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El Espíritu Santo y el nacimiento del cristiano: filiación divina, sello de Dios y templo del Espíritu

El Espíritu Santo y el nacimiento del cristiano: cómo transforma nuestra identidad y nuestra vida Basado en Al aire del Espíritu. Meditaciones bíblicas, de Luis Alonso Schökel, S. J. Introducción: la vida cristiana nace de la acción del Espíritu Santo La existencia cristiana no puede comprenderse plenamente si se considera únicamente como la aceptación de […]

El Espíritu Santo y el nacimiento del cristiano: cómo transforma nuestra identidad y nuestra vida

Contenido

Basado en Al aire del Espíritu. Meditaciones bíblicas, de Luis Alonso Schökel, S. J.

Introducción: la vida cristiana nace de la acción del Espíritu Santo

La existencia cristiana no puede comprenderse plenamente si se considera únicamente como la aceptación de unas enseñanzas religiosas, la incorporación a una comunidad o el cumplimiento de determinadas obligaciones morales. En su fundamento se encuentra una acción de Dios que alcanza al hombre en su intimidad y transforma su relación con el Creador. Esa acción corresponde al Espíritu Santo, cuya presencia acompaña la manifestación de Dios, la Encarnación del Hijo, el nacimiento de la Iglesia y la nueva condición del creyente.

Luis Alonso Schökel desarrolla esta perspectiva en las primeras meditaciones de su obra Al aire del Espíritu. Su reflexión parte de una cuestión fundamental: ¿cómo puede el hombre, criatura limitada, recibir algo de la vida de Dios y participar en ella? La respuesta se encuentra en la iniciativa divina. No es el hombre quien logra penetrar por sus propias fuerzas en el misterio de Dios, sino Dios quien se comunica mediante su Espíritu.

El autor contempla este misterio siguiendo el lenguaje de la Escritura y prestando especial atención a sus imágenes. La profundidad, el aliento, el nacimiento, la filiación, la imagen, el sello y el templo permiten expresar distintos aspectos de una misma realidad. El Espíritu Santo procede de la intimidad divina, manifiesta lo que pertenece a Dios y actúa en los hombres hasta convertirlos en hijos, imágenes vivas y moradas de su presencia.

Estas imágenes no constituyen explicaciones aisladas. Cada una ilumina una dimensión de la identidad cristiana. El nacimiento expresa el comienzo de una existencia nueva; la filiación revela la relación personal con el Padre; la imagen manifiesta la transformación del hombre según Dios; el sello señala su pertenencia divina; y el templo describe la presencia del Espíritu en la persona y en la comunidad.

Comprender esta unidad permite reconocer que la acción del Espíritu no es un acontecimiento secundario de la vida cristiana. Se encuentra en su origen y permanece en su desarrollo. La existencia del creyente se convierte así en una vida recibida, sostenida y orientada por Dios.

El Espíritu Santo procede de la profundidad de Dios

La hondura divina supera el conocimiento humano

La primera meditación de Alonso Schökel comienza con una imagen que permite reconocer la distancia entre el conocimiento humano y el misterio divino. El hombre conoce distintas formas de profundidad. Puede contemplar los estratos de la tierra, imaginar los abismos marinos y dirigir su mirada hacia las inmensidades del espacio. También puede explorar su propia conciencia y descubrir en ella recuerdos, deseos, temores y motivos que no siempre comprende.

Sin embargo, ninguna de estas profundidades resulta comparable con la de Dios.

El lenguaje humano necesita recurrir a experiencias conocidas para hablar de lo que lo supera. Por eso emplea palabras como hondura, altura, inmensidad o abismo. Tales expresiones permiten acercarse al misterio, pero no abarcarlo. Cuando se aplican a Dios, dejan de representar simplemente una magnitud mayor que las conocidas. Señalan una realidad que pertenece a otro orden.

La Escritura expresa esta limitación del conocimiento humano. San Pablo, al contemplar el designio salvador de Dios, reconoce que sus decisiones y caminos exceden la capacidad de investigación del hombre. El apóstol no presenta el misterio divino como una dificultad que pueda resolverse mediante un esfuerzo intelectual suficiente. Lo contempla como una riqueza cuya plenitud permanece más allá de toda comprensión creada.

La misma enseñanza aparece en el libro de Job, donde se pregunta si el hombre puede investigar la profundidad del Todopoderoso. La interrogación descubre la desproporción entre la criatura y su Creador.

Alonso Schökel relaciona estas expresiones con la experiencia de la conciencia humana. Cada persona posee una vida interior que los demás no pueden conocer directamente. Incluso el propio individuo encuentra dificultades para comprender enteramente sus pensamientos, inclinaciones y decisiones. Existen regiones de la conciencia que permanecen ocultas o que solo llegan a manifestarse parcialmente.

Si esto ocurre en el hombre, resulta todavía más necesario reconocer la profundidad del misterio de Dios.

No obstante, la comparación tiene un límite decisivo. Dios no está sometido a la ignorancia que afecta a la criatura. Su profundidad no es desconocida para Él mismo. La vida divina se encuentra plenamente presente ante Dios, sin oscuridades ni divisiones.

Esta consideración conduce al punto central de la meditación: aunque el hombre no puede penetrar por sí solo en la intimidad divina, Dios puede comunicarle lo que libremente quiera manifestar.

El Espíritu conoce las profundidades de Dios

La primera carta a los Corintios ocupa un lugar fundamental en la reflexión del autor. San Pablo enseña que el Espíritu conoce lo propio de Dios y comunica al creyente aquello que este no podría descubrir por sus solas capacidades.

