El abandono de Jesús durante la Pasión: el dolor de Cristo en la cruz
La Pasión de Jesucristo constituye uno de los misterios más profundos de la fe cristiana. Cuando contemplamos los últimos momentos de la vida terrena del Señor, solemos detener nuestra atención en sus sufrimientos físicos: la flagelación, la coronación de espinas, el peso de la cruz, las heridas y finalmente la crucifixión. Sin embargo, el sufrimiento de Jesús no fue solamente corporal. Su Pasión estuvo acompañada también por un profundo sufrimiento moral y espiritual.
Cristo experimentó el rechazo, la soledad, la traición, la incomprensión y el abandono. Aquel que había anunciado el Reino de Dios, que había curado enfermos, perdonado pecados, alimentado a las multitudes y llamado a los hombres a la conversión, terminó aparentemente solo, condenado y rechazado.
Uno de los aspectos más conmovedores de este misterio es precisamente el abandono de Jesús durante la Pasión. Podemos contemplarlo desde varias perspectivas: el aparente abandono por parte de Dios, el abandono de sus discípulos y el abandono de su propio pueblo.
Pero es importante comprender desde el principio que cuando hablamos del «abandono de Dios» no estamos afirmando que el Padre haya dejado de amar al Hijo, ni que la Santísima Trinidad se haya roto. Se trata de un misterio mucho más profundo. Jesús, en su verdadera humanidad, quiso experimentar hasta el extremo las consecuencias del sufrimiento y de la muerte, entrando en la situación del hombre que se siente solo y desamparado.
Jesús quiso experimentar en su humanidad la profundidad del sufrimiento humano para llevar nuestra salvación hasta sus últimas consecuencias.
El sufrimiento interior de Jesús durante la Pasión
Los Evangelios muestran que Jesús conocía de antemano lo que iba a suceder. No caminó hacia la cruz como alguien que ignoraba su destino. Desde antes de llegar a Jerusalén había anunciado repetidamente a sus discípulos que sería entregado, sufriría, moriría y resucitaría.
Sin embargo, conocer intelectualmente el sufrimiento que se aproxima no significa ser indiferente ante él.
En Getsemaní encontramos una de las escenas que mejor manifiestan la verdadera humanidad de Jesucristo. Mateo, Marcos y Lucas narran cómo Jesús se retiró a orar antes de ser arrestado. Allí experimentó una angustia profunda.
Jesús dice:
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quiero, sino como quieres tú» (Mt 26,39).
Estas palabras revelan algo esencial para comprender la Pasión. Jesús posee una verdadera naturaleza humana. Como hombre, experimenta el horror ante la muerte. La muerte no es algo natural al hombre en el sentido de que este haya sido creado para la corrupción y la separación. Por eso, ante el sufrimiento que se aproxima, la humanidad de Cristo experimenta angustia.
Pero precisamente en Getsemaní aparece también la grandeza de su obediencia.
Jesús no rechaza la voluntad del Padre. Al contrario, acepta libremente beber el cáliz de la Pasión. Su oración expresa el combate interior propio de quien afronta un sufrimiento inmenso y, al mismo tiempo, se abandona plenamente a Dios.
Aquí encontramos una de las grandes enseñanzas espirituales de la Pasión: aceptar la voluntad de Dios no significa necesariamente dejar de sentir miedo, tristeza o angustia. Jesús sintió todo eso y, sin embargo, permaneció fiel.
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Una de las palabras más impresionantes pronunciadas por Jesús desde la cruz aparece en los Evangelios de Mateo y Marcos:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Mc 15,34).
A primera vista, estas palabras pueden desconcertarnos. ¿Cómo puede Jesús, que es el Hijo de Dios, sentirse abandonado por el Padre?
La respuesta requiere comprender que estas palabras no constituyen una negación de Dios ni una ruptura entre el Padre y el Hijo. Tampoco significan que el Padre haya dejado de amar a Jesús.
