El Espíritu Santo en la oración y en la misión de Jesucristo
Introducción: la vida cristiana bajo la acción del Espíritu Santo
La oración cristiana, la misión de Jesucristo y la transformación interior del creyente están profundamente vinculadas por la acción del Espíritu Santo. No constituyen realidades separadas, como si la oración perteneciera exclusivamente a la intimidad religiosa, la misión correspondiera únicamente a las obras exteriores y la vida moral dependiera tan solo del esfuerzo humano. En las meditaciones de Luis Alonso Schökel, estas dimensiones aparecen unidas por una misma presencia divina que introduce al hombre en la relación filial con Dios, conduce al Mesías en el cumplimiento de su misión y proporciona al cristiano la fuerza necesaria para vivir conforme a su nueva condición.
El Espíritu Santo no interviene solamente en determinados momentos extraordinarios de la historia de la salvación. Su actividad alcanza la vida cotidiana de quien cree, ora, escucha la Palabra y procura responder a la voluntad de Dios. La experiencia cristiana queda así situada bajo una iniciativa que procede de Dios y que solicita la colaboración humana. El creyente no inventa por sí mismo el camino de acceso al Padre, ni dispone únicamente de sus capacidades naturales para recorrerlo. Ha recibido una posibilidad nueva de relación, de conocimiento y de acción.
Esta perspectiva permite comprender por qué Schökel vincula la oración con la filiación divina, la unción de Jesús con su ministerio y la libertad cristiana con la presencia interior del Espíritu. La misma fuerza que acompaña al Mesías en su misión actúa también en quienes le pertenecen. Sin embargo, esa presencia no elimina las dificultades, las tentaciones ni la necesidad de discernir. La existencia cristiana continúa desarrollándose entre impulsos contrapuestos, y precisamente en ese terreno se manifiesta la importancia del Espíritu como principio de vida.
El Espíritu Santo, origen y maestro de la oración cristiana
La filiación divina hace posible el diálogo con Dios
La oración supone una relación personal. Quien ora no se dirige a una realidad impersonal ni se limita a expresar sus propios sentimientos. Habla con Dios, escucha su Palabra, le presenta sus necesidades y reconoce su autoridad. Pero esta posibilidad suscita una pregunta fundamental: ¿cómo puede el hombre convertirse en interlocutor de Dios?
Schökel sitúa la respuesta en la filiación divina. El cristiano ha sido introducido en una relación nueva con Dios, a quien puede invocar como Padre. Esta condición no se reduce a una denominación religiosa o a una manera afectuosa de hablar de la divinidad. Constituye el fundamento de una relación real que transforma el modo de dirigirse a Dios.
La invocación filial es aprendida del Hijo y suscitada interiormente por el Espíritu. Jesús enseña a sus discípulos a dirigirse al Padre, mientras el Espíritu mueve el corazón del creyente para que esa palabra no sea una fórmula vacía. La oración cristiana adquiere así una dimensión profundamente trinitaria: el hombre se acerca al Padre por medio de Jesucristo y bajo la acción del Espíritu Santo.
Para explicar este aprendizaje, Schökel recurre a la experiencia del niño que comienza a hablar. Sus primeras palabras expresan una relación que ya existe antes de que pueda comprenderla plenamente. De manera semejante, el cristiano aprende a invocar a Dios desde una condición filial que ha recibido. Con el transcurso de su vida, esa invocación puede enriquecerse y adquirir una profundidad creciente.
La palabra Padre, pronunciada repetidamente en la oración, no tiene por qué convertirse en una repetición mecánica. Puede expresar confianza, dependencia, agradecimiento, súplica, obediencia y entrega. Su contenido se desarrolla a medida que madura la relación del creyente con Dios. El Espíritu acompaña ese crecimiento, haciendo posible que una misma invocación se llene progresivamente de sentido.
Del nombre divino revelado a la invocación del Padre
La meditación de Schökel establece una relación entre la revelación del nombre divino en el Antiguo Testamento y la nueva forma de invocación enseñada por Jesucristo. Moisés recibe la manifestación del nombre de Dios en circunstancias que ponen de relieve el misterio y la trascendencia divina. El nombre revelado permite al pueblo dirigirse a su Señor, reconociendo que Dios ha tomado la iniciativa de darse a conocer.