La comparación utilizada por el apóstol parte del conocimiento que una persona tiene de su propia interioridad. Así como el espíritu humano conoce lo que pertenece al hombre, el Espíritu de Dios conoce lo que pertenece a Dios.

Alonso Schökel contempla aquí al Espíritu como aquel que está presente en toda la profundidad divina y puede comunicar algo de ella. La expresión no pretende reducir al Espíritu Santo a una facultad impersonal de Dios, sino ayudar a meditar su conocimiento y su acción reveladora.

El Espíritu no transmite una información exterior sobre una realidad que desconoce. Su comunicación procede de la intimidad misma de Dios. Por eso puede hacer que el hombre comprenda los dones recibidos y entre en una relación nueva con el misterio divino.

Esta comunicación requiere también una acción interior. No basta con que la palabra divina llegue externamente al oído. El hombre necesita ser dispuesto para recibirla y comprenderla espiritualmente.

El Espíritu actúa en esa disposición. Hace posible una correspondencia entre la palabra que viene de Dios y la interioridad del creyente que la escucha. La revelación no queda reducida a una sucesión de conceptos aprendidos, sino que alcanza la conciencia y transforma la manera de comprender la propia existencia.

Alonso Schökel emplea una comparación musical para expresar esta realidad. Un instrumento necesita condiciones adecuadas para que el sonido encuentre resonancia. De manera semejante, la interioridad humana puede hacerse más receptiva a la acción del Espíritu.

La profundidad espiritual no consiste, por tanto, en acumular pensamientos complicados sobre Dios. Consiste en dejar que su Espíritu comunique al hombre algo de la hondura divina.

La manifestación del Espíritu en la historia de la salvación

Una presencia que se reconoce por sus efectos

El Espíritu Santo presenta una particularidad en el lenguaje bíblico: muchas veces su presencia se conoce principalmente por aquello que realiza.

Alonso Schökel observa que la luz permite contemplar los objetos al iluminarlos, aunque ella misma no siempre se convierte en objeto directo de nuestra atención. Algo semejante sucede con el aire. El hombre respira continuamente sin detenerse a pensar en aquello que hace posible su respiración.

Estas comparaciones ayudan a comprender por qué la acción del Espíritu puede resultar discreta y, al mismo tiempo, fundamental.

El Espíritu no necesita manifestarse de una sola manera. La Escritura lo presenta mediante imágenes y acciones diversas. Aparece relacionado con el aliento, el viento, la fuerza, la sabiduría, la palabra y la vida.

El autor insiste en que estas manifestaciones deben comprenderse teniendo presente el desarrollo de la revelación bíblica.

En el Antiguo Testamento, el Espíritu de Dios aparece frecuentemente como una fuerza divina que actúa en la creación y en la historia. Su presencia se reconoce en el comienzo del mundo, en la misión de determinados hombres, en la inspiración profética y en la comunicación de cualidades necesarias para cumplir una tarea recibida de Dios.

El Espíritu que aparece en el relato de la creación se relaciona con el dinamismo divino que precede al orden del mundo. En los relatos de los jueces, su acción fortalece a personas llamadas a desempeñar una misión. En los profetas, impulsa la palabra que deben comunicar. En los textos sapienciales y mesiánicos, se asocia con la sabiduría, la fortaleza y el conocimiento de Dios.

Sin embargo, Alonso Schökel advierte que no debe atribuirse automáticamente a todos estos textos la claridad de la formulación trinitaria posterior.

La revelación posee una historia. Las expresiones antiguas permiten reconocer una presencia y una acción divinas, pero no siempre presentan al Espíritu con la misma claridad personal que alcanza la fe cristiana.

Esta distinción resulta esencial para respetar el sentido de la Escritura. La lectura cristiana reconoce en aquellos textos una preparación y una iluminación del misterio del Espíritu Santo, sin desconocer las características propias de cada etapa bíblica.

La revelación cristiana permite reconocer al Espíritu Santo

En el Nuevo Testamento aparecen formulaciones que permiten comprender más claramente la identidad del Espíritu Santo.

Alonso Schökel señala especialmente la importancia de las expresiones trinitarias, entre ellas la fórmula bautismal del evangelio de Mateo y la bendición final de la segunda carta a los Corintios.

La fe cristiana contempla al Espíritu Santo en relación con el Padre y con el Hijo. Desde esta perspectiva, puede volver sobre los textos anteriores y descubrir una continuidad en la acción divina.

No obstante, esta lectura debe evitar dos extremos. Por una parte, no conviene separar completamente las antiguas manifestaciones del Espíritu de su revelación cristiana. Por otra, tampoco corresponde suponer que todos los autores bíblicos poseían idéntica comprensión explícita del misterio trinitario.

El autor mantiene esta tensión mediante un procedimiento contemplativo. Reconoce el desarrollo histórico de la revelación y, desde la fe cristiana, medita los textos como testimonios de una acción divina que alcanza su expresión más plena en Jesucristo.

El Espíritu aparece así como una presencia que comunica, ilumina, impulsa y transforma. No se trata únicamente de una realidad sobre la cual el creyente deba adquirir conocimientos. Es también aquel cuya acción permite comprender mejor la revelación recibida.

La vida cristiana supone, por consiguiente, una relación con el Espíritu que no se agota en la formulación doctrinal. El creyente puede conocer las enseñanzas acerca del Espíritu y, sin embargo, necesitar una conciencia más profunda de su presencia.

Esta es una de las preocupaciones espirituales que atraviesan las meditaciones de Alonso Schökel. El Espíritu actúa en el hombre incluso cuando este no advierte claramente su intervención. La tarea de la meditación consiste en reconocer esa presencia y abrirse con mayor atención a ella.

