haber encontrado lo que se buscaba (15,9).

15,8-10. En la parábola acerca de la moneda perdida (nota a 15,1-7), la protagonista es una mujer, dueña de casa, que busca con cuidado entre sus enseres un dracma –entre diez– que se le perdió, moneda de plata de origen griego que equivale al salario de un día de trabajo. Como en la parábola anterior y al igual que el pastor que busca a su oveja perdida (15,3-7), también aquí la iniciativa y las acciones para encontrar la moneda son realizadas por la mujer: enciende la lámpara, barre la casa, busca con cuidado hasta encontrarla… Como la oveja extraviada, la moneda no hace nada para ser encontrada. Esta parábola, como la anterior y la siguiente (15,6.23), culmina con una invitación a la alegría por haber encontrado lo que se buscaba (15,9).

 

Reflexión del Evangelio de la Biblia de Navarra

 

Lc 15,1-10

La acusación de fariseos y escribas sirve a Jesús para ilustrar la preocupación de Dios por salvar a cada uno de los hombres. Obviamente, el culmen de toda esa actividad divina es la Encarnación de Jesucristo. Por eso, la tradición cristiana, fundada también en otros pasajes evangélicos (cfr Jn 10,11), ve este Buen Pastor en Cristo: «Puso la oveja sobre sus hombros, porque, al asumir la naturaleza humana, Él mismo cargó con nuestros pecados» (S. Gregorio Magno, Homiliae in Evangelia 2,14,3). El inicio del pasaje (vv. 1-2) nos presenta la ocasión de estas
parábolas: Jesús es acusado de recibir a los pecadores y comer con ellos, la misma acusación que después le hace el hijo mayor al padre de la parábola: recibir al hijo que ha cometido todos los pecados posibles y celebrar un banquete por su vuelta. La parábola es una explicación de la conducta de Jesús, y nos enseña además que, frente a Él, quien le juzga acaba por ser juzgado en aquello mismo que juzga. Las parábolas de la oveja y la dracma perdidas (vv. 3-10) tienen una estructura semejante: la narración de la parábola continúa con una
frase de los protagonistas (vv. 6.9), en la que expresan su alegría por haber encontrado lo perdido, y concluye con una frase de Jesús en la que declara que esa misma alegría se da en el cielo cuando se convierte un pecador (vv. 7.10). De esa manera el oyente entiende que  las acciones del pastor y la mujer representan las acciones de Dios con los hombres. Dios no se queda cruzado de brazos ante nuestra debilidad: sale en busca de lo perdido (v. 4), y con un celo cuidadoso hace todo lo necesario para encontrarlo (v. 8). Pero, sobre todo, se
alegra; lo mismo que cuando nosotros le buscamos a Él: «Mas esta fuerza tiene el amor, si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos. Y verdaderamente es así que, aunque sean grandísimos trabajos, entendiendo contentamos a Dios, se nos hacen dulces» (Sta. Teresa de Jesús, Fundaciones 5,7).

Lc 15,11-32

Estamos ante una de las parábolas más bellas de Jesús. La grandeza del corazón de Dios, su misericordia infinita, descrita en las parábolas anteriores, se completa ahora con unos rasgos vivísimos de las acciones del Padre (vv. 20-24; 31-32). En la parábola tiene enorme relieve el hecho mismo de la conversión: «El proceso de la conversión y de la penitencia fue descrito maravillosamente por Jesús en la parábola llamada “del hijo pródigo”, cuyo centro es “el Padre misericordioso” (Lc 15,11-24): la fascinación de una libertad ilusoria, el abandono de la casa paterna; la miseria extrema en la que el hijo se encuentra tras haber dilapidado su fortuna; la humillación profunda de verse obligado a apacentar cerdos, y peor aún, la de desear alimentarse de las algarrobas que comían los cerdos; la reflexión sobre los bienes perdidos; el arrepentimiento y la decisión de declararse culpable ante su padre, el camino de retorno; la acogida
generosa del padre; la alegría del padre: todos estos son rasgos propios del proceso de conversión. Las mejores vestiduras, el anillo y el banquete de fiesta son símbolos de esta vida nueva,  pura, digna, llena de alegría que es la vida del hombre que vuelve a Dios y al seno de su familia, que es la Iglesia. Sólo el corazón de Cristo, que conoce las profundidades del amor de su Padre, pudo revelarnos el abismo de su misericordia de una manera tan llena de simplicidad y de belleza» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1439). La parábola, muy sencilla en su profundidad, se narra desde tres perspectivas: la del hijo menor, la del padre y la del hijo mayor. La historia del hijo menor es casi un modelo del proceso del pecador: el abandono de la casa paterna, la marcha a un país lejano donde no puede cumplir los deberes de piedad con Dios ni con los suyos, la vida con los cerdos, etc. (vv. 13-15). Por eso, «aquel hijo (…) es en cierto sentido el hombre de todos los tiempos, comenzando por aquel queprimeramente perdió la herencia de la gracia y de la justicia original. (…) La parábola toca indirectamente toda clase de rupturas de la alianza de amor, toda pérdida de la gracia, todo pecado» (Juan Pablo II, Dives in misericordia, n. 5). Pero, en un momento determinado, toma la decisión de la conversión. Esa decisión se compone de varias acciones: el hijo sabe que no sólo ha ofendido a su padre, sino también a Dios (v. 18), y, sobre todo, es consciente de la gravedad de
su pecado: «En el centro de la conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de la dignidad perdida, de aquella dignidad que brota de la relación del hijo con el padre. Con esta decisión emprende el camino» (ibidem, n. 19). El relato nos muestra a continuación al Padre. Su modo de obrar resulta sorprendente, como lo es el obrar de Dios con los hombres. Ciertamente el perdón es también humano, pero, al perdón, el padre leañade el mejor traje, el anillo, las sandalias y el ternero cebado: «El padre del hijo pródigo es fiel a su paternidad, fiel al amor que  desde siempre sentía por su hijo. Tal fidelidad se expresa en la parábola no sólo con la inmediata prontitud en acogerlo cuando vuelve a casa después de haber malgastado el patrimonio; se expresa aún más plenamente con aquella alegría, con aquel júbilo tan generoso respecto al disipador después de su vuelta» (ibidem, n. 6). Todavía la parábola se detiene en otro personaje: el hijo mayor que se siente ofendido por los gestos del padre. En el contexto histórico del ministerio público de Jesús representa la posición de algunos judíos que «se tenían por justos» (18,9) y pensaban que Dios estaba obligado a reconocer «sus obras de justicia», despreciadas y ofendidas por la conducta misericordiosa de Jesús hacia los pecadores. Por eso, en esta tercera escena, las quejas del hijo y laspalabras del padre ocupan casi el mismo espacio: «El hombre —todo hombre— es también este hermano mayor. El egoísmo le hace ser celoso, le endurece el corazón, lo ciega y le hace cerrarse a los demás y a Dios. La benignidad y la misericordia del Padre lo irritan y lo enojan; la felicidad por el hermano hallado tiene para él un aboramargo. También bajo este aspecto él tiene necesidad de convertirse para reconciliarse» (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 6).

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