Jesús está pronunciando las palabras iniciales del Salmo 22, un salmo que comienza con una expresión de angustia extrema, pero que posteriormente conduce hacia la confianza y finalmente hacia la victoria de Dios.
Esto es fundamental. Cuando Jesús pronuncia esas palabras desde la cruz, está rezando con las palabras de las Escrituras.
El grito expresa verdaderamente un sufrimiento profundo. Jesús no está fingiendo dolor. La experiencia humana de Cristo se encuentra sometida a una situación extrema: sus enemigos lo han entregado, sus discípulos han huido, su pueblo lo ha rechazado y la muerte está delante de Él.
Pero precisamente en medio de esa oscuridad continúa diciendo:
«Dios mío».
Este detalle es extraordinariamente importante.
Aunque Jesús pregunta: «¿Por qué me has abandonado?», sigue llamando a Dios «Dios mío». Incluso en la experiencia más profunda de desolación permanece la relación de confianza.
Por eso, el grito de Jesús no debe interpretarse simplemente como un reproche desesperado contra Dios. Es, al mismo tiempo, un grito de dolor y una oración de confianza.
El abandono no significa rechazo de Dios
La palabra «abandono» puede llevarnos fácilmente a una interpretación equivocada. Cuando una persona dice que ha sido abandonada por alguien, normalmente quiere decir que esa persona la ha dejado, ha roto la relación con ella o ha dejado de preocuparse por ella.
Pero en el caso de Jesús debemos ser mucho más cuidadosos.
El Padre no abandona al Hijo en el sentido de dejar de amarlo. El amor entre el Padre y el Hijo permanece eternamente. La unidad de la Trinidad no puede romperse.
Lo que Jesús experimenta en su humanidad es la extrema desolación propia de quien ha sido entregado a sus enemigos y se encuentra aparentemente sin protección.
De hecho, los acontecimientos exteriores parecen confirmar las palabras de quienes se burlan de Él.
Los que permanecen alrededor de la cruz dicen:
«Puso su confianza en Dios; que lo libre ahora, si es que lo quiere» (Mt 27,43).
La burla tiene una intención muy profunda. Quieren demostrar que Jesús estaba equivocado al afirmar que era el Mesías y el Hijo de Dios. Para ellos, si verdaderamente fuera amado por Dios, Dios debería intervenir inmediatamente y librarlo de la cruz.
Pero precisamente aquí se revela una lógica completamente diferente.
Jesús no baja de la cruz.
No porque haya perdido el poder, ni porque el Padre lo haya rechazado, sino porque su misión consiste precisamente en entregar su vida por la salvación de los hombres.
La cruz, que desde una perspectiva humana parece una derrota, se convierte en el lugar de la victoria de Cristo.
El misterio de la cruz y el aparente silencio de Dios
Uno de los grandes misterios de la Pasión es el silencio de Dios.
Jesús había realizado milagros delante de las multitudes. Había sanado enfermos, expulsado demonios y resucitado muertos. Había mostrado su autoridad sobre la naturaleza. Sin embargo, en el momento decisivo de su Pasión, no utiliza ese poder para escapar de la cruz.
Podría parecer que Dios permanece en silencio.
Los enemigos triunfan aparentemente. Jesús es condenado. Los soldados lo llevan al Calvario. Los clavos atraviesan sus manos y sus pies. Los que lo observan esperan una intervención divina que no llega.
Pero el silencio de Dios no significa ausencia de Dios.
La cruz enseña que Dios puede estar actuando incluso cuando aparentemente no sucede nada.
Desde una perspectiva puramente humana, la cruz representa fracaso. Desde la perspectiva de Dios, constituye el camino hacia la Resurrección.
Este misterio aparece constantemente en la vida cristiana. Hay momentos en los que una persona puede rezar y experimentar que Dios guarda silencio. Puede pedir ayuda y no recibir inmediatamente la respuesta que esperaba. Puede atravesar situaciones dolorosas en las que parece que Dios se ha alejado.
La Pasión de Cristo permite comprender que la sensación de abandono no equivale necesariamente a un abandono real.