El Espíritu Santo en la Encarnación del Hijo de Dios

La iniciativa divina en el nacimiento de Jesucristo

La reflexión sobre el Espíritu conduce naturalmente a la Encarnación.

En los relatos evangélicos del nacimiento de Jesús, el Espíritu Santo aparece vinculado al acontecimiento por el cual el Hijo de Dios entra en la historia humana.

Alonso Schökel contempla especialmente los relatos de Mateo y Lucas, que presentan la concepción de Jesús como resultado de una iniciativa divina. La maternidad de María se sitúa dentro de una acción extraordinaria de Dios, que no puede explicarse únicamente mediante las categorías ordinarias de la generación humana.

La presencia del Espíritu señala el carácter divino del acontecimiento. El nacimiento de Jesús no es simplemente la aparición de un personaje religioso destinado a desempeñar una misión importante. En la Encarnación se realiza la entrada del Hijo de Dios en la condición humana.

El autor considera este misterio dentro de la continuidad de las intervenciones de Dios en la historia de la salvación. La Escritura conoce nacimientos vinculados a promesas, situaciones de esterilidad superadas por la acción divina y acontecimientos en los cuales la vida aparece como un don inesperado.

La Encarnación, sin embargo, posee una singularidad que no debe confundirse con aquellos antecedentes.

En Jesús, la intervención del Espíritu está relacionada con el misterio de la presencia del Hijo de Dios entre los hombres. La acción divina no se limita a preparar el nacimiento de alguien destinado a recibir posteriormente una misión. Se encuentra en el origen mismo de su existencia humana.

La concepción virginal manifiesta que el acontecimiento procede de Dios. María recibe una misión única dentro de la historia de la salvación y su maternidad queda vinculada a la acción del Espíritu Santo.

La Encarnación como comienzo de una nueva relación entre Dios y los hombres

La importancia de la Encarnación no termina en el nacimiento de Jesús. El acontecimiento permite comprender el nuevo nacimiento del cristiano.

Alonso Schökel establece una relación temática entre la acción del Espíritu en el origen humano de Cristo y la acción del mismo Espíritu en el origen de la vida cristiana.

La relación no significa que ambos nacimientos sean idénticos. La Encarnación es un acontecimiento único. El nacimiento espiritual del creyente es participación en la vida que Dios comunica por medio de Jesucristo.

Sin embargo, existe una correspondencia profunda: en ambos casos la iniciativa pertenece a Dios y el Espíritu Santo desempeña una función decisiva.

La existencia cristiana no comienza solamente por una decisión autónoma del hombre. El creyente recibe una vida que lo supera y que lo incorpora a una relación nueva con Dios.

Por eso, la meditación de la Encarnación prepara la comprensión del bautismo y de la filiación divina. El Espíritu que interviene en el misterio de Cristo es también quien comunica al cristiano la vida que procede de Dios.

Esta continuidad permite contemplar la historia de la salvación como una obra divina en la que los acontecimientos no permanecen aislados. La Encarnación, el nacimiento de la Iglesia y el nacimiento del creyente aparecen relacionados por la acción del mismo Espíritu.

El Espíritu Santo y el nacimiento de la Iglesia

Pentecostés como manifestación de una comunidad nueva

La acción del Espíritu Santo no se limita a la intimidad de cada persona. También se manifiesta en la constitución de la comunidad cristiana.

Alonso Schökel dedica una meditación al nacimiento de la Iglesia y sitúa en ella la importancia de Pentecostés. El acontecimiento permite contemplar la transformación de los discípulos y el comienzo de una existencia comunitaria marcada por la presencia del Espíritu.

La Iglesia no aparece únicamente como una agrupación de personas que conservan el recuerdo de Jesús. Su vida procede de una iniciativa divina que la capacita para dar testimonio de Cristo.

El relato de Pentecostés presenta signos que permiten reconocer la intervención del Espíritu. Las imágenes del viento y del fuego expresan una presencia que irrumpe, comunica fuerza y produce una transformación. El acontecimiento posee una dimensión visible, pero su significado no se agota en las manifestaciones exteriores.

Lo decisivo es la acción de Dios sobre la comunidad.

Los discípulos reciben un impulso que los orienta hacia la proclamación del mensaje cristiano. La palabra que anuncian no puede separarse del Espíritu que los mueve. El mismo Dios que se ha manifestado en Jesucristo continúa actuando en quienes deben comunicar su obra.

El nacimiento de la Iglesia posee así una dimensión espiritual y una dimensión histórica. La comunidad surge en un momento determinado, pero su existencia no puede explicarse exclusivamente mediante factores humanos.

El Espíritu Santo se encuentra en su fundamento como principio de vida y de comunicación.

Esta perspectiva permite comprender que la Iglesia no pertenece solamente al pasado de sus comienzos. La presencia del Espíritu constituye una realidad permanente de su existencia. Aquello que se manifiesta en Pentecostés ilumina la naturaleza de la comunidad cristiana en las generaciones posteriores.

La Iglesia vive de una acción que recibe. Su misión no consiste en sustituir al Espíritu, sino en responder a su impulso y hacer visible, mediante su testimonio, la presencia de Cristo.

Del nacimiento de la Iglesia al nacimiento del creyente

Alonso Schökel establece una relación entre el nacimiento de la comunidad y el nacimiento de cada cristiano.

El Espíritu Santo actúa sobre la Iglesia y también sobre las personas que son incorporadas a ella. No se trata de dos acciones desconectadas, porque la vida individual del creyente se desarrolla dentro de la comunidad de fe.

