- Santos de la Iglesia Catolica

San Agustin de Hipona

Amar y ser amado, era lo mas dulce para mi   Solo un siglo después de la muerte de Agustín en su diócesis norteafricana, asediada entonces por los vándalos, ya encontramos en la catedral de Roma, en la basílica de Letran, una pintura que le representa, aunque revestido de unos suntuosos ornamentos episcopales, quizá parecidos […]

Amar y ser amado, era lo mas dulce para mi

 

Solo un siglo después de la muerte de Agustín en su diócesis norteafricana, asediada entonces por los vándalos, ya encontramos en la catedral de Roma, en la basílica de Letran, una pintura que le representa, aunque revestido de unos suntuosos ornamentos episcopales, quizá parecidos a los actuales pero que el nunca llevo, con esta significativa leyenda: «En latín, solo el lo ha dicho todo y ha explicado los santos misterios con su voz potente». Durante siglos la Iglesia, especialmente la occidental, le considero el gran maestro. No solo la Iglesia católica: fue también, por ejemplo, testimonio decisivo para la reforma protestante. Y, en un campo mas amplio de la cultura, en las selecciones de las grandes obras de la literatura universal, difícilmente faltaran las Confesiones. Con razón, el actual presidente de Argelia, Abdelaziz Buteflika, ha dicho que Agustín es la figura histórica mas importante de su país.

Aurelio Agustin nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste (Suk Ahras) en la que entonces era la provincia romana de Numidia y hoy pertenece a Argelia, cercana la frontera con Tunez. Probablemente era de raza bereber, pero cultural y políticamente toda aquella zona, por lo menos las ciudades, estaba plenamente romanizada y tenia el latín como idioma habitual. Sus padres, Patricio y Monica (Santa Monica), pertenecían a lo que hoy denominaríamos una clase media sencilla pero con un gran anhelo de que su hijo ascendiera social y económicamente, un anhelo que Agustín compartirá y que marcara su adolescencia y juventud.

Estudia en Tagaste, luego en la vecina Madura y en la capital Cartago. Le encanta estudiar y no solo como medio de progresar: le divierte lo que estudia y toda la vida gozara y jugara con lo que estudio. ¿Que estudiaba? Se denominaba entonces «retorica» e incluía todo lo que se refiere al arte y la practica de la oratoria, muy importante en aquella cultura en la que apenas había libros. Un político, un juez, también el comerciante, incluso un obispo, ante todo debían ser buenos oradores. Y el estudio del arte de hablar, incluía todos los otros campos de la cultura (la ciencia, la historia, la filosofía). El adolescente y el joven Agustín destacaba en este estudio, le gustaba compartirlo con sus amigos. Fue luego, a lo largo de su vida, su encanto y quizá también su tentación: jugar con las palabras. El latín de Agustín sera durante siglos modelo y pauta para el latín que usarla la Iglesia. El problema, para nosotros es que esta riqueza literaria de entonces, deviene un engorro para las traducciones y, con frecuencia, leer hoy sus barrocos escritos no es un juego sino una penitencia.

Pero el estudio no era su única pasión. También lo era la amistad. Sera otra pasión que le durara toda la vida.

«Me encantaba tener amigos, charlar y reír con ellos».

Sus descripciones de estas relaciones amicales, en la adolescencia y juventud, están penetradas de un frescor que contradice la imagen que a veces se ha presentado, que en ocasiones el provoca en sus escritos, de severa exigencia rigurosa. Sus posteriores polémicas teológicas, también su empeño en las Confesiones por presentarse como pecador, no deberían ahogar la realidad que el mismo nos explica: durante todos estos años de adolescencia y juventud, fue un encantador «bon vivant», mejor amigo, y , en el fondo, pese a todo , una buena persona.