En el Nuevo Testamento, esa relación alcanza una expresión singular mediante la enseñanza de Jesús. El Hijo revela al Padre y enseña a sus discípulos a invocarlo. El Espíritu hace posible que esta enseñanza penetre en la interioridad del cristiano y se convierta en oración vivida.
No desaparece por ello la distancia entre el Creador y la criatura. La cercanía filial no significa que Dios deje de ser Dios ni que el hombre pueda apropiarse de su misterio. Significa que el acceso ha sido concedido gratuitamente y que la relación se sostiene por la iniciativa divina.
El evangelio de Juan, citado por Schökel, presenta el culto verdadero en relación con el espíritu y la verdad (Jn 4,24). Esta enseñanza permite comprender que la oración cristiana no depende exclusivamente de gestos exteriores. Su autenticidad exige una disposición interior movida por el Espíritu de Dios.
También Efesios 2,18 expresa el acceso común al Padre mediante Cristo y en un mismo Espíritu. La relación de los creyentes con Dios aparece fundada en una acción divina que supera las antiguas separaciones y hace posible una comunión nueva.
Por eso la oración no puede entenderse como un esfuerzo humano que intenta alcanzar por sí solo una realidad inaccesible. El Espíritu que procede de Dios permite al hombre entrar en una relación que sus propias fuerzas no podrían establecer. La iniciativa divina precede, acompaña y sostiene la respuesta humana.
Confesar a Jesucristo como Señor por el Espíritu
La oración cristiana no se limita a la invocación del Padre. Incluye también el reconocimiento de Jesucristo como Señor. Schökel encuentra en la primera carta a los Corintios una afirmación decisiva sobre esta confesión: el reconocimiento auténtico del señorío de Jesús se realiza bajo la acción del Espíritu Santo (1 Co 12,3).
La confesión cristiana no consiste solamente en pronunciar correctamente un título. Reconocer a Jesús como Señor significa situarse ante él desde la fe y aceptar la dignidad que le corresponde. Las palabras de la oración expresan entonces una adhesión que supera su significado puramente verbal.
La acción del Espíritu resulta indispensable porque introduce al creyente en el reconocimiento de Cristo. No sustituye la confesión humana, sino que la hace posible desde dentro. La palabra pronunciada por los labios manifiesta una fe que recibe su impulso de Dios.
De esta manera, la oración al Padre y la confesión de Jesucristo se encuentran íntimamente relacionadas. El mismo Espíritu que mueve al cristiano a invocar filialmente a Dios lo conduce al reconocimiento del Señor Jesús.
La debilidad humana en la oración y la intercesión del Espíritu
El cristiano no siempre sabe pedir lo que necesita
La posibilidad de dirigirse a Dios no significa que el creyente sepa siempre cómo hacerlo. La oración humana está marcada por la limitación del conocimiento, la confusión de los deseos y la dificultad para distinguir entre lo que parece conveniente y aquello que verdaderamente corresponde a la voluntad divina.
Schökel recuerda el episodio evangélico de la petición presentada por la madre de los hijos de Zebedeo. La respuesta de Jesús descubre la insuficiencia de aquella solicitud, formulada desde una comprensión todavía imperfecta de su misión (Mt 20,22).
El ejemplo muestra que incluso una petición nacida de un afecto comprensible puede estar equivocada. La intensidad del deseo no garantiza su rectitud. Tampoco la sinceridad basta por sí sola para convertir cualquier solicitud en una oración bien orientada.
Esta dificultad forma parte del crecimiento espiritual. El creyente necesita aprender a pedir, del mismo modo que necesita aprender a escuchar. La oración exige una educación de los deseos y una progresiva conformidad con la voluntad de Dios.
La comparación con el aprendizaje infantil vuelve a resultar iluminadora. El niño expresa necesidades reales, pero también formula peticiones desproporcionadas o inconvenientes. Quienes lo educan no abandonan por ello su proceso de aprendizaje. Lo acompañan, corrigen y ayudan a descubrir lo que necesita.
Schökel aplica esta imagen a la relación del cristiano con el Espíritu Santo. La debilidad de la oración no conduce necesariamente al fracaso, porque el Espíritu permanece junto al creyente y actúa precisamente en medio de su insuficiencia.
La intercesión del Espíritu según Romanos
El pasaje fundamental para comprender esta acción se encuentra en Romanos 8,26-27. Pablo enseña que el Espíritu auxilia la debilidad humana y ejerce una intercesión que alcanza aquello que el creyente no consigue expresar adecuadamente.