El nacimiento cristiano tiene una dimensión personal: cada hombre recibe una relación nueva con Dios. Pero posee también una dimensión comunitaria: esa vida lo incorpora a un pueblo que reconoce a Jesucristo como Señor.

La comunidad no puede entenderse como un simple conjunto de experiencias religiosas privadas. Su unidad se fundamenta en una presencia divina compartida.

De igual manera, la relación personal con Dios no queda anulada por la pertenencia a la Iglesia. El Espíritu alcanza al individuo en su propia existencia, despierta su conciencia filial y transforma su manera de vivir.

Esta relación entre persona y comunidad permite evitar una comprensión individualista de la vida cristiana. El Espíritu que habita en cada creyente es el mismo que sostiene a la Iglesia.

Por ello, la vida comunitaria no representa un elemento añadido a la experiencia espiritual. Pertenece a la forma concreta en que esa experiencia se realiza.

La presencia del Espíritu debe reconocerse tanto en la intimidad de la conciencia como en las relaciones entre los miembros de la comunidad. La transformación interior y la edificación de la Iglesia son dimensiones relacionadas de una misma obra divina.

El nuevo nacimiento del cristiano por el Espíritu Santo

Nacer del Espíritu significa recibir una vida nueva

El nacimiento constituye una de las imágenes más importantes para expresar el comienzo de la existencia cristiana.

En el diálogo de Jesús con Nicodemo, recogido por el evangelio de Juan, aparece la necesidad de un nacimiento que no puede confundirse con el origen biológico del hombre.

La vida recibida de los padres pertenece al orden natural. El nacimiento espiritual, en cambio, procede de Dios y abre al creyente una relación que no podría alcanzar mediante sus propias fuerzas.

Alonso Schökel contempla esta diferencia sin establecer una oposición absoluta entre la vida humana y la vida espiritual. La imagen del nacimiento permite comprender que la gracia divina no es simplemente una instrucción añadida a una persona ya constituida. Es el principio de una existencia nueva.

El hombre que nace recibe la vida antes de poder comprenderla. No elige las condiciones fundamentales de su origen ni produce por sí mismo aquello que lo hace existir. De manera semejante, la vida cristiana comienza como un don.

Esta comparación destaca la primacía de la iniciativa divina.

El Espíritu Santo no se limita a ofrecer al hombre consejos para mejorar su comportamiento. Su acción alcanza la raíz de su relación con Dios. El creyente recibe una condición nueva, desde la cual puede desarrollar una existencia conforme a la vida que le ha sido comunicada.

La imagen del nacimiento también expresa un comienzo que requiere crecimiento.

Quien nace no posee desde el primer instante la madurez que alcanzará posteriormente. La vida se desarrolla mediante un proceso en el que intervienen el aprendizaje, la experiencia y la relación con los demás.

De modo semejante, el nacimiento cristiano inaugura una existencia que debe desplegarse. La presencia del Espíritu no elimina la necesidad de crecimiento espiritual, sino que constituye su fundamento.

La vida recibida está llamada a manifestarse progresivamente en la conciencia, en las decisiones y en la conducta.

El agua y el Espíritu en el nacimiento cristiano

La relación entre el agua y el Espíritu ocupa un lugar importante en la comprensión bíblica del nuevo nacimiento.

El agua pertenece a las experiencias fundamentales de la vida humana. Limpia, refresca y hace posible la existencia de los seres vivos. En el lenguaje religioso puede expresar purificación y renovación.

El Espíritu, por su parte, aparece como principio de una vida que procede de Dios.

Cuando ambos elementos se relacionan en el lenguaje del nacimiento cristiano, permiten contemplar una transformación que afecta al hombre entero.

El bautismo no debe comprenderse únicamente como un acto exterior de incorporación social. Su significado cristiano se encuentra unido a la acción divina que comunica una existencia nueva.

El signo visible remite a una realidad espiritual. La acción del Espíritu es la que permite comprender la profundidad del nacimiento cristiano.

Alonso Schökel mantiene una especial sensibilidad hacia la fuerza de estas imágenes. El agua no funciona solamente como un concepto que debe traducirse inmediatamente a una definición abstracta. Su capacidad expresiva ayuda al creyente a contemplar el carácter vital de aquello que recibe.

Nacer del Espíritu significa que la relación con Dios comienza a desarrollarse desde una fuente que supera las capacidades naturales del hombre.

La existencia humana continúa siendo concreta, corporal e histórica. El creyente no abandona su condición de criatura ni deja de participar en las circunstancias ordinarias de la vida.

Lo que cambia es su relación fundamental con Dios.

El nacimiento espiritual permite comprender la vida cristiana como una existencia sostenida por la presencia divina. No se trata de reemplazar la humanidad del creyente, sino de comunicarle una vida nueva que debe manifestarse dentro de su propia condición humana.

El Espíritu actúa más allá de lo que podemos percibir

La comparación entre el Espíritu y el viento, presente en el diálogo con Nicodemo, introduce otro aspecto esencial.

El hombre puede reconocer la presencia del viento por sus efectos, aunque no pueda dominar su origen ni su recorrido. Su acción se manifiesta en aquello que mueve y transforma.

De manera semejante, el Espíritu Santo actúa con una libertad que supera el control humano.

La persona no puede reducir la vida espiritual a aquello que percibe inmediatamente. La ausencia de una experiencia sensible extraordinaria no permite concluir que el Espíritu esté ausente.

Alonso Schökel insiste en que la acción divina puede desarrollarse de manera discreta. Así como el hombre respira sin advertir continuamente el aire, también puede recibir la acción del Espíritu sin reconocerla en cada instante.

Esta consideración resulta importante para comprender la estabilidad de la vida cristiana.