Aunque en sus Confesiones, libro autobiográfico escrito a los 40 años, el primero en la historia de la literatura universal que intentan un análisis psicológico personal, guste de insistir en sus pecados sexuales. No es masoquismo, ni enfermiza obsesión. Es que Agustín nunca logro conciliar su opción, casi utópica, por lo que hay de espiritual en el hombre, con el peso hermoso pero equivoco de lo corporal. En eso, como en tantas otras cosas, es contradictorio. Años después, cuando ha hecho ya la opción de vivir célibe, exaltara el gozo «del tacto carnal, en su placer, junto con los otros sentidos, en la relación con la persona amada, si hay entendimiento entre uno y otro». Pero en las Confesiones, cuando revisa su vida pasada, se confiesa culpable porque «cuando llegue a la adolescencia ardía en deseos de hartarme de lo mas bajo y llegue a envilecerme con los mas diversos y turbios amores». Los innumerables estudios sobre estos años jóvenes de Agustín, divergen en considerar si exagera o no, incluso sobre si incluye en estos «amores» relaciones homosexuales, harto admitidas en la sociedad romana, pero el resumen, a fondo, lo hace el mismo: «Amar y ser amado, era lo mas dulce para mi». Y , «si estas relaciones causan placer, mas es Dios que las ha hecho». Mas aun : «estos deseos no eran sino hambre de Dios».

Apenas tiene 18 años cuando varios hechos modifican su vida. Muere su padre y Agustín debe ganarse la vida: lo hará como profesor enseñando el arte de la oratoria, retorica. Al mismo tiempo se une por amor a una joven de su edad aunque de inferior condición social: «Por fin fui amado», exclama. Las costumbres de entonces , e incluso la ley romana, impedían un matrimonio oficial entre personas de clases distintas. La unión duro quince años y el Agustín tan dado a auto-acusarse en las Confesiones, en este caso constata que siempre fueron fieles uno a otro. Un año después de la unión nació Adeodato (nombre que significa Dado por Dios), un hijo que Agustín amara apasionadamente hasta su temprana muerte.

Y, para culminar este momento de cambio, la lectura de Ciceron, de su libro Hortensio, le convierte a la filosofía al deseo de buscar la verdad. Una búsqueda que sera su máximo anhelo durante toda su vida, por etapas que le llevaran a descubrir que la verdad se identifica con la sabiduría, con el amor, y finalmente, en lo mas hondo del hombre, con Dios.

 

Dios estaba en lo mas intimo y me empujaba

 

Fueron años felices. Además del amor con su compañera, de la vida nueva de su hijo, mucho pesaba el gozo de la relación de amistad con colegas y discípulos, una efervescencia de reflexión literario-filosofica, también religiosa, que con algunos de ellos seguirá toda la vida.

Pero el porvenir , para un hipnotizado por las glorias romanas, se hacia estrecho ahí y se identificaba con hacer carrera en Italia. A escondidas de su madre, Agustín, con su compañera y su hijo, abandona África y huye hacia Roma («mi madre, como todas las madres, y mucho mas que muchas de ellas, deseaba tenerme a su lado, lloraba y se quejaba, me acuso de mentiroso y de mal hijo. Pero no negaba de robar a Dios por mi». ) Dice el refrán que «el hombre propone y Dios dispone». Roma, Milán, capitales de la cultura y lugares para el ascenso social, se convirtieron para Agustín en encrucijadas de crisis personal y de encuentro con Dios.

La historia no fue fácil y ya venia de lejos. Una historia que debemos situar en su contexto. Había terminado la época de las persecuciones contra los cristianos, pocos años antes de nacer Agustín el emperador Constantino autorizaba a la Iglesia y en breve tiempo, el cristianismo paso de las catacumbas a ser protegido, favorecido, mientras el Imperio romano desfallecía, especialmente en los países del Mediterráneo occidental. Los pueblos que venían de mas allá de las fronteras romanas, del este y del norte europeo, los pueblos bárbaros, comenzaban a invadir, a instalarse a integrarse.

Es decir, y como resumen, unos años de transformaciones , de crisis. Es posible que si Agustín hubiera nacido unos años antes, se hubiera sentido atraído por el carácter heroico de un cristianismo perseguido. Pero nació cuando la Iglesia empezaba a instalarse. Su familia era típica del momento: su padre estaba apuntado en la lista de los bautizados (catecúmenos) pero no dio el paso hasta poco antes de morir, algo frecuente entonces que podría traducirse como un si a la fe cristiana pero sin pasar exigencias morales; su madre, Mónica, bautizada, fue progresivamente apostando por la importancia de la fe, y también cada vez mas proyectando esta preocupación en su hijo, a quien veia vacilar. El niño Agustín había sido inscrito en la lista de catecúmenos, pero mostró durante años escaso interés.

