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Maria Llena de Gracia

Maria Llena de gracia El saludo del ángel y el misterio de la Encarnación “¡Alégrate, llena de gracia!, el Señor está contigo”, le dijo el ángel Gabriel a María cuando fue a visitarla de parte de Dios (cf. Lucas 1, 28). Estas palabras del ángel revelan una verdad profunda sobre la Virgen María. Inmaculada, sin […]

Maria Llena de gracia

El saludo del ángel y el misterio de la Encarnación

¡Alégrate, llena de gracia!, el Señor está contigo”, le dijo el ángel Gabriel a María cuando fue a visitarla de parte de Dios (cf. Lucas 1, 28).

Estas palabras del ángel revelan una verdad profunda sobre la Virgen María. Inmaculada, sin mancha de pecado, limpia, pura, transparente, llena de Dios y de su gracia, de su amor y de su bondad, así es María. Así la creó Dios y así permaneció ella a lo largo de toda su vida.

Su pureza no se limitaba solamente al alma. María fue limpia, pura y transparente en todo su ser: en el cuerpo y en el espíritu, en sus pensamientos, en sus sentimientos, en sus palabras y en cada una de sus acciones. Por eso María es presentada por la tradición cristiana como la hija predilecta de Dios, la mujer en quien Dios se complace plenamente, porque puede contemplar en ella el reflejo de su propia bondad.

El Espíritu Santo hizo de María su templo, su morada y su casa, y la llenó con los dones de su amor, dones que ella supo custodiar y hacer fructificar con fidelidad a lo largo de su vida.

Como dice san Pablo:

“El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, mansedumbre, dominio de sí”
(Carta de san Pablo a los Gálatas 5, 20).


Una mujer sencilla elegida por Dios

María, sin dejar de ser lo que era —una mujer de carne y hueso, como tú y como yo— acogió en su corazón y en su vida todos los regalos que Dios le ofrecía.

Era una mujer humilde de su tiempo: débil, limitada, pobre, incluso marginada como muchas mujeres de aquella época. No poseía grandes conocimientos ni privilegios humanos, pero tenía un corazón abierto a Dios.

Y fue precisamente esa apertura la que permitió que respondiera con generosidad a las bondades de Dios.

María nunca se dejó dominar por el orgullo ni por la vanidad, que tantas veces nos hacen sentir superiores a los demás. Por el contrario, fue siempre humilde y sencilla, consciente de que todo lo que tenía provenía de Dios.

Tampoco se dejó arrastrar por el egoísmo ni por la codicia, actitudes que endurecen el corazón y nos vuelven ciegos ante las necesidades de los demás. María vivió siempre con generosidad, solidaridad y desprendimiento.

Del mismo modo, María nunca se dejó dominar por la envidia ni por la mentira, que generan confusión y desconfianza entre las personas. Su vida estuvo marcada por la sinceridad y la honestidad, tanto en sus acciones como en sus palabras.

Ni la ira, ni el odio, ni la violencia encontraron lugar en su corazón. María se distinguió siempre por su amabilidad, su bondad, su paciencia y su espíritu pacífico.

Tampoco cedió nunca ante la injusticia que arrebata a los demás lo que les pertenece. En cada circunstancia actuó con rectitud y con un profundo sentido de justicia.

La pereza, que conduce a la pobreza espiritual y humana, tampoco formó parte de su vida. María fue siempre activa, diligente, servicial y amorosa con todos.

Ni el deseo de poder, ni el afán de placer, ni la obsesión por poseer bienes materiales dominaron su corazón. Por el contrario, María vivió obediente a la voluntad de Dios, pura de cuerpo y alma, y pobre de espíritu.


Una vida sostenida por la fe, la esperanza y el amor

La vida de María estuvo profundamente marcada por las tres grandes virtudes cristianas.

María creyó con una fe firme, profunda y sin límites. Esa fe fue la fuerza que la sostuvo en los momentos difíciles que tuvo que afrontar.

También vivió sostenida por la esperanza. La esperanza fue la luz que iluminó su vida, incluso cuando las sombras amenazaban con envolverla.

Y sobre todo, María vivió plenamente el amor. Amó con todo su corazón y con toda su alma, primero a Dios y, en Él, a todas las personas que vivían a su alrededor.

El amor fue la fuerza que dio sentido a cada instante de su vida, a cada palabra pronunciada y a cada acción realizada.

Por eso María, la Inmaculada, la llena de Dios, la pura y transparente Virgen de Nazaret, se convierte para todos nosotros en un testimonio vivo de que luchar contra el pecado que nos rodea es posible.

Su vida nos recuerda que, con la ayuda de Dios, también nosotros podemos vencer el mal que nos acecha, porque Dios fortalece nuestra debilidad con su amor y su bondad.

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