La relación con Dios no depende exclusivamente de sentimientos intensos o de acontecimientos excepcionales. Se fundamenta en una presencia recibida que puede actuar en la profundidad de la existencia.

La conciencia de esa presencia puede crecer mediante la meditación de la Escritura y la atención a la propia vida espiritual. Sin embargo, el Espíritu no queda sometido a la capacidad humana de reconocer sus movimientos.

Su acción precede y supera nuestra percepción.

El creyente está llamado a vivir con una disposición de acogida, reconociendo que la transformación espiritual es una obra divina y que su desarrollo no puede identificarse simplemente con los resultados visibles de un esfuerzo personal.

El Espíritu Santo nos hace hijos de Dios

La filiación divina como nueva identidad del creyente

El nacimiento espiritual conduce a una de las afirmaciones más profundas de la fe cristiana: el creyente recibe la condición de hijo de Dios.

Alonso Schökel dedica una meditación específica a la conciencia de filiación. Su reflexión muestra que la acción del Espíritu no consiste únicamente en producir una transformación objetiva, sino también en hacer que el cristiano reconozca la relación que ha recibido.

La filiación no es una metáfora superficial destinada a expresar una cercanía sentimental con Dios. Señala una nueva condición que modifica la manera de comprender la propia existencia.

El cristiano puede dirigirse a Dios como Padre porque ha recibido el Espíritu que lo introduce en esa relación.

La enseñanza de san Pablo resulta fundamental para esta meditación. El apóstol relaciona la acción del Espíritu con la invocación filial mediante la cual el creyente reconoce a Dios como Padre.

La palabra «Abba» expresa de manera especialmente significativa esa relación.

No se trata de una fórmula pronunciada desde una distancia puramente ceremonial. Manifiesta una confianza que nace de la condición filial recibida.

Alonso Schökel relaciona esta invocación con la experiencia del niño que comienza a reconocer y llamar a sus padres. La palabra puede aparecer antes de que exista una comprensión completa de todo su significado.

La relación precede a la capacidad de explicarla.

De manera semejante, el cristiano puede vivir realmente su filiación antes de comprender toda su profundidad teológica. La conciencia filial se desarrolla conforme el Espíritu ilumina la relación con Dios.

Esta comparación permite distinguir entre la realidad del don y la madurez con que se reconoce.

El creyente no se convierte en hijo de Dios porque haya logrado producir por sí mismo un sentimiento filial. Es el Espíritu quien fundamenta esa relación y despierta progresivamente su conciencia.

La conciencia filial transforma la relación con Dios

Reconocer a Dios como Padre modifica profundamente la vida religiosa.

El hombre puede experimentar la grandeza divina desde la distancia que separa a la criatura de su Creador. Puede contemplar su poder, su sabiduría y su misterio, reconociendo que ninguna realidad creada permite abarcarlo.

La filiación no elimina esa trascendencia. Introduce, sin embargo, una relación nueva dentro de ella.

El Dios cuya profundidad resulta insondable se comunica al hombre de tal manera que este puede llamarlo Padre.

La distancia entre Dios y la criatura no desaparece por una elevación autónoma del hombre. Es Dios quien establece la relación mediante su Espíritu.

Esta transformación afecta también al modo de comprender la propia dignidad.

El creyente ya no se define únicamente por su origen natural, sus capacidades o sus circunstancias históricas. Su identidad queda vinculada a una relación recibida de Dios.

La filiación divina no suprime las demás dimensiones de la existencia humana, pero les proporciona un fundamento espiritual nuevo.

El hombre sigue siendo una criatura limitada. Continúa necesitando aprender, crecer y superar sus debilidades. Sin embargo, puede vivir todo ello desde la conciencia de una relación filial que no ha producido por sí mismo.

La acción del Espíritu hace posible esa conciencia.

La filiación no debe entenderse solamente como un título que se atribuye al cristiano. Es una realidad llamada a penetrar su manera de pensar, de orar y de relacionarse con Dios.

Cuando el creyente pronuncia verdaderamente la invocación filial, reconoce una relación en la que la iniciativa corresponde al Padre y la respuesta humana se hace posible por el Espíritu.

El cristiano como imagen de Dios

La imagen divina y la transformación espiritual

La reflexión sobre la filiación conduce al tema de la imagen de Dios.

Alonso Schökel contempla la identidad cristiana mediante una imagen bíblica que permite expresar tanto el origen del hombre como la transformación que recibe por la acción divina.

Ser imagen supone una relación con aquello que se representa. La imagen remite a un original y recibe de él su significado.

Sin embargo, la comparación no debe entenderse de una manera puramente material. La imagen de Dios no consiste en reproducir una figura corporal divina, como si Dios pudiera quedar limitado por una forma física.

La semejanza debe comprenderse desde la relación que Dios establece con el hombre y desde la acción por la cual lo transforma.

El Espíritu Santo interviene en esa transformación haciendo que la vida del creyente pueda manifestar algo de la realidad divina.

La imagen no permanece entonces como una simple afirmación acerca de la dignidad humana. Adquiere una dimensión dinámica.

El cristiano está llamado a manifestar, mediante su existencia, la vida que recibe de Dios.

Esta transformación no significa que la criatura deje de ser criatura. La distancia entre Dios y el hombre permanece. Lo que se produce es una participación recibida, que permite reconocer en la persona una semejanza fundada en la acción divina.

La imagen expresa así una relación de dependencia y de comunión.

El hombre no es fuente autónoma de la vida divina que manifiesta. La recibe y está llamado a dejar que esa presencia transforme su existencia.

La imagen de Dios se comprende a la luz de Jesucristo

La reflexión cristiana sobre la imagen de Dios encuentra su referencia decisiva en Jesucristo.