El problema, para el joven Agustín, era que no le encajaba lo que consideraba como «pobre» cultura y literatura cristiana, con la que veneraba como «rica» cultura y literatura latina (pagana se dijo después). Nos lo explica: entre leer el brillante latín de Cicerón y el rudimentario latín de las traducciones de la Biblia, no había comparación. Es verdad que , además en sus confesiones acentúa el peso de sus deseos sexuales. Quizá omita en exceso su interés de promoción social, compartido también por su madre, Agustín estaba hecho un lío.

Un lío. Pero en el que Dios estaba. Nos lo dice Agustín, el mejor Agustín. En sus búsquedas, en su amor, en su inquietud, el contradictorio Agustín se confiesa de sus supuestos pecados, morales y intelectuales, pero al mismo tiempo tiene la cara, o la honda intuición cristiana, de saber y creer que Dios estaba con todo ello. Es la mas decisiva frase agustiniana: «Dios estaba en lo mas intimo mio y me empujaba hacia mucho mas allá». Quizá podríamos decir que lo mas actual, lo mas contemporáneo de Agustín, en el umbral del tercer milenio, es esta convicción de que Dios esta y actúa en lo mas hondo e intimo de cada persona, compartiendo inquietudes y búsquedas para llamar e incitar hacia un mas allá de superación y comunión.

Las etapas de su evolución intelectual pasan por diversas teorías filosófico-religiosas con fuerza entonces pero hoy muy lejanas. Primero fue la atracción de las propuestas del persa Manes (Sigo 3), el llamado «maniqueísmo», centradas en la lucha entre el bien y el mal, muy identificados con espíritu y materia, Dios y el diablo (Agustín supero luego el maniqueísmo pero el conflicto combativo entre bien y mal estuvo siempre muy presente en su reflexión teológica). Ya en Roma experimento el sano baño en la filosofía mas pacifica y razonable de la tradición latina. Al mismo tiempo, entra en crisis su anterior apasionamiento por la astrología. pero el impulso decisivo en su evolución intelectual le llego de la filosofía neoplatónica, del greco egipcio Plotino (siglo 3) que intentaba unir la herencia de la honda reflexión filosófica griega (de Platón), especialmente (con la nueva aportación cristiana) de la teología algo elitista que hasta entonces rea el joven Agustín subvaloraba el cristianismo como creencia de gente sencilla sin rigor de pensamiento, ahora halla una reflexión llena de atractivo, con prestigio, que le introduce en una nueva visión del mensaje cristiano.

Con todo, es probable que este descubrimiento intelectual se hubiera quedado en eso, y en un tema para elucubrar con los amigos, si no hubiera sido por la coincidencia con encuentros y conflictos personales que impactan en aquel hombre sensible y apasionado que era el norteafricano Agustín.

Sexualidad y no violencia

Desde la mentalidad actual, con frecuencia se critica a Agustín como responsable de haber introducido en el cristianismo una visión negativa del placer, de la sexualidad, incluso en el matrimonio. Es verdad que, desde su experiencia personal, desde lo que el veía como un largo combate por conseguir que lo espiritual dominara a lo carnal, incluso siendo ya obispo, no calla que sigue teniendo sueños eróticos, exagera el papel que atribuye a lo que denomina «concupiscencia» y la vincula a una teología excesiva sobre el pecado original. Era en buena parte su estilo y su temperamente: exagerar para convencer. Lo sorprendente es que luego, durante siglos, la contundencia de estas afirmaciones de Agustín se hayan repetido como doctrina de la Iglesia. Y en cambio se haya callado que era igualmente contundente en otros aspectos del comportamiento humano. Por ejemplo, en el ámbito de la no violencia: para Agustín es ilícito matar incluso al agresor injusto, aunque sea en defensa propia.

