San Cristóbal tuvo varios nombres, como Réprobo y Relicto. Era hijo de un rey cananeo. Tiro y Sidón se disputan su cuna. Tenía una estatura gigantesca, fuerza hercúlea y una agradable y apuesta figura.
Un soldado gigante no debe servir a un rey pigmeo, pensaba. Así que deja su patria y va a servir al rey mayor de la tierra, el emperador de Ro- ma. Cuenta la leyenda que luego Relicto se pone a las órdenes de Satán. Y deja a Satán cuando descubre que Cristo es aún más poderoso. Ya tenemos a Cristóbal soldado de Cristo. La leyenda, perpetuada en la iconografía, ha contribuido a la exaltación de sus gestas, en las que se mezcla la realidad con la fantasía. Lo que afirman claramente los bolandistas, los martirologios y el breviario mozárabe toledano es que Cristóbal fue mártir de Cristo en el reinado del emperador Decio.
Relicto ha descubierto a Cristo. Ahora quería conocerle mejor. Acude a un ermitaño para que le aconseje cómo avanzar en el conocimiento de Cristo. El ermitaño le aconseja rezar y ayunar, como el mejor camino. Relicto le contesta que no sabe rezar y que su corpulencia le obliga a comer mucho. Entonces el ermitaño le indica una tarea de misericordia. «Sirvele entonces a Dios con tu fuerza y estatura. Ayuda a vadear el río a los caminantes que lo necesiten». Relicto le obedece. Y empieza a servir a su Señor cargando sobre sus hombros a los que no podían pasar el río. Un día Relicto vio a un niño a la orilla del río. Le pidió que lo pasase, Relicto lo tomó sobre sus hombros como un juego. Pero una vez en el agua, era tal su peso que se hubiera hundido, si el niño no le diera la ma- no, como un día Jesús a Pedro. A duras penas pudo llegar a la orilla.
¿Quién eres, niño, que me pesabas tanto que parecía que transportaba el mundo entero? – Tienes razón, le dijo el Niño. Peso más que el mundo entero, pues soy el creador del mundo. Yo soy Cristo. Me buscabas y me has encontrado. Desde ahora te llamarás Cristóforo, Cristóbal, el portador de Cristo. A cualquiera que ayudes a pasar el rio, me ayudas a mi. Esto recuerda la anécdota de dos monjes budistas. Se encontraron con una bellísima mujer a la orilla de un rio. Queria cruzar el río, como ellos, pero no se atrevía. Uno de los monjes se la echó a la espalda y la pasó.
El otro monje quedó muy escandalizado y durante dos horas le estuvo criticando: ¿Has olvidado que eres un monje? ¿Cómo te has atrevido a tocar a una mujer? ¿Has olvidado la Santa Regla? ¿Qué dirá la gente?- El acusado escuchó pacientemente el sermón. Y al final estalló: Yo dejé a la mujer en la orilla del rio. Pero veo que tú no acabas de soltarla. Cristóbal fue bautizado en Antioquia. Se dirigió sin demora a predicar a Licia y a Samos. Allí fue encarcelado por el rey Dagón, que estaba a las órdenes del emperador Decio. Resistió a los halagos de Dagón para que se retractara. Dagón le envió dos cortesanas, Niceta y Aquilina, para seducirlo. Pero fueron ganadas por Cristóbal y murieron mártires. Después de varios intentos de tortura, ordenó degollarlo. Según Gualterio de Espira, la nación siria y el mismo Dagón se convirtieron a Cristo.
San Cristóbal es un Santo muy popular, y poetas modernos, como Garcia Lorca y Antonio Machado, lo han cantado con inspiradas estrofas. Su efigie, siempre colosal y gigantesca, decora muchísimas catedrales, como la de Toledo, y nos inspira a todos protección y confianza.
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