Evangelio de Hoy 18 de Noviembre de 2026 y Lecturas de la Misa
Miércoles de la XXXIII Semana del Tiempo Ordinario
Celebración del día: Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo, apóstoles (memoria libre).
Color litúrgico: Verde (feria) o blanco (memoria).
Este miércoles 18 de noviembre de 2026, la Iglesia conmemora la dedicación de las basílicas de San Pedro y San Pablo, construidas sobre los lugares donde reposan los restos de estos grandes apóstoles. La celebración nos recuerda la importancia de la fe apostólica y de la unidad de la Iglesia.
Las lecturas de la misa de hoy nos presentan la gloria de Dios en el cielo y la responsabilidad de administrar fielmente los dones que hemos recibido. En el Evangelio según san Lucas, Jesús relata la parábola de las monedas, enseñándonos que debemos hacer fructificar lo que Dios pone en nuestras manos.
Primera Lectura
Lectura del libro del Apocalipsis (4, 1-11)
Santo es el Señor, Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir.
Yo, Juan, tuve una visión: Vi una puerta abierta en el cielo, y la voz que había oído antes, semejante al sonido de una trompeta, me habló y me dijo: «Sube hacia acá y te enseñaré lo que va a suceder después».
Entonces fui arrebatado en espíritu y vi un trono puesto en el cielo, y alguien estaba sentado en el trono. El que estaba sentado en el trono brillaba con destellos rojos, como una piedra preciosa transparente, y un resplandor como de esmeralda rodeaba el trono.
Alrededor de este trono vi otros veinticuatro tronos, y en los tronos estaban sentados veinticuatro ancianos, vestidos con túnicas blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas.
Del trono salían relámpagos y truenos poderosos. Siete lámparas de fuego, que son los siete espíritus de Dios, ardían frente al trono, y delante de él había una especie de mar transparente, como de cristal.
En el centro, alrededor del trono, había cuatro seres vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás. El primer ser viviente se parecía a un león; el segundo, a un toro; el tercero tenía cara de hombre, y el cuarto parecía un águila en vuelo.
Los cuatro seres vivientes tenían seis alas cada uno y estaban llenos de ojos por dondequiera. Y no se cansaban de repetir día y noche:
«Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir».
Y cada vez que los seres vivientes alababan, bendecían y glorificaban al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postraban delante del que está sentado en el trono, adoraban al que vive por los siglos de los siglos, y depositaban sus coronas ante el trono, diciendo:
«Señor y Dios nuestro, tú mereces recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado todas las cosas: tú has querido que ellas existieran y fueron creadas».
Palabra de Dios.
Salmo Responsorial
Del Salmo 150
R. Alabemos al Señor con alegría.
Alabemos al Señor en su templo, alabemos al Señor en su augusto firmamento. Alabémoslo por sus obras magníficas, alabémoslo por su inmensa grandeza.
R. Alabemos al Señor con alegría.
Alabémoslo tocando trompetas, alabémoslo con arpas y cítaras. Alabémoslo con tambores y danzas, alabémoslo con cuerdas y flautas.
R. Alabemos al Señor con alegría.
Alabémoslo con platillos sonoros, alabémoslo con platillos vibrantes. Que todo ser viviente alabe al Señor.
R. Alabemos al Señor con alegría.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Yo los he elegido del mundo, dice el Señor, para que vayan y den fruto y su fruto permanezca.
R. Aleluya, aleluya.
Evangelio de Hoy 18 de Noviembre de 2026
Lectura del santo Evangelio según san Lucas (19, 11-28)
¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?
En aquel tiempo, como ya se acercaba Jesús a Jerusalén y la gente pensaba que el Reino de Dios iba a manifestarse de un momento a otro, él les dijo esta parábola:
«Había un hombre de la nobleza que se fue a un país lejano para ser nombrado rey y volver como tal. Antes de irse, mandó llamar a diez empleados suyos, les entregó una moneda de mucho valor a cada uno y les dijo: “Inviertan este dinero mientras regreso”.
Pero sus compatriotas lo aborrecían y enviaron detrás de él a unos delegados que dijeran: “No queremos que éste sea nuestro rey”.
Pero fue nombrado rey, y cuando regresó a su país, mandó llamar a los empleados a quienes había entregado el dinero, para saber cuánto había ganado cada uno.
Se presentó el primero y le dijo: “Señor, tu moneda ha producido otras diez monedas”. Él le contestó: “Muy bien. Eres un buen empleado. Puesto que has sido fiel en una cosa pequeña, serás gobernador de diez ciudades”.
Se presentó el segundo y le dijo: “Señor, tu moneda ha producido otras cinco monedas”. Y el señor le respondió: “Tú serás gobernador de cinco ciudades”.
Se presentó el tercero y le dijo: “Señor, aquí está tu moneda. La he tenido guardada en un pañuelo, pues te tuve miedo, porque eres un hombre exigente, que reclama lo que no ha invertido y cosecha lo que no ha sembrado”.
El señor le contestó: “Eres un mal empleado. Por tu propia boca te condeno. Tú sabías que yo soy un hombre exigente, que reclamo lo que no he invertido y que cosecho lo que no he sembrado, ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco para que yo, al volver, lo hubiera recobrado con intereses?”.
Después le dijo a los presentes: “Quítenle a éste la moneda y dénsela al que tiene diez”.
Le respondieron: “Señor, ya tiene diez monedas”.