Cristo mismo quiso entrar en esa experiencia humana.
Jesús abandonado por sus discípulos
El segundo gran abandono que experimenta Jesús durante la Pasión es el de sus discípulos.
Durante años habían acompañado al Señor. Habían escuchado sus enseñanzas, presenciado sus milagros y compartido con Él momentos de intimidad. Jesús los había llamado personalmente para que fueran sus discípulos.
Sin embargo, cuando llega la hora de la prueba, la situación cambia radicalmente.
Jesús mismo había anunciado lo que sucedería. Después de la Última Cena les dijo:
«Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche» (Mt 26,31).
Pedro se mostró dispuesto a permanecer con Él hasta la muerte. Sin embargo, pocas horas después, terminaría negándolo tres veces.
Los demás discípulos también huyeron.
Aquello debió constituir para Jesús un sufrimiento moral inmenso. No eran desconocidos quienes lo abandonaban. Eran precisamente aquellos a quienes había elegido y amado de una manera especial.
Este aspecto de la Pasión revela nuevamente la verdadera humanidad de Cristo.
Jesús no era indiferente a la amistad. No era indiferente a la fidelidad ni a la traición. Como verdadero hombre, podía experimentar el dolor que produce ser abandonado por las personas que amamos.
«Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron»
El Evangelio de San Juan expresa este drama desde las primeras páginas:
«Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11).
Estas palabras del prólogo de San Juan adquieren una fuerza especial cuando contemplamos la Pasión.
Jesús vino a su pueblo. Vino como el Mesías esperado. Anunció el Reino de Dios y llamó a la conversión. Sin embargo, una parte de aquellos a quienes había sido enviado terminó rechazándolo.
El rechazo no se limita a la cruz. La cruz es el punto culminante de un proceso de incomprensión y oposición que había ido creciendo durante su ministerio público.
Esto explica por qué el abandono de Jesús debe entenderse también como abandono humano.
El Hijo de Dios se encuentra rodeado por personas que lo insultan, lo desprecian y se burlan de Él.
Aquel que había sido recibido por multitudes termina siendo tratado como un criminal.
La soledad de Jesús en el Calvario
Sin embargo, sería incorrecto decir que absolutamente todos abandonaron a Jesús.
El Evangelio de Juan presenta una escena conmovedora al pie de la cruz. Allí se encuentran María, la Madre de Jesús, algunas mujeres y el discípulo amado.
Juan relata:
«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena» (Jn 19,25).
También aparece el discípulo amado.
Esto es muy significativo porque, en medio del abandono general, existe un pequeño grupo que permanece junto a Jesús.
No pueden evitar su muerte. No pueden bajar a Jesús de la cruz. No pueden eliminar sus sufrimientos. Pero permanecen con Él.
Y esa presencia tiene un enorme valor espiritual.
A veces creemos que ayudar a una persona significa necesariamente solucionar su problema. Pero la escena del Calvario muestra otra cosa. María no puede eliminar el sufrimiento de su Hijo. El discípulo amado tampoco.
Lo que pueden hacer es permanecer.
Y permanecer junto a quien sufre puede ser una de las formas más profundas de amor.
María permanece al pie de la cruz
La presencia de la Virgen María adquiere una importancia extraordinaria.
María había acompañado a Jesús desde el comienzo de su vida. Lo había recibido en su seno, lo había dado a luz y lo había acompañado durante los años de su vida oculta.
Ahora permanece al pie de la cruz.
No intenta escapar de aquella escena. No abandona a su Hijo en el momento más doloroso.
Su presencia silenciosa constituye una de las imágenes más profundas de la fidelidad cristiana.
María no comprende necesariamente todos los detalles del misterio que está contemplando, pero permanece.
Su actitud puede resumirse en una palabra: fidelidad.
La cruz muestra así dos tipos de comportamiento ante el sufrimiento. Algunos huyen. Otros permanecen.
Los discípulos habían prometido fidelidad y huyeron. María permanece sin necesidad de hacer grandes discursos.