Ahora voy, pero espera un poco

Los primeros tiempos en Roma fueron de deslumbramiento: era la gran ciudad, el centro del mundo. Pero el joven profesor Agustín halla dificultades económicas, los alumnos pagan tarde y mal, y busca progresar por el camino de tantos otros intelectuales de entonces y ahora: hacer oposiciones. La plaza de profesor oficial es en Milan, la capital del norte. Pero los acontecimientos se precipitan. Ha llegado de África su madre que, junto a algunos de los amigos, empujan a agustín indeciso, mas contemplativo que activo, por el camino de la promoción social. «Sentía unas ganas enormes de triunfar, de ser rico», escribirá años después, pero son los otros quienes toman decisiones. Y, la primera, separarle de su compañera para hacer posible un buen casamiento. «Arrancaron de mi lado, como un impedimento para mi futuro matrimonio, a aquella con quien me había dado». Años después, el obispo Agustín afirmara que «un hombre que abandone su compañera fiel para casarse con otra mujer, es culpable de infidelidad». Nada mas sabemos que aquella mujer, que año y se sacrifico, de la que ni tan siquiera nos ha llegado su nombre.

El matrimonio que le habían concertado era con una adolescente de mejor clase, pero a quien faltaban aun un par de años para la edad requerida. Agustín, incapaz de esperar inicia otras relaciones. Aunque al mismo tiempo se plantea cambios mas radicales. En Milán descubre un nuevo rostro de cristianismo. Gracias a su obispo Ambrosiano (San Ambrosio), pero también al conjunto de la comunidad cristiana, también de su liturgia, incluso de su canto. De Ambrosiano, que había sido gobernador de la ciudad y fue elegido obispo por el pueblo aun antes de bautizarse, aprende una visión mas profunda, mas rica, del mensaje cristiano, y también una lectura mas espiritual, alegórica, de lo que hasta entonces era una dificultad para Agustín: el Antiguo Testamento. Ello coincide con el descubrimiento de la filosofía neoplatónica, que le ofrece una intelectualizacion atrayente de la fe.

Pero quedan las dificultades personales. El contradictorio, ambicioso pero indeciso Agustín, es, en el fondo de su alma, de una exigente coherencia. Para el, la conversión significada en el bautismo, exige un cambio personal, una vida distinta. Y piensa que no es capas. Escribe que «pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba al amor de las mujeres». En realidad, el problema es mas complejo: es todo su proyecto de vida, de prestigio, de riqueza, el que queda en cuestión. El descubrimiento del ejemplo de San Antonio, pionero en Egipto de la vida monástica, le plantea la alternativa de construir con sus  mejores amigos una especie de comuna religiosa-intelectual.

«Ahora voy, espera un poquito mas». Pero un ida, reflexionando en el jardín de su casa en Milán, oye el canto de un niño que repite «Toma y lee». El canto de un juego infantil que Agustín obedece como una voz incitadora. Abre el libro que tiene en sus manos, las cartas de San Pablo y encuentra «Nada de comilonas ni borracheras, nada de orgías y desenfrenos, nada de riñas ni afanes. En vez de eso, vestíos del Señor Jesucristo y no abráis la puerta a los bajos deseos». Agustín se siente tocado, conmovido , es el paso (para entender el impacto del texto leído, digamos que entonces «vestíos del Señor Jesucristo, se identificaba con el bautismo). Lo explica inmediatamente a su mejor amigo, Alipio, también a su madre. Aparca y luego abandona sus proyectos de matrimonio sus ambiciones profesionales, dimite de su cargo. En la Viglia pascual del año siguiente, el 387, junto con su hijo Adeodato, recibe el bautismo.

El proyecto ha cambiado. Se trata ahora de volver a su patria e iniciar una vida distinta. Mónica que siempre había unido su anhelo de conversión para su hijo con el sueño de su ascenso social, sabe agradecer lo primero y renunciar a lo segundo. Ha logrado lo mas importante y muere en paz en Ostia, el puerto de Roma.

Ya en su Tagaste natal, Agustín vende el patrimonio que le quedaba e inicia con algunos de sus amigos un ensayo de vida común, como si fueran monjes. Aunque es posible que en ellos primara mas la preocupación filosófica, de contemplación intelectual, compartida en la amistad, que el servicio cristiano. Es significativo como lo resume Agustín: «Hacernos dioses en el ocio». Quizá la autentica conversión de Agustín no deba situarse en el jardín de Milán sino en lo que sucedió seis años después en la Iglesia de Hipona. Había muerto prematuramente su querido y admirado hijo Adeodato, Agustín era cada vez mas valorado en las comunidades cristianas de su patria, y el intentaba huir de lo que temía: que en alguna de ellas fuera escogido como sacerdote. Que, entonces, implicaba quedar ligado a una Iglesia para siempre.