Él les dijo: “Les aseguro que a todo el que tenga se le dará con abundancia, y al que no tenga, aun lo que tiene se le quitará. En cuanto a mis enemigos, que no querían verme como rey, tráiganlos aquí y mátenlos en mi presencia”».
Dicho esto, Jesús prosiguió su camino hacia Jerusalén al frente de sus discípulos.
Palabra del Señor.
Reflexión del Evangelio de Hoy
El Evangelio de hoy, miércoles 18 de noviembre de 2026, nos invita a reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos ante Dios por los dones, capacidades y oportunidades que hemos recibido. Mediante la parábola de las monedas, Jesús enseña que la vida cristiana no consiste simplemente en conservar lo recibido, sino en hacerlo fructificar mediante la fe, el amor y las buenas obras.
Dios nos confía dones para hacerlos fructificar
En la parábola, un hombre noble entrega una moneda a cada uno de sus empleados antes de emprender un viaje. Al regresar, les pide cuentas sobre la manera en que han administrado lo recibido.
Los primeros empleados representan a quienes responden generosamente a la confianza de su señor. No se limitan a guardar la moneda, sino que trabajan para multiplicarla. Su fidelidad es reconocida y recompensada.
Esta enseñanza nos recuerda que Dios nos ha confiado numerosos dones: la vida, la inteligencia, la fe, el tiempo, las capacidades personales y las oportunidades de servir a los demás.
Cada uno de estos regalos implica una responsabilidad. No basta con reconocer que todo procede de Dios; también debemos preguntarnos qué estamos haciendo con aquello que hemos recibido.
El miedo puede impedirnos cumplir nuestra misión
El tercer empleado presenta una actitud diferente. En lugar de invertir la moneda, decide esconderla por miedo a su señor.
Su problema no consiste en haber perdido el dinero, sino en no haber hecho nada con él. El temor lo paralizó y le impidió responder a la confianza que había recibido.
Algo semejante puede suceder en nuestra vida espiritual. En ocasiones dejamos de hacer el bien por miedo a equivocarnos, por comodidad o porque pensamos que nuestras capacidades son demasiado pequeñas para producir resultados importantes.
Sin embargo, Jesús nos enseña que la fidelidad comienza precisamente en las cosas sencillas. Una palabra de consuelo, una obra de misericordia, el perdón ofrecido sinceramente o el tiempo dedicado a quien nos necesita pueden convertirse en frutos abundantes del amor de Dios.
La fidelidad en lo pequeño prepara para responsabilidades mayores
Uno de los aspectos más importantes de la parábola es la recompensa que recibe el empleado fiel. Su señor reconoce que ha sabido administrar correctamente una cantidad pequeña y le confía una responsabilidad mucho mayor.
La enseñanza es profundamente espiritual: la fidelidad a Dios se demuestra en la vida cotidiana.
No todos estamos llamados a realizar grandes obras visibles, pero todos podemos vivir con amor y responsabilidad nuestras obligaciones diarias.
El cristiano que cumple honestamente su trabajo, cuida de su familia, ayuda a los necesitados y permanece fiel a la oración está haciendo fructificar los dones recibidos.
La santidad no depende necesariamente de realizar acciones extraordinarias, sino de vivir las cosas ordinarias con un amor extraordinario.
La parábola y la espera del Reino de Dios
San Lucas señala que Jesús contó esta parábola porque algunas personas pensaban que el Reino de Dios estaba a punto de manifestarse inmediatamente.
Con esta enseñanza, Jesús corrige una expectativa equivocada. Sus discípulos no deben permanecer inmóviles esperando la manifestación definitiva del Reino, sino trabajar fielmente mientras llega ese momento.
El regreso del señor representa también la responsabilidad que cada persona tiene ante Dios. Nuestra existencia terrena es un tiempo de preparación, conversión y servicio.
El cristiano no espera pasivamente la venida del Señor. Su esperanza debe traducirse en una vida comprometida con el Evangelio.
La dedicación de las basílicas de San Pedro y San Pablo
La celebración de este día también nos invita a contemplar el testimonio de los apóstoles Pedro y Pablo.
Ambos recibieron de Cristo una misión y respondieron entregando su vida al anuncio del Evangelio. Pedro fue llamado a fortalecer a sus hermanos en la fe, mientras que Pablo dedicó su existencia a llevar el mensaje de Jesucristo a numerosos pueblos.
Las basílicas levantadas en Roma en memoria de estos apóstoles son signos visibles de una fe que ha dado frutos a lo largo de los siglos.
Su ejemplo nos recuerda que los dones recibidos de Dios alcanzan su verdadera plenitud cuando se ponen al servicio de Cristo y de su Iglesia.
¿Qué nos enseña el Evangelio de hoy?
El mensaje central del Evangelio de este 18 de noviembre es una invitación a vivir responsablemente nuestra vocación cristiana.
Dios no nos pide a todos los mismos resultados, pero sí espera que respondamos con fidelidad a lo que nos ha confiado. La parábola nos anima a superar el miedo, abandonar la indiferencia y aprovechar cada oportunidad para crecer en el amor.
Hoy podemos preguntarnos: ¿Estoy utilizando los dones que Dios me ha dado para ayudar a los demás? ¿Hay alguna responsabilidad que he dejado de cumplir por miedo o comodidad? ¿Qué puedo hacer hoy para que mi fe produzca frutos?
Que el ejemplo de los santos apóstoles Pedro y Pablo nos ayude a responder generosamente al llamado de Cristo, recordando que nuestra mayor recompensa será participar de la alegría eterna de nuestro Señor.