En ocasiones, la verdadera fidelidad se manifiesta simplemente permaneciendo junto a quien sufre.
El abandono de Jesús por parte de su pueblo
Además del abandono de sus discípulos, Jesús experimentó el rechazo de una parte importante de su propio pueblo.
Los relatos de Mateo y Marcos describen cómo quienes pasan junto a la cruz se burlan de Él. También aparecen los principales sacerdotes, escribas y ancianos cuestionando su identidad.
El drama alcanza una intensidad particular porque quienes deberían haber reconocido al Mesías terminan participando en su condena.
Los Evangelios muestran que incluso aquellos que contemplan la crucifixión utilizan la condición de Jesús como argumento contra Él.
Si verdaderamente es el Mesías, dicen en esencia, debería bajar de la cruz.
Pero precisamente porque es el Mesías, no baja de la cruz.
Esta paradoja constituye el centro del cristianismo.
La victoria de Cristo no se manifiesta inicialmente mediante la fuerza, el poder político o la violencia. Se manifiesta mediante la entrega.
Cristo vence entregándose.
No conquista un trono terrenal. No derrota a sus enemigos mediante un ejército. No utiliza la violencia para salvarse.
Extiende sus brazos sobre la cruz.
Cristo no vence desde un trono humano, sino desde la cruz; no vence destruyendo a sus enemigos, sino entregando su vida por ellos.
El dolor de Jesús y el sentido cristiano del sufrimiento
La contemplación del abandono de Jesús también tiene consecuencias para la vida del cristiano.
Todo ser humano experimenta, en algún momento, situaciones de dolor, soledad, rechazo o incomprensión. Puede haber momentos en los que una persona sienta que nadie la comprende o que incluso Dios parece guardar silencio.
La Pasión de Cristo permite mirar esas experiencias desde una perspectiva diferente.
Jesús conoce el sufrimiento humano desde dentro.
Conoce la angustia. Conoce el rechazo. Conoce la traición. Conoce la soledad. Conoce el dolor de ser incomprendido. Conoce el miedo ante la muerte.
Por eso, cuando un cristiano atraviesa una situación de sufrimiento, no se encuentra ante un Dios que desconoce lo que significa sufrir.
El cristiano puede mirar al Crucificado y decir: Cristo sabe lo que estoy viviendo.
Esto no significa que el cristianismo enseñe a buscar el sufrimiento por sí mismo. El dolor es un mal y no debe ser buscado innecesariamente. Pero cuando el sufrimiento llega y no puede ser evitado, puede convertirse, unido a Cristo, en una ocasión de entrega y amor.
Cristo no venció evitando la cruz
Una de las tentaciones más grandes al enfrentarnos al sufrimiento consiste en pensar que la única forma de vencerlo es eliminarlo inmediatamente.
Pero la vida de Cristo presenta otra lógica.
Jesús no buscó el sufrimiento por el sufrimiento. Sin embargo, cuando la misión recibida del Padre implicó atravesar la Pasión, aceptó libremente entregar su vida.
Por eso la cruz no debe entenderse como una glorificación del dolor humano, sino como una revelación del amor.
Lo que convierte la cruz de Cristo en algo único no es simplemente la cantidad de sufrimiento físico que experimentó, sino el amor con el que entregó su vida.
El mismo sufrimiento puede tener significados completamente diferentes dependiendo del amor con el que se vive.
Cristo transforma la cruz en una ofrenda.
La cruz conduce a la Resurrección
El abandono no es la última palabra.
Esta es probablemente la enseñanza más importante de todo el misterio de la Pasión.
Jesús grita desde la cruz:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
Pero el Evangelio no termina con ese grito.
Después viene el:
«Todo está cumplido» (Jn 19,30).
Y después de la muerte viene la Resurrección.
La aparente derrota se transforma en victoria.
La tumba no tiene la última palabra. La muerte no tiene la última palabra. El abandono aparente tampoco tiene la última palabra.
Por eso, el cristiano contempla la Pasión siempre a la luz de la Pascua.
No existe Viernes Santo sin Domingo de Resurrección.
El sufrimiento de Cristo es real, terrible y profundo, pero está orientado hacia la victoria.
Cuando Dios parece estar lejos
El misterio del abandono de Jesús contiene también un mensaje especialmente importante para quienes atraviesan períodos de sequedad espiritual.
Hay ocasiones en las que una persona reza y no siente nada. Puede experimentar que Dios está lejos, que sus oraciones parecen no ser escuchadas o que su vida espiritual ha perdido la consolación que antes tenía.
La experiencia subjetiva de ausencia no significa necesariamente ausencia objetiva.
Jesús mismo, en la cruz, experimenta una situación semejante en su humanidad.
Pero continúa diciendo:
«Dios mío».
Esta expresión puede convertirse en una de las oraciones más profundas para el cristiano que atraviesa una noche espiritual.
Aunque no comprendamos lo que sucede, podemos seguir diciendo:
«Dios mío».
Aunque no sintamos su presencia, podemos seguir confiando.
Aunque no comprendamos el sentido del sufrimiento, podemos permanecer unidos a Cristo.
La fe no consiste solamente en creer cuando todo resulta fácil. La fe también consiste en permanecer cuando no entendemos.
El abandono de Jesús revela la profundidad de su amor
Al contemplar a Cristo abandonado en la cruz podemos comprender mejor hasta dónde llega el amor de Dios.
Jesús no permaneció junto a nosotros solamente mientras era aceptado por las multitudes. No abandonó su misión cuando comenzó el rechazo. No huyó cuando sus discípulos lo dejaron solo.
Amó hasta el extremo.
El Evangelio de San Juan resume toda la Pasión con una expresión extraordinaria:
«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).
La cruz es la manifestación visible de ese amor llevado hasta sus últimas consecuencias.
Cristo acepta ser rechazado para reconciliar al hombre con Dios. Acepta la humillación para elevar al hombre. Acepta la muerte para abrir el camino hacia la vida.
Por eso, contemplar el abandono de Jesús no debería conducirnos solamente a la tristeza. Debe llevarnos también a la gratitud.
Conclusión: Jesús nunca dejó de confiar
El abandono de Jesús durante la Pasión es uno de los misterios más profundos del Evangelio.
Jesús experimentó el abandono en diferentes dimensiones. Experimentó la angustia ante la muerte y el aparente silencio de Dios. Experimentó la soledad provocada por la huida de sus discípulos. Experimentó el rechazo de una parte de su propio pueblo. Y finalmente murió rodeado de enemigos, aunque acompañado fielmente por su Madre, algunas mujeres y el discípulo amado.
Sin embargo, en medio de toda esa oscuridad, Jesús no dejó de confiar en el Padre.
Incluso cuando pronunció:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
continuó llamándolo «Dios mío».
Ahí encontramos una de las enseñanzas más profundas de la Pasión. La fe no consiste en no experimentar dolor. Jesús experimentó un dolor inmenso. La fe tampoco consiste en comprender inmediatamente los planes de Dios. Jesús mismo entra en el misterio de la cruz.
La fe consiste en seguir confiando incluso en medio de la oscuridad.
El abandono aparente de Jesús no terminó en fracaso. Terminó en Resurrección.
Por eso, cuando el cristiano atraviesa momentos de sufrimiento, puede mirar al Crucificado y recordar que Dios puede estar presente incluso cuando parece guardar silencio. Puede recordar que Cristo conoce la soledad humana y que ninguna experiencia de dolor le resulta extraña.
La cruz nos enseña finalmente que el amor verdadero permanece.
María permaneció.
El discípulo amado permaneció.
Y Cristo permaneció hasta el final.
No bajó de la cruz. No abandonó su misión. No dejó de amar.
Y precisamente allí, en el lugar que parecía representar la derrota absoluta, comenzó a manifestarse la victoria definitiva de Dios sobre el pecado y la muerte.