Dios me ha hecho esclavo del pueblo de Hipona

El pueblo, los cristianos reunidos en la Iglesia, gritaban: «Agustín sacerdote». El se oponía, incluso dicen que lloro. Sabia que le querían sacerdote para ser luego obispo, y que ello significaba el fin de su sueño intelectual de «contemplativo en el ocio». Pero muy probablemente, si llego a ser después, San Agustín, y no se quedo en un aristócrata del pensamiento, fue gracias a que acepto.

La cosa sucedía en el 391, cuando tenia 36 años. Había ido a la vecina ciudad de Hipona para iniciar otra agrupación urbana similar a un monasterio. Pero, en la Iglesia mayor, coincidió con la petición del anciano obispo Valerio: pide a sus cristianos que le escojan una ayuda que pueda ser su sucesor. Imprevistamente, la gente se gira hacia Agustín y a gritos le eligen. Un método de elección democrática que entonces era frecuente. Y que tenia una implacable consecuencia: el sacerdote, el obispo, quedaba para siempre ligado a aquella ciudad (no había, como ahora, traslados hacia sedes mas importantes). Probablemente, además de la fama de cristiano entregado que ya tenia Agustín, influyo su prestigio de excelente orador: la comunidad de Hipona estaba algo cansada de su anciano obispo Valerio que, por ser de origen griego, le costaba explicarse en latín y con el típico complejo de ciudad de segunda división, quería prestigiarse con el excelente fichaje del crack Agustín.

Para el, implicaba todo lo contrario. Si podemos seguir la comparación, fue como si un futbolista de peculiar calidad, fuera fichado para toda la vida por un club modesto de categoría inferior. Lo sorprendente, lo admirable, es que desde entonces el brillante polifacético Agustín, se dedicara en cuerpo y alma, entregada mente, a su tarea sacerdotal y pronto episcopal, durante mas de cuarenta años, hasta su muerte. En la ciudad de Hipona (Hoy Annaba, en tiempos de la dominación francesa Bonee) de unos 30000 habitantes, la segunda después de Cartago en la provincia norteafricana del Imperio romano, pero cultural y políticamente sin ninguna importancia. Quizá exageraba un tal Salviano, escritor de entonces, al afirmar que «no hay un solo norteafricano que no sea disoluto». Pero años después, el obispo Agustín, con la confianza que le daba saberse querido por sus cristianos, decía: «Esa es la gente que llena nuestras iglesias: borrachos, usureros, defraudadores, jugadores, adúlteros, gentes local por el teatro, portadores de amuletos, magos y astrólogos». Exageraba también, pero sea como sea a ellos dedico su vida.

Porque entonces un obispo era un personaje bastante mas sencillo y cercano de lo que luego ha propiciado la evolución eclesiástica. Para entendernos: se parecía mas a un parroco que a un obispo de ahora. Agustín, sin báculo ni mitra, ni anillo, cada dia presidia la celebración litúrgica en su iglesia y en ella largamente, quizá pasándose que sus sermones duraban una hora , comentaba las lecturas bíblicas, con el libro en sus manos. Pero antes y después atiende las consultas y problemas que le proponen sus cristianos. Incluso como una especie de juez: la crisis de la organizacion civil del Imperio Romano ha provocado que se traspase la iglesia el papel de «juez de paz», mas barato y comprensivo que los jueces oficiales. Esta también la organización caritativa, de atención a los pobres (Agustín sera criticado por vender los cálices de su iglesia para rescatar a unos prisioneros de las tribus bereberes).

Los obispos, entonces, en su mayoría eran hombres casados. Agustín mantuvo su anterior proyecto de vivir célibe como monje. Y , junto a su iglesia, cada vez mas, fue creciendo una agrupación de lo que luego se denominarían monjes, con los que el convivía (diez de ellos llegarían a ser obispos de diversas diócesis de la región). También promovió comunidades femeninas, conducida una de ella por su hermana. Las orientaciones y normas que para ellas escribió, fueron en la Edad Media la «regla» en que se basaron agrupaciones de religiosos, como los Canónigos Regulares al servicio de las catedrales o las diversas congregaciones masculinas y femeninas de Agustinos.

Con todo, su tarea episcopal no fue en absoluto tranquila. Los cristianos norteafricanos estaban, desde hacia años, divididos y en lucha. Había surgido la escisión donatista (de donato, el obispo que la inicio), que reivindicaba una practica radicalmente exigente de la iglesia. Podría decirse que añoraban los tiempos heroicos de los cristianos perseguidos y martirizados. En concreto, negaban la validez de los sacramentos celebrados por obispos y sacerdotes que, en los años de persecusion hubieran flaqueado en la defensa publica de la fe. Al mismo tiempo, el cisma donatista coincidió con reivindicaciones sociales de las zonas rurales opuestas a la dominación romana. Si ello se une al carácter belicoso que entonces y ahora parece caracterizar a los norteafricanos, el conflicto esta servido.

Cuando empezó el servicio episcopal de Agustín de Hipona, la mayoría de aquella comunidad cristiana había escogido el bando donatista. La lucha del nuevo obispo se basa en una clara opción: La iglesia de Jesús no es una comunidad de perfectos, de santos, sino una mezcla que solo Dios puede juzgar de justos y pecadores. Los Sacramentos no son obra de un ministro santo sino gracia y acción amorosa de Dios, mas allá de los méritos de quien administra y de quien la recibe. Agustín busco incansablemente una solución pacifica, convoco reuniones y debates por toda la región. Aunque luego cuando la escisión donatista adopta métodos terroristas, admita la intervención de la autoridad civil romana.

El conflicto siguió durante muchos años, especialmente en el ámbito rural. Y quizá explica que dos siglos después, cuando llega la invasión del Islam, la cristiandad norteafricana desaparezca con sorprendente facilidad.

Ama y haz lo que quieras

Hipona fue su «esposa» y nunca la abandonara. se esfuerza en adaptarse a su publico sencillo incluso en lo que mas le cuesta: frenarse en su pirotecnia verbal para conseguir un latín mas comprensible para todos (lo que nunca conseguir es hablar bien el púnico, la lengua de las zonas rurales). Con todo, al mismo tiempo, crece su presencia en todas las Iglesias de la región y viaja a caballo de una a otra, impulsa las reuniones de obispos (sínodos). Aunque le llamen e inviten, se niega a viajar a Italia e incluso promoverá que el sino de Cartago prohíba a los obispos a ir a Roma a buscar soluciones a sus problemas: los problemas de los africanos deben resolverse en África.

Con todo, su fama e influencia crecerá por toda la Iglesia occidental. Desde lo que luego se llamara Italia o Francia, Yugoeslavia o España, le escriben y consultan, le solicitan que trate de tal o cual aspecto de la fe o la moral cristiana. Su inmensa obra es en gran parte fruto de estas dos preocupaciones: la predicación y la enseñanza en Hipona, la respuesta a estas cuestiones que se le plantean desde toda la cristiandad del Mediterráneo occidental.

Se han conservado 113 libros (desde obras muy extensas como «Sobre la Trinidad» o «La ciudad de Dios» hasta obras muy breves y sencillas como , por ejemplo, «Sobre la musica») , 218 cartas y unos 500 sermones. Era costumbre entonces que taquígrafos recogieran las palabras de los buenos oradores y buena parte de los libros de Agustín, sobre todo sus ricos comentarios a libros de la Biblia como el Génesis, los Salmos, los Evangelios, las Cartas de Pablo, los debemos agradecer a quienes se afanaron por reproducir lo que predicaba. Y a ellos debemos también conocer las divertidas reacciones de los oyentes: no callaban, como ahora, sino que interrumpían para aplaudir pero también para protestar si algo no les gustaba; Agustín pregunta y dialoga, incluye referencias a la lluvia que cae, a los apretujones en los días de mas concurrencia o a las prisas de los oyentes para ir al teatro.

Esta inmensa obra del obispo de Hipona se convertirá, en los siglos siguientes, en gran lectura y autoridad para la Iglesia occidental. Algo que el nunca imagino: hablaba o escribía para sus contemporáneos. Era, además, un autodidacta y un improvisador (aunque  genial). Su escaso conocimiento del griego le dificulto leer la reflexión teológica que hasta entonces se había desarrollado en la Iglesia, casi siempre en las cristiandades del mediterráneo oriental ( lo que luego se llamo «los Santos Padres «); como le dificulto traducir bien el Nuevo Testamento (se debía fiar de las versiones latinas y ellos ocasiono errores: por ejemplo, buena parte de su teoría sobre el pecado original se basa en una traducción deficiente de san Pablo).