La importancia de este texto reside en que no presenta al Espíritu como un simple inspirador de pensamientos religiosos. Su acción alcanza el interior de la oración humana, donde aparecen deseos, sufrimientos y necesidades que todavía no han encontrado palabras apropiadas.
Schökel presta especial atención a la imagen de los gemidos. El lenguaje paulino atribuye al Espíritu una intercesión que trasciende la expresión verbal ordinaria. La imagen resulta audaz porque aplica al Espíritu una forma de manifestación que habitualmente asociamos con la fragilidad y el sufrimiento humanos.
Para aproximarse a su significado, el autor recuerda la experiencia de los profetas y de los orantes bíblicos. Jeremías manifiesta su incapacidad ante la misión recibida (Jr 1,6), mientras algunos salmos expresan una angustia tan intensa que las palabras parecen insuficientes.
En estas experiencias, el gemido manifiesta una necesidad que supera la capacidad ordinaria de expresión. No es una argumentación cuidadosamente elaborada, sino una súplica nacida de lo más profundo de la existencia.
La aplicación de esta imagen al Espíritu permite comprender que la oración cristiana no depende enteramente de la precisión de sus formulaciones. El creyente puede experimentar una necesidad auténtica sin saber describirla, o desear el bien sin comprender todavía cómo debe pedirlo.
El Espíritu conoce la voluntad divina y actúa en favor del cristiano. Su intercesión no necesita superar una distancia de conocimiento respecto de Dios, como ocurre con la criatura. Por eso la debilidad humana encuentra en él una ayuda singular.
La oración aparece entonces sostenida por una presencia que no abandona al hombre cuando sus palabras resultan insuficientes. El Espíritu acompaña la súplica y la orienta conforme a Dios.
El Espíritu como defensor y acompañante interior
La intercesión descrita por Pablo permite comprender uno de los aspectos del Espíritu como Paráclito. Schökel relaciona este título con su actividad en favor de los creyentes, especialmente cuando estos experimentan su incapacidad.
La ayuda del Espíritu no debe confundirse con la desaparición automática de todas las dificultades. El cristiano continúa teniendo que orar, escuchar, corregir sus deseos y perseverar. La presencia divina no elimina su responsabilidad, sino que la sostiene.
La oración se convierte de este modo en una relación de colaboración. El creyente aporta su voz, su voluntad y sus necesidades, mientras el Espíritu lo acompaña interiormente y conduce su súplica hacia Dios.
Esta enseñanza tiene una consecuencia espiritual importante: la pobreza de palabras no impide necesariamente la oración. Tampoco la confusión interior significa que Dios permanezca inaccesible. El Espíritu actúa precisamente donde el hombre reconoce su limitación.
La confianza cristiana no descansa, por tanto, en la perfección de la expresión religiosa. Descansa en la fidelidad de Dios, que ha concedido al creyente el Espíritu para sostener su relación filial.
Los salmos como escuela de oración inspirada por el Espíritu Santo
La Palabra de Dios se convierte en oración del creyente
La ayuda del Espíritu no se limita a sostener las súplicas espontáneas. También se manifiesta en el lenguaje que Dios ha puesto a disposición de su pueblo para aprender a orar. Schökel concede especial importancia a los salmos, precisamente porque reúnen la inspiración divina y la expresión humana de sentimientos, necesidades y experiencias.
Los salmos nacieron en circunstancias diversas. Sus autores conocieron la alegría, el sufrimiento, el temor, la esperanza, la gratitud y el arrepentimiento. Estas experiencias quedaron expresadas mediante composiciones que la comunidad creyente recibió como parte de la Escritura. Su carácter inspirado permite que las palabras nacidas de situaciones concretas puedan convertirse en oración de generaciones posteriores.
Existe aquí una relación singular entre Dios y el hombre. La Escritura es Palabra de Dios dirigida a los seres humanos, pero los salmos son también palabras que los seres humanos dirigen a Dios. En ellos, el creyente recibe un lenguaje para responder a quien primero le ha hablado.
Esta reciprocidad permite comprender la función del Espíritu como maestro de oración. El Espíritu que inspiró las palabras bíblicas acompaña también al creyente que las hace suyas. No se trata simplemente de repetir expresiones antiguas, sino de incorporarse a una tradición de oración que conserva su capacidad de formar la interioridad humana.
La antigüedad de los salmos no disminuye necesariamente su valor. Las circunstancias históricas de sus autores pueden ser distintas de las actuales, pero las experiencias humanas que expresan continúan siendo reconocibles. El sufrimiento, la confianza, la necesidad de perdón y la búsqueda de Dios siguen formando parte de la existencia.
Schökel advierte contra la tendencia a despreciar las oraciones recibidas por considerar que únicamente las palabras improvisadas pueden expresar autenticidad. La espontaneidad posee su valor, pero no garantiza por sí misma la rectitud de los sentimientos ni la profundidad de la relación con Dios.
Una persona puede expresar espontáneamente deseos desordenados, juicios equivocados o peticiones poco conformes con la voluntad divina. El lenguaje de los salmos, en cambio, ofrece una escuela en la que la expresión personal puede ser educada mediante la Palabra inspirada.
Jesucristo y la oración de los salmos
La relación de Jesucristo con los salmos ocupa un lugar importante en esta meditación. Schökel recuerda que el Hijo asumió las palabras de la oración bíblica y les comunicó una profundidad nueva mediante su propia experiencia.
Los salmos no quedan, por tanto, encerrados en la historia de quienes los compusieron. En la vida de Jesús adquieren una significación que permite al cristiano leerlos desde su relación con el Mesías.
Entre los textos recordados por el autor se encuentra el salmo 22, cuya expresión de abandono aparece vinculada a la experiencia de Jesús. También menciona el salmo 16, relacionado con la esperanza de no quedar abandonado a la muerte, y el salmo 40, donde la disposición a cumplir la voluntad divina ocupa un lugar central.
Estas referencias muestran diversas dimensiones de la oración: el sufrimiento que clama a Dios, la confianza que permanece ante la muerte y la obediencia que acepta la voluntad divina.
La oración de Jesús no aparece separada de la tradición bíblica de su pueblo. Al contrario, las palabras recibidas se convierten en expresión de su relación filial con el Padre. Esta apropiación permite que los cristianos encuentren en los salmos un lenguaje que los vincula con la oración del propio Señor.
Cuando el creyente reza los salmos a la luz de Jesucristo, su oración no consiste únicamente en recordar acontecimientos antiguos. Se une a una forma de dirigirse a Dios que ha sido asumida por el Hijo.
La tarea del cristiano consiste en hacer corresponder su disposición interior con las palabras que pronuncia. La oración exige una participación personal. No basta con reproducir correctamente un texto si el corazón permanece ajeno a su contenido.
La oración repetida transforma la mentalidad
Schökel atribuye al lenguaje de los salmos una capacidad formativa. Las palabras que una persona utiliza habitualmente influyen en su manera de comprender la realidad, interpretar sus experiencias y orientar sus deseos.
Esta observación resulta especialmente importante para la vida espiritual. La oración repetida no tiene necesariamente un carácter superficial. Puede convertirse en un medio de educación interior cuando se pronuncia con atención y se procura asimilar su contenido.
Los salmos enseñan al creyente a reconocer la presencia de Dios en distintas circunstancias. Le ofrecen palabras para agradecer los bienes recibidos, pedir ayuda en la adversidad, reconocer sus faltas y mantener la esperanza cuando experimenta dificultades.
También le enseñan a examinar su propia conducta. La oración puede incluir la petición de vigilancia sobre las palabras, el reconocimiento de que Dios conoce el corazón y la confianza en su fidelidad.
El creyente aprende así que orar no significa solamente presentar necesidades. Significa también dejar que la Palabra divina examine y transforme su manera de vivir.
La relación entre oración y conducta se hace evidente. Quien pide sinceramente ser guiado por Dios reconoce que sus propios criterios necesitan corrección. Quien aprende a confiar en la fidelidad divina encuentra una razón para no quedar dominado por el temor. Quien contempla la bondad del Señor descubre un fundamento para la gratitud.
En esta educación espiritual, el Espíritu Santo continúa actuando como maestro. Su acción no elimina el esfuerzo de atención, comprensión y perseverancia, pero convierte las palabras inspiradas en instrumento de formación del creyente.
El Padrenuestro bajo la acción del Espíritu
Al concluir su meditación sobre la oración, Schökel propone contemplar las peticiones del Padrenuestro desde la presencia y la acción del Espíritu Santo.
Esta aproximación no pretende sustituir la oración enseñada por Jesucristo. Busca descubrir cómo el Espíritu acompaña interiormente aquello que los labios expresan.
La santificación del nombre de Dios requiere una disposición que reconozca su santidad. La petición por la llegada de su Reino supone una apertura a la acción divina. El cumplimiento de la voluntad del Padre exige una transformación de los deseos y de las decisiones humanas.
La súplica por el pan cotidiano reconoce la dependencia de Dios. Las peticiones relacionadas con el perdón y la liberación del mal manifiestan la necesidad de una ayuda que alcance tanto las relaciones humanas como la propia fragilidad espiritual.
Todas estas dimensiones pueden ser contempladas desde la presencia del Espíritu, que enseña al creyente a pedir y lo fortalece para vivir de acuerdo con aquello que solicita.
La oración dominical aparece entonces como una escuela permanente. Sus palabras son conocidas, pero su contenido nunca queda agotado. El cristiano puede volver a ellas durante toda su vida y descubrir nuevas exigencias de confianza, conversión y obediencia.
El Espíritu no añade una oración diferente a la enseñada por Cristo. Hace posible que la oración recibida sea asumida cada vez con mayor profundidad.
La unción de Jesucristo y el comienzo de su misión mesiánica
El Espíritu y la consagración del Mesías
La meditación sobre la oración conduce a la acción del Espíritu en la misión de Jesucristo. Schökel presenta el bautismo de Jesús en relación con su unción y consagración para el ministerio mesiánico.
La imagen de la unción posee antecedentes en el Antiguo Testamento. La consagración de quienes recibían determinadas responsabilidades estaba relacionada con la elección divina y con la fuerza necesaria para cumplir la misión encomendada.
El autor vincula esta tradición con la figura del Mesías, cuyo ministerio se desarrolla bajo la acción del Espíritu de Dios.
La presencia del Espíritu en Jesús no debe interpretarse como un elemento accesorio. Los relatos evangélicos permiten contemplar la relación entre la identidad mesiánica de Cristo y el cumplimiento de su misión.
El bautismo constituye una manifestación decisiva de esa relación. La presencia del Espíritu y la referencia al Padre sitúan la actividad pública de Jesús dentro de una iniciativa divina.
El Mesías no actúa como un enviado que realiza su tarea de manera independiente. Su misión está vinculada a la voluntad del Padre y se desarrolla bajo la acción del Espíritu.
Esta dimensión permite comprender la continuidad entre la oración de Jesús y su ministerio. La relación filial con Dios no queda reservada a momentos de intimidad, sino que se manifiesta en la orientación de toda su actividad.
La fuerza del Espíritu y la responsabilidad recibida
La unción mesiánica no debe entenderse únicamente como una declaración honorífica. Está relacionada con una misión que exige acción, fidelidad y entrega.
La presencia del Espíritu manifiesta que la tarea de Jesús responde al designio divino. El ministerio no se fundamenta en una iniciativa humana aislada, sino en una consagración que lo vincula con la obra de Dios.
La tradición bíblica de la unción permite reconocer que la elección divina comporta una responsabilidad. Quien recibe una misión debe cumplirla conforme a la voluntad de quien lo envía.
En Jesús, esta relación alcanza su expresión propia. Su actividad pública manifiesta la misión mesiánica, y la acción del Espíritu acompaña el desarrollo de esa misión.
Schökel presenta esta relación para mostrar que el Espíritu no pertenece exclusivamente al ámbito de la interioridad religiosa. Su presencia también impulsa hacia una tarea concreta.
La oración y la misión se iluminan mutuamente. La primera expresa la relación con Dios; la segunda manifiesta la obediencia a su voluntad mediante la acción.
Esta vinculación será fundamental para comprender la vida cristiana. El creyente recibe la ayuda del Espíritu no solo para dirigirse a Dios, sino también para responder a las exigencias de su vocación.
La prueba del Mesías y la fidelidad al Espíritu
Jesús es conducido a la prueba
La acción del Espíritu en la misión de Jesucristo no significa que su camino esté libre de dificultades. Schökel relaciona la unción mesiánica con la prueba que aparece al comienzo de su ministerio.
El relato de Jesús conducido al desierto permite contemplar una dimensión que podría parecer sorprendente: la presencia del Espíritu no excluye la confrontación.
El Mesías debe afrontar la prueba dentro de su fidelidad a la misión recibida. No se trata de una interrupción accidental de su camino, sino de un acