Cuando siendo seminarista acompañó al futuro apóstol de la juventud, San Juan Bosco, por la ciudad para enseñarle los espectáculos, le di- jo estas palabras que a D. Bosco no se le olvidaron en toda la vida: «Querido amigo: las diversiones de los sacerdotes son las funciones de la Iglesia: cuanto más devotamente se celebran tanto más gustan. Nuestras novedades son las prácticas religiosas siempre renovadas y dignas, por tan- to, deben frecuentarse con la mayor diligencia. Quien abraza el estado eclesiástico se vende al Señor; de ahí que nada hay en este mundo que le atraiga, si no es la mayor gloria de Dios y el bien de las almas».
En estas palabras del ahora seminarista está sintetizada toda la vida y obras de este gran santo, patrón y modelo para todos los sacerdotes. Al canonizarle el Papa Pio XII el 22 de junio de 1947, dijo: «En el nuevo Santo, tanto los obispos como los sacerdotes debéis ver a un padre, a un maestro, a un modelo».
Su vida es sencilla y nadie creería que aquel niño que nace el 15 de enero de 1811 en Castelnuovo d’Asti, en una familia sencilla pero pro- fundamente cristiana, y que lleva una niñez normal, como corresponde a
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cualquier niño de su edad, llegaría a escalar tan pronto las más altas cotas de santidad. Es cierto que era dócil, piadoso, obediente, trabajador y siempre se le veía alegre. En la Iglesia, sobre todo, parecía un angelito, por ello pronto mereció que muchos le conocieran como el «santetto». Desde muy niño sintió deseos de ser sacerdote para consagrarse de lleno al Señor y así poder salvar muchas almas.
El 1 de julio de 1827, a sus dieciséis años, vestía la sotana clerical. En el seminario de Chieri se entrega de lleno al estudio de la filosofía y la teología. Había de alguna manera que aligerar el enorme gasto y gran sacrificio que supone su estancia en el seminario para el pobre bolsillo de sus padres. Por fin, y después de haberse formado muy seriamente en todos los campos que le van a ser muy útiles para su futuro apostolado, ve coronados sus esfuerzos el día 21 de septiembre de 1833 con la ordenación sacerdotal.
A pesar de ser ya sacerdote, no se olvida de su continua formación y por ello se alista a un Convictorio Sacerdotal, el de San Francisco de Asís de Turin, y allí pasa unos años de intensa formación sacerdotal. Es nombrado profesor de la cátedra de moral y trabaja al lado del canónigo Gaula, que había sido el fundador de este Convictorio. El joven sacerdote Cafasso llama la atención a todos los demás compañeros porque se ha tomado en serio eso de la santidad. Es un maravilloso modelo para todos y en todo. También los seglares de todos los estamentos sociales se fijan en él y a él van a consular todos sus problemas. Su apostolado se agiganta de día en día. Se dedica a la educación del Clero. De allí saldrá una maravillosa floración de ejemplares sacerdotes.
Su caridad no tiene diques: Visita las cárceles y hospitales. A todos llega su palabra alentadora, su afecto de padre y su ayuda económica en todas sus necesidades. Cafasso no tiene nada para él. Todo es para los demás. Todo es sencillo a su alrededor. No hace ruido. Un moribundo, que va a ser guillotinado por sus fechorías, exclama: «Con D. José Ca- fasso al lado, la muerte es un verdadero triunfo».
Tres fueron sus grandes amores a lo largo de toda su vida: Jesús Eucaristía, la Virgen María y el Papa… Lleno de méritos, le llegó su hora. Murió pidiendo que se olvidaran de él, que era un sacerdote tan in- digno. Era el 23 de junio de 1860.
Otros santos de hoy :
- San Juan
- San Felix
- San Etel
- San Zenon
- San Agripina