Claro esta que este apasionamiento de Agustín por abrir caminos y dar respuestas, en el entonces panorama intelectual bastante desértico de la Iglesia Occidental, en escritos convertidos en los siglos en autoridad indiscutible, pudo causar efectos sorprendentes. Por ejemplo, cuando casi diez siglos después, al final de la Edad Media, se enfrentaron diversas escuelas teológicas católicas sobre el como de la presencia de Jesucristo en la Eucaristía, unos acentuando la interpretación realista y otros la simbólica, lo curioso es que ambas argumentaban con textos de san Agustín.

Y , aun mas años después, en los enfrentamientos trágicos de la reforma protestante, sobre todo en Lutero y Calvino, los escritos de Agustín también están muy presentes, en buena parte a causa de su talante polémico. Un talante que era muy propio de su tiempo, pero que  plasmado en escritos que se leen siglos después, cuesta de ponderar. Es especialmente el caso de su oposición doctrinal al monje ingles Pelagio, predicador moralista en Roma, que reivindicaba el valor del esfuerzo humano y veía la gracia de Dios como una simple ayuda y a Jesús sobre todo como un buen ejemplo y poca cosa mas. Agustín ve el peligro de reducir la fe cristiana a una enseñanza de buen comportamiento humano, con un enfoque elitista, es decir, para que los buenos puedan ser mejores.ñ Desde su experiencia personal, reivindica que la buena nueva de Jesús es un anuncio de salvación para todos, también para los pecadores. Mas aun: que todos somos pecadores y, por tanto, no podemos fiarnos de nosotros sino que hemos de abrirnos desde nuestra pobreza, a la gracia de Dios.

En un Agustin ya anciano, la polemica quiza fue excesiva. Y, siglos despues, dio argumentos a posiciones tan extremas como las de Calvino o los jansenistas. Sea como sea, lo que el obispo de Hipona queria reivindicar es que el cristianismo no es una religión de la ley y de las buenas obras, sino de la gracia y la vida que Dios nos comunica ( «¿que tienes que no hayas recibido?»); una religion y un comportamiento basados y fruto del amor. Del amor que es de Dios y que libera. Su gran frase, quizá la mas citada: «Ama y haz lo que quieras».

Los sermones que nos han llegado de sus últimos años, nos transmiten una imagen ya muy lejana de aquella que dejo en sus Confesiones. Muy lejana del joven intelectual que buscaba triunfar. El anciano obispo disfruta ahora con sus feligreses aunque estos no sean ni intelectuales ni cristianos perfectos. Ha perdido casi la voz, dice que ansiaría hablarles no de la altura del presbiterio sino mezclado con ellos. Con todo, lo que no ha conseguido es evitar que el día que en Hipona hay representación teatral (unas representaciones de variedades bastante chabacanas), parte de su publico este impaciente para cambiar de asamblea. Y el, con pilleria de buen anciano, alarga la homilía aunque desde la iglesia se oiga la fanfarria teatral.

El agobio por entender tantas peticiones que le llegan de toda la iglesia, impulso al anciano obispo a pedir a sus cristianos que le dieran un ayudante para dedicarse con mas tiempo a escribir. La respuesta fue afirmativa pero los tiempos no eran fáciles: pueblos bárbaros invadían el decrepito imperio y atravesando la Hispania romana, llegaban al norte de África. Agustín había dedicado años a explicar en su magna obra La ciudad de Dios, en la historia del pensamiento, la primera filosofía y teología de la historia, que no era el cristianismo el culpable del hundimiento de su querida civilización romana.

Pero los hechos son los hechos, y Agustín enferma mientras los vándalos , un pueblo bárbaro con significativo apellido, asedian Hipona. Agustín, que siempre había amado la compañía y los amigos, pide que le dejen solo. Tiene 75 años y sabe que termina su azaroso camino. En la soledad, confía y reza: «¿Que otro fin es el nuestro sino llegar al reino que no tiene fin? Allí seremos libres y veremos , veremos y amaremos , amaremos y alabaremos».

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