La primera verdad que ningún hombre debe ignorar es la existencia de Dios, es decir, de un Ser eterno, necesario e infinita mente perfecto, Creador del universo espiritual y material, absoluto Señor de todas las cosas, a las que Él gobierna con su Providencia. Esta es la verdad fundamental sobre la que descansa el edificio […]

La primera verdad que ningún hombre debe ignorar es la existencia de Dios, es decir, de un Ser eterno, necesario e infinita mente perfecto, Creador del universo espiritual y material, absoluto Señor de todas las cosas, a las que Él gobierna con su Providencia. Esta es la verdad fundamental sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la moral, de la familia y todo el orden social.

 

Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.

La moral carece de base, si Dios, en virtud de su santidad, no establece una diferencia entre el bien y el mal; si con su autoridad suprema, no hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal. Es imposible concebir la familia y la sociedad, sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de la caridad, etc., y todas estas virtudes, si Dios no existiera, serían puras quimeras.

 

¿Podemos estar ciertos de la existencia de Dios?

Sí, tan ciertos podemos estar de que Dios existe, como de que existe el sol. Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos corporales, porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que demuestran, sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido por completo la inteligencia, para afirmar que Dios no existe.

No puede la mente humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y conocer algunas de sus perfecciones. A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por la vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor, cuya es la obra – puesto que la existencia del efecto supone la existencia de la causa que lo produjo –, así también, podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa prime- ra de todo cuanto existe. Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I: “Con la luz
natural de la razón humana puede ser conocido con certeza, por medio de las cosas creadas,
el Dios único y verdadero, Creador y Señor nuestro”.

¿Cuales son las pruebas principales de la existencia de Dios?

  1. En la existencia del universo;
  2. En el movimiento, orden y vida de los seres creados;
  3. En la existencia del hombre, dotado de inteligencia y libertad;
  4. En la existencia de la ley moral.
  5. En el consentimiento universal del género humano;
  6. En los hechos ciertos de la historia;
  7. En la necesidad de un ser eterno.

Son pruebas físicas las que se fundan en la existencia, orden y vida de los seres creados (1o y 2o). Son pruebas morales las que tienen por base el testimonio de nuestra conciencia, del género humano, y los hechos conocidos de la historia (3o a 6o) Como prueba metafísica – ya que éstas son menos asequibles para las inteligencias comunes – daremos solamente la que se funda en la necesidad de un ser eterno. (7o).

Todas estas palabras tienen un fundamento común, que es un postulado o principio inconcuso, que todo el mundo admite: No hay efecto sin causa. Cual- quiera de ellas, tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de Dios; pero consideradas en conjunto, constituyen una demostración irrebatible, capaz de convencer al incrédulo más obstinado.

Primera prueba: La existencia del Universo

La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cua- dro, una estatua: al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor, que hayan hecho esas obras. Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener una causa; y esa causa primera del mundo, le llamamos Dios: Luego por la existencia del universo, podemos demostrar la existencia de Dios.

En efecto:

  1. El universo no ha podido hacerse a sí mismo. El universo no ha podido hacerse a sí mismo, porque lo que no existe, no pue- de obrar, y consiguientemente, no puede darse la existencia. El ser que no existe, es nada, y la nada, nada produce.
  2. No es fruto de la casualidad. El universo no es fruto de la casualidad, porque la casualidad no existe, y por lo tanto, nada puede producir. La casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.
  3. No ha existido siempre. El universo no ha existido siempre. Así lo reconocen a una todas las ciencias; la geología, la astronomía, la biología, etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio.

Luego debe la existencia a un Ser supremo y distinto de él.

 

Tres caracteres señala la Filosofía al ser eterno:
es necesario, inmutable e infinito.

Ahora bien:

  1. El mundo es material, y el ser material no puede ser necesario. Ninguna de sus partes existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o aquélla. Una montaña, o un río, o un árbol, podrían no existir. Luego si ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.
  2. El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se renueva: las plantas, los animales, el hombre
  3. El mundo no es infinito, pues siempre es posible suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe. Por consiguiente tampoco es eterno, porque la eternidad – que es una perfección infinita – sólo puede hallarse en un ser infinito.

Si, pues, el mundo no ha existido siempre, entonces es una obra que supone un obrero de la misma manera que el reloj supone un relojero, etc.

CONCLUSIÓN: La existencia del universo demuestra la existencia de un Ser Supremo, causa primera de todos los seres. Ese ser supremo es Dios.

Segunda prueba: Movimiento, orden y vida de los seres creados

No hay movimiento sin un motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo, obedece a algún movi- miento que tiene que ser producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, es pre- ciso que lleguemos a un primer motor, eterno, necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.

  1. Sostiene la Mecánica, que es parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal, una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí solo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego para producir un movimiento, es necesario un motor.
  2. Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 km. de circunferencia, que realiza una rotación completa sobre sí misma durante cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad de 28 km. por minuto. En 365 días da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 km. por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas.
  3. Todo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una se- rie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibi- do: hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento, es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.

Tercera prueba: La existencia del Hombre, inteligente y libre

Por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin una causa capaz de producirlo.

Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, se sigue que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir por consiguiente: Yo pienso, luego existo, luego existe Dios.

Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?

¿Acaso he sido yo mismo? ¿Fueron mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?

No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe no produce nada.

Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué padre no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?… Hay además otra razón. Mi alma, que es una sustancia simple y espiritual, no puede proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es indivisible; ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.

No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación. El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal, ni un animal, un hombre.

Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu creador. ¿De dónde ha saca- do mi alma? No la sacó de la materia, pues entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu, que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó. Y como el único que puede crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad, se sigue que por la existencia del hombre, queda demostrada la existencia de Dios.

Cuarta Prueba: La existencia de la ley moral

La existencia de la ley moral prueba irrefragablemente que Dios existe.

Existe, en efecto, una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece esta ley, siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.

Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, esa ley moral tiene un autor, el cual es Dios. Luego, por la existencia de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.

Él es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o remordimientos de conciencia.

 

Nuestra conciencia nos dicta:

  1. que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial;
  2. que debemos practicar el bien y evitar el mal;
  3. que todo acto malo merece castigo como toda obra buena es digna de premio;
  4. esa misma conciencia se alegra y aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal. Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.

¿Cuál es el origen de esa Ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.

Además de lo dicho, se ha de tener presente que si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la injusticia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.

El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito: ¡Dios mío!.. Es el grito de la naturaleza. “El mas popular de todos los seres es Dios – dijo Lacordaire – El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera no cree haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema‖de lo que no existe. La rabia de los impíos como las bendiciones de los buenos, dan testimonio de la existencia de Dios.

Quinta prueba: La creencia universal del genero humano

Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiem pos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!

Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades buenas y malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto en pueblos antiguos como entre los modernos.

“Echad una mirada sobre la superficie de la tierra – decía Plutarco, historiador de la antigüedad – y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.

 

El gran sabio Quatrefages ha escrito: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de cre encia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África, creen en la existencia de Dios”.

Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al Contrario, el origen del sacer docio está en la creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubie ra estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su ser vicio, y los pueblos jamás hubieran elegido hombres para el culto.

¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones? Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.

¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; pronto o tarde lo disipan la ciencia y el sentido común.

¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.

¿El temor? Nadie teme lo que no existe: el temor de Dios prueba su existen cia.

¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina: esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.

La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros pa dres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.

Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que su poner que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.

 

Sextra prueba: Los Hechos ciertos de la historia

Un ser puede manifestarse de tres maneras: puede mostrarse, hablar y obrar. Ahora bien, Dios se mostró a nuestros primeros padres en el Edén, a Moisés en el Sinaí. Habló a los patriarcas y a los profetas. Hizo sentir su acción en el curso de los siglos, y los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, comprobados por la historia, son hechos que demuestran la acción y la existencia de Dios.

Hay dos maneras de conocer la verdad: 1o descubrirla uno mismo; 2o recibir la de otro. El hombre sabe o cree. Sabe cuando alcanza la verdad con las solas faculta des de su alma, la inteligencia, la razón, la conciencia, el sentido íntimo, los órganos del cuerpo; cree, cuando se adhiere al testimonio de otros.

El medio más fácil para conocer a Dios es el testimonio de la historia. La Bi blia, considerada como un simple libro histórico, está revestida de todos los caracte res de veracidad exigidos por la ciencia. Por más que los racionalistas clamen, es tan imposible poner en duda los hechos históricos de la Biblia, como lo es negar las victorias de Alejandro Magno o Napoleón.

Ahora bien, según la Biblia, Dios se mostró de varios modos: habló a nuestros primeros padres, a Noé, a los patriarcas, a los profetas< Pero es evidente que para mostrarse y hablar es necesario existir. Las milagrosas obras sensibles que ningún agente creado puede hacer por sí mismo, no son más que las obras de Dios. Por con siguiente, los milagros que nos cuenta la Biblia son otras tantas pruebas de la exis tencia de Dios.

Séptima prueba: La necesidad de un ser eterno

Existe algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno, nada podría existir; luego existe un ser eterno. Es así que ese ser eterno es Dios; luego Dios existe.

1o Que existe algo es evidente.

2o Si desde toda la eternidad no hubiera existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podían darse a sí mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada, porque la nada es nada y no produce nada. Por consiguiente, era necesario que existiera un primer ser eterno, para dar la existencia a los otros.

3o Este ser eterno es Dios. El ser eterno, por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita: la eternidad, que es una dura- ción sin principio ni fin. Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a su naturaleza, a su esencia, al modo que el brazo del hombre no puede ser más grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno, por el hecho de poseer un atributo infinito, posee también una naturaleza, una esencia infinita; luego es infinito en toda clase de perfecciones. Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así que el ser infinito es Dios. Luego Dios existe.

4o Puesto que este ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de otro: estaba solo. Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se puede crear a sí mismo, luego es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el ser que nosotros llamamos necesario. Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia, como le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.

 

P. A. HILLAIRE – Los fundamentos de la fe catolica ante la razn y la ciencia

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