Alonso Schökel relaciona la condición del creyente con la manifestación de Dios realizada en el Hijo. La identidad cristiana no puede comprenderse al margen de Cristo, porque la acción del Espíritu conduce a una vida configurada por la relación con Él.

La semejanza divina no debe reducirse, por tanto, a una cualidad genérica que el hombre poseería de manera independiente de la historia de la salvación.

La nueva vida cristiana se comprende desde la obra de Dios en Jesucristo.

El Espíritu que interviene en la Encarnación y comunica la vida al creyente establece una continuidad entre el misterio de Cristo y la transformación de quienes pertenecen a Él.

La imagen adquiere así un sentido espiritual concreto.

El creyente está llamado a manifestar una semejanza que no procede únicamente de sus esfuerzos. La transformación tiene su origen en Dios y se desarrolla mediante la acción del Espíritu.

La vida cristiana no consiste en construir artificialmente una apariencia religiosa. Consiste en permitir que la realidad recibida se exprese progresivamente en la persona.

La distinción es importante. Una imagen puede parecerse externamente a su modelo sin participar realmente de aquello que representa. En la vida cristiana, en cambio, la semejanza se encuentra relacionada con una acción interior que transforma.

El Espíritu no produce únicamente una representación exterior de la vida divina. Actúa en el creyente para que su existencia pueda convertirse en testimonio de la relación recibida.

El sello del Espíritu Santo: pertenecer a Dios

El significado espiritual del sello

Otra imagen fundamental empleada por Alonso Schökel es la del sello.

En la experiencia humana, el sello puede indicar autenticidad, propiedad, procedencia o confirmación. Su presencia permite reconocer una relación entre aquello que ha sido marcado y quien ha colocado la señal.

La Escritura utiliza esta imagen para expresar la relación del cristiano con Dios.

El sello del Espíritu Santo indica que la existencia del creyente queda vinculada a la iniciativa divina.

No se trata de una marca material visible sobre el cuerpo, sino de una realidad espiritual que expresa pertenencia y reconocimiento.

El cristiano no se pertenece de una manera completamente independiente. Su nueva vida tiene origen en Dios y queda referida a Él.

Esta pertenencia no debe confundirse con una forma de posesión que anule la condición personal del hombre. La acción divina no destruye a la criatura, sino que la introduce en una relación nueva.

El sello expresa precisamente esa relación.

La persona conserva su identidad humana, pero recibe una condición que no procede de sus capacidades naturales. Su existencia queda marcada por el Espíritu que Dios le comunica.

La imagen permite comprender que la vida cristiana posee una profundidad que no siempre se manifiesta exteriormente.

Una persona puede ser reconocida por múltiples señales visibles: su nombre, su historia, sus actividades y sus relaciones sociales. El sello del Espíritu pertenece a un orden distinto. Señala una pertenencia espiritual cuyo fundamento está en la acción de Dios.

El Espíritu como garantía de la vida recibida

En los textos paulinos considerados por Alonso Schökel, la imagen del sello aparece relacionada con la firmeza de la acción divina y con la esperanza del creyente.

El Espíritu no es solamente el principio de una experiencia religiosa pasajera. Su presencia se vincula con la continuidad de la obra que Dios realiza.

La vida cristiana tiene un comienzo, pero no queda reducida a ese primer momento.

El sello permite contemplar la permanencia de la relación establecida por Dios. La iniciativa divina no se presenta como una intervención que desaparece inmediatamente después de producir un efecto.

El creyente recibe una presencia que orienta su existencia hacia la plenitud de la promesa divina.

Por ello, la imagen del sello puede relacionarse con la confianza.

La seguridad cristiana no se fundamenta en la autosuficiencia moral del hombre. Tampoco en la capacidad de prever todos los acontecimientos de su vida.

Se apoya en la fidelidad de Dios, que ha tomado la iniciativa de comunicar su Espíritu.

Esta perspectiva no elimina la responsabilidad del creyente. La pertenencia divina reclama una existencia coherente con la vida recibida.

Sin embargo, la respuesta humana debe comprenderse a partir del don y no como su causa primera.

El Espíritu precede a la respuesta del hombre. La nueva identidad cristiana se recibe antes de manifestarse plenamente mediante las obras.

La imagen del sello conduce así a reconocer la gratuidad de la acción divina y la seriedad de la relación que establece.

El creyente no puede reducir su identidad a una declaración exterior. Está llamado a vivir de acuerdo con aquello que el Espíritu ha realizado en él.

El cristiano es templo del Espíritu Santo

De la presencia de Dios en el templo a su presencia en el creyente

La última de las meditaciones seleccionadas presenta una imagen que reúne las dimensiones anteriores: el templo.

En la tradición bíblica, el templo expresa de manera privilegiada la presencia de Dios en medio de su pueblo. No se trata simplemente de un edificio destinado a determinadas actividades religiosas. Su significado está relacionado con la morada divina y con la posibilidad de que el hombre se acerque a Dios.

Alonso Schökel contempla esta imagen a partir de los textos del Antiguo Testamento que describen la presencia gloriosa del Señor en su santuario.

La gloria divina manifiesta que el templo pertenece a un orden distinto del de los edificios ordinarios. Su importancia procede de la presencia de Dios, no únicamente de sus materiales o de su magnificencia arquitectónica.

El Nuevo Testamento introduce una aplicación sorprendente de esta imagen.

San Pablo afirma que los cristianos son templo de Dios y que el Espíritu habita en ellos. La expresión permite comprender que la presencia divina no queda restringida a un espacio construido por manos humanas.

El creyente puede ser considerado morada del Espíritu Santo.

La afirmación no significa que Dios quede encerrado dentro del hombre. La imagen del templo expresa una relación de presencia, santidad y pertenencia.

El Espíritu habita en el cristiano, y esa presencia comunica a su existencia una dignidad que exige ser reconocida.

La vida humana aparece así bajo una luz nueva.

El creyente no es únicamente alguien que se dirige a Dios desde un lugar exterior. Es también alguien en quien Dios ha querido establecer su morada.

Esta presencia permite comprender la profundidad del nacimiento espiritual. La vida recibida no consiste solamente en una nueva condición jurídica o en una declaración religiosa. Se encuentra vinculada con la inhabitación divina.

La comunidad cristiana como templo de Dios

Alonso Schökel distingue cuidadosamente las aplicaciones que san Pablo hace de la imagen del templo.

En la primera carta a los Corintios, el apóstol se dirige en una ocasión a la comunidad entera. El templo es entonces el conjunto de los creyentes, en quienes habita el Espíritu de Dios.

Esta aplicación posee consecuencias importantes.

La comunidad cristiana no es simplemente una asociación humana que utiliza un lenguaje religioso para expresar su unidad. Es una realidad en la que actúa el Espíritu Santo.

Por eso, las relaciones entre sus miembros deben comprenderse a partir del carácter sagrado de la comunidad.

La destrucción de la unidad, las divisiones y las conductas que perjudican la vida comunitaria adquieren una gravedad especial cuando se reconoce que la Iglesia es templo de Dios.

El respeto debido a la comunidad no se fundamenta únicamente en razones de convivencia o de organización. Procede de la presencia divina que la constituye como morada espiritual.

Esta consideración permite relacionar la imagen del templo con el nacimiento de la Iglesia.

Pentecostés manifiesta la acción del Espíritu sobre la comunidad. La enseñanza paulina sobre el templo muestra que esa presencia no queda reducida al acontecimiento inicial.

El Espíritu continúa siendo el fundamento de la vida comunitaria.

La Iglesia está llamada a manifestar esa presencia mediante su unidad y mediante una existencia que corresponda al don recibido.

El templo espiritual no se construye únicamente mediante elementos exteriores. Su realidad depende de la acción de Dios y de la participación de quienes reciben su Espíritu.

El cuerpo del cristiano como templo del Espíritu Santo

San Pablo aplica también la imagen del templo al cuerpo del creyente.

Alonso Schökel destaca que esta enseñanza aparece dentro de una exhortación moral concreta. El apóstol recuerda la dignidad del cuerpo para mostrar que la conducta corporal no puede separarse de la relación con Dios.

La presencia del Espíritu alcanza al hombre entero.

La vida cristiana no se limita a una región interior desligada de la existencia física. El cuerpo participa de la condición del creyente y debe ser considerado desde la dignidad que recibe por la presencia divina.

Esta afirmación posee un significado especialmente profundo.

El cuerpo es el medio por el cual el hombre se relaciona con el mundo y con los demás. Mediante él escucha, contempla, habla, trabaja, se acerca a otras personas y expresa sus decisiones.

Si el Espíritu habita en el creyente, su acción no puede quedar completamente separada de estas relaciones.

La vida corporal está llamada a manifestar la presencia divina.

Alonso Schökel señala que la debilidad y la condición perecedera del cuerpo no eliminan esta dignidad. El hombre continúa siendo frágil, pero esa fragilidad no impide que el Espíritu haga de él su morada.

La santidad no depende de una perfección física ni de una existencia libre de limitaciones humanas.

Su fundamento se encuentra en la presencia de Dios.

Por eso, la imagen del templo permite superar una comprensión de la espiritualidad que desprecie la dimensión corporal.

El creyente no necesita abandonar su humanidad para ser morada del Espíritu. Es precisamente en su existencia humana concreta donde debe manifestarse la acción divina.

La caridad hace visible al templo espiritual

La presencia del Espíritu en el cristiano posee una dimensión que puede reconocerse mediante las obras.

Alonso Schökel relaciona la imagen del templo con la conducta caritativa y recuerda el lenguaje del profeta Isaías, donde la gloria del Señor acompaña al hombre que practica la justicia.

La comparación resulta especialmente expresiva.

En el Antiguo Testamento, la gloria divina aparece vinculada al santuario. En la existencia del creyente, esa presencia puede manifestarse mediante una vida orientada hacia el bien de los demás.

El cristiano se convierte, por así decirlo, en una morada de Dios que camina entre los hombres.

No se trata de atribuir al individuo una gloria que le pertenezca de manera independiente. La dignidad procede del Espíritu que habita en él.

La caridad permite que esa presencia se haga reconocible.

El hombre que ayuda, que actúa con justicia y que orienta su conducta hacia el bien puede convertirse en manifestación de la acción divina.

La imagen del templo adquiere así un sentido dinámico.

No representa únicamente un lugar separado del mundo. Señala una presencia que acompaña al creyente en sus relaciones y actividades.

La vida cristiana no se reduce a determinados momentos de recogimiento religioso. La presencia del Espíritu está llamada a alcanzar la existencia cotidiana.

El templo espiritual se manifiesta allí donde el creyente vive conforme a la dignidad recibida.

Los templos materiales y la verdadera morada del Espíritu

La afirmación de que los cristianos son templo del Espíritu Santo no elimina el significado de los edificios destinados al culto.

Alonso Schökel reflexiona sobre la diversidad de las iglesias cristianas, desde los grandes templos hasta las capillas humildes.

La importancia espiritual de estos lugares no depende exclusivamente de su riqueza artística o de su monumentalidad.

Su significado está relacionado con la comunidad creyente y con la presencia de Dios.

