Maria: Todas las generaciones me llamarán bienaventurada
La Visitación de María y el cántico del Magnificat
“Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada.”
(Lucas 1, 46-48)
Estas palabras forman parte de uno de los textos más hermosos del Evangelio: el Magnificat, el cántico de alabanza que brotó del corazón de María cuando visitó a su prima Isabel.
En este canto, María reconoce que todo lo que ocurre en su vida es obra de Dios. No se atribuye a sí misma ningún mérito. Por el contrario, reconoce con humildad que el Señor ha mirado la pequeñez de su sierva y ha realizado en ella maravillas que superan toda expectativa humana.
“Porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre, y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen.”
Este cántico no es simplemente una oración personal de María. En él se refleja la esperanza de todo el pueblo de Israel, que durante siglos había esperado la llegada del Mesías prometido.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el Magnificat es el canto de los humildes que reconocen la fidelidad de Dios:
“El Magnificat expresa la espiritualidad de los pobres de Yahvé, el canto de los que esperan la salvación prometida.”
(Catecismo de la Iglesia Católica, 2619).
En María se cumple la promesa hecha a los patriarcas. Dios ha comenzado a realizar su plan de salvación y María lo proclama con alegría.
La visita de María a Isabel
Después del anuncio del ángel Gabriel, el Evangelio nos cuenta que María emprendió un viaje para visitar a su prima Isabel.
Cuando leemos este pasaje, surge una pregunta natural: ¿por qué María decidió ir a visitarla tan pronto?
Podría pensarse que se trataba simplemente de curiosidad. Sin embargo, esta explicación no parece coherente con la personalidad de María. Ella no era una persona que actuara movida por impulsos superficiales, y mucho menos en una situación que implicaba un viaje largo y arriesgado para una joven como ella.
Tampoco parece que María dudara del mensaje del ángel. Su respuesta durante la Anunciación muestra claramente que su corazón estaba lleno de fe y confianza en Dios.
Entonces, ¿por qué emprendió este viaje?
Todo indica que María fue a casa de Isabel para compartir con ella el misterio que estaba viviendo. El ángel Gabriel le había hablado del embarazo de su prima, y ese detalle no era casual. Isabel también formaba parte del plan de Dios.
Tal vez María sintió que Isabel sería la persona capaz de comprender lo que estaba sucediendo en su vida.
San Ambrosio de Milán meditaba este episodio afirmando que María no fue a casa de Isabel por simple necesidad humana, sino movida por la caridad. Según él, María llevó consigo a Cristo y su presencia comenzó inmediatamente a comunicar gracia.
¿Quién era Isabel?
El Evangelio de san Lucas nos ofrece algunos datos importantes sobre Isabel.
Ella era una pariente de María y pertenecía a la descendencia de Aarón, el hermano de Moisés. Estaba casada con Zacarías, un sacerdote del pueblo de Israel.
Ambos eran personas justas y fieles a Dios, pero habían vivido durante muchos años sin poder tener hijos. Cuando ya eran ancianos, Dios intervino en su vida de manera extraordinaria.
Mientras Zacarías ejercía su servicio sacerdotal en el templo de Jerusalén, el ángel Gabriel se le apareció y le anunció el nacimiento de un hijo.
Ese hijo sería Juan, el que más tarde sería conocido como Juan el Bautista, el precursor del Mesías.
El ángel le dijo a Zacarías:
“No temas Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan.”
(Lucas 1, 13).
Juan tendría una misión especial: preparar al pueblo de Israel para la llegada del Señor.
El viaje de María
María emprendió el viaje hacia la región montañosa de Judea, donde vivían Zacarías e Isabel.
Probablemente viajó en una caravana, como era costumbre en aquella época, porque los caminos podían ser peligrosos. El trayecto desde Galilea hasta Judea era largo y podía durar aproximadamente ocho días.
Este detalle revela algo importante sobre María: su disponibilidad para servir.
El Papa Francisco, reflexionando sobre este episodio, ha señalado que María no se queda encerrada en sí misma después de recibir la noticia del ángel. Por el contrario, se pone en camino.
María se convierte así en la primera persona que lleva a Cristo a los demás.
El encuentro entre María e Isabel
El encuentro entre María e Isabel es uno de los momentos más conmovedores del Evangelio.
Cuando María llegó y saludó a su prima, ocurrió algo extraordinario. El niño que Isabel llevaba en su seno saltó de alegría, y el Espíritu Santo iluminó el corazón de Isabel.
Entonces Isabel exclamó con profunda emoción:
“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que venga a visitarme la madre de mi Señor?”
(Lucas 1, 42-43).
Estas palabras contienen una verdad extraordinaria. Inspirada por el Espíritu Santo, Isabel reconoce que María es la Madre del Señor, es decir, la Madre del Mesías.
El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que esta escena revela el inicio de la misión de Cristo:
“La visita de María a Isabel se convierte en visita de Dios a su pueblo.”
(Catecismo de la Iglesia Católica, 717).
La fe de María
Isabel no solo bendice a María por su maternidad, sino también por su fe.
“Dichosa tú que has creído, porque se cumplirá lo que te ha dicho el Señor.”
(Lucas 1, 45).
La fe de María es el elemento central de toda su vida.
San Agustín afirmaba que María fue bienaventurada no solo por haber llevado a Cristo en su seno, sino porque antes lo había llevado en su corazón por medio de la fe.
Según él, la fe de María hizo posible la Encarnación.
El Magnificat: el canto de María
Al escuchar las palabras de Isabel, el corazón de María se llena de alegría y gratitud.
Entonces pronuncia su famoso cántico:
“Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador.”
Este canto es una proclamación de la fidelidad de Dios.
María reconoce que Dios derriba a los soberbios y exalta a los humildes, que llena de bienes a los hambrientos y que permanece fiel a las promesas hechas a Abraham y a su descendencia.
El Magnificat revela el corazón de María: un corazón profundamente unido a Dios y atento a la justicia divina.
San Juan Pablo II decía que el Magnificat es también un canto de esperanza para todos los pobres y humildes del mundo, porque proclama que Dios no olvida a los pequeños ni a los oprimidos.
Tres meses junto a Isabel
El Evangelio nos dice que María permaneció con Isabel alrededor de tres meses.
Durante ese tiempo seguramente la ayudó en las tareas del hogar, la acompañó durante los últimos momentos de su embarazo y compartió con ella la alegría de las obras de Dios.
Aunque el Evangelio no describe en detalle esos días, podemos imaginar un ambiente lleno de fe, oración y gratitud.
Dos mujeres unidas por el misterio de Dios, dos madres que esperaban hijos extraordinarios, dos corazones que compartían la misma esperanza.
La fiesta de la Visitación
La Iglesia recuerda este acontecimiento el 31 de mayo, cuando celebra la Fiesta de la Visitación de la Virgen María.
Este episodio del Evangelio nos enseña que la verdadera fe siempre conduce al servicio y a la caridad.
María, llena de Dios, no se encierra en sí misma. Se pone en camino, lleva a Cristo a los demás y comparte con alegría las maravillas que Dios realiza en su vida.