Los edificios religiosos pueden expresar exteriormente la realidad espiritual de la Iglesia. Su arquitectura, sus imágenes y sus elementos litúrgicos ayudan a manifestar la fe de quienes se reúnen en ellos.

Sin embargo, el autor recuerda que la realidad fundamental es la acción del Espíritu.

Las imágenes de los santos, por ejemplo, pueden comprenderse como testimonios de personas que permitieron que el Espíritu Santo actuara en sus vidas.

La santidad no se presenta como una conquista completamente autónoma del hombre. Es fruto de una existencia abierta a la acción divina.

Los santos manifiestan de manera privilegiada aquello que el Espíritu puede realizar en la vida humana.

Esta perspectiva permite reconocer una relación entre el templo material y el templo espiritual.

El edificio reúne a la comunidad y expresa su fe. La comunidad, por su parte, es morada del Espíritu. Cada creyente participa de esa realidad mediante la vida recibida de Dios.

Alonso Schökel emplea una imagen musical para expresar la unidad espiritual de la asamblea. La música que resuena en un templo llega a cada persona y, al mismo tiempo, envuelve a todos en una armonía compartida.

De manera semejante, el Espíritu actúa en cada cristiano y constituye una presencia común que sostiene a la Iglesia.

La imagen permite reunir la dimensión personal y comunitaria de la vida espiritual.

Cada creyente recibe al Espíritu, pero ninguno queda separado de la comunidad que participa del mismo don.

La unidad de la vida cristiana en el Espíritu Santo

Las imágenes bíblicas examinadas por Alonso Schökel permiten reconocer una profunda continuidad.

El Espíritu que conoce las profundidades de Dios es también quien comunica al hombre algo de su misterio. El Espíritu que interviene en la Encarnación se manifiesta en el nacimiento de la Iglesia y en la nueva vida del creyente.

La filiación, la imagen, el sello y el templo no describen realidades completamente independientes.

Cada una expresa un aspecto de la transformación cristiana.

La filiación señala la relación con el Padre. La imagen expresa la semejanza que la acción divina produce en el hombre. El sello manifiesta la pertenencia a Dios. El templo permite reconocer la presencia del Espíritu en la persona y en la comunidad.

Estas dimensiones no deben separarse.

El cristiano es hijo de Dios porque ha recibido una vida nueva. Esa vida lo orienta hacia una semejanza espiritual con Cristo. La pertenencia divina se expresa mediante el sello del Espíritu, y su presencia hace del creyente una morada sagrada.

La vida cristiana aparece así como una existencia fundada en el don.

No es el hombre quien comienza por construir una relación con Dios mediante sus propias capacidades. Es Dios quien toma la iniciativa, se comunica y transforma.

La respuesta humana conserva toda su importancia, pero debe situarse dentro de esta prioridad de la acción divina.

El creyente está llamado a reconocer la vida recibida y a permitir que se manifieste progresivamente en su conducta.

La meditación bíblica ayuda a desarrollar esa conciencia. Las imágenes de la Escritura no son simples adornos literarios. Permiten contemplar distintos aspectos de un misterio que supera la capacidad de una sola definición.

La profundidad de Dios recuerda el origen divino del don. El nacimiento expresa su novedad. La filiación manifiesta su carácter personal. La imagen y el sello señalan la transformación y la pertenencia. El templo descubre la presencia de Dios en la existencia concreta.

Alonso Schökel no pretende convertir estas meditaciones en un tratado sistemático que agote el misterio del Espíritu Santo. Su propósito es conducir al lector hacia la contemplación de los textos bíblicos y hacia el reconocimiento de la acción divina.

Esta orientación resulta decisiva para comprender el conjunto.

El conocimiento acerca del Espíritu no debe separarse de la vida que Él comunica. La reflexión teológica encuentra su sentido espiritual cuando conduce al creyente a reconocer más profundamente la presencia de Dios.

Conclusión: vivir desde la presencia del Espíritu Santo

La identidad cristiana tiene su fundamento en una acción que procede de la intimidad de Dios.

El Espíritu Santo revela, comunica y transforma. Su presencia acompaña la Encarnación del Hijo, el nacimiento de la Iglesia y la nueva existencia de quienes reciben la vida cristiana.

Por su acción, el creyente puede reconocer a Dios como Padre, comprender su dignidad filial y contemplar su propia existencia como imagen, pertenencia y morada divina.

Estas afirmaciones no deben reducirse a títulos religiosos desligados de la vida. Expresan una realidad espiritual que está llamada a manifestarse en la conciencia, en la conducta y en la comunidad.

La grandeza de esta vocación no elimina la fragilidad humana. El creyente continúa siendo una criatura limitada, sometida a las condiciones ordinarias de la existencia. Pero esa limitación no impide que el Espíritu Santo habite en él y transforme su relación con Dios.

Alonso Schökel conduce finalmente hacia una actitud contemplativa. La acción del Espíritu puede ser discreta como el aire que respiramos, pero su presencia es fundamental para la vida cristiana.

Reconocer esa presencia significa comprender que la fe no se sostiene únicamente sobre el esfuerzo humano. Su origen se encuentra en Dios, que comunica su Espíritu y hace posible una existencia nueva.

El cristiano está llamado a vivir desde ese don, a reconocer su condición filial y a manifestar mediante su vida la presencia de aquel que lo ha convertido en templo suyo.

Fuente bibliográfica: Luis Alonso Schökel, S. J., Al aire del Espíritu. Meditaciones bíblicas, colección El Pozo de Siquem, n.º 91, Editorial Sal Terrae, Santander, 1998, capítulos 1-9, páginas impresas 11-39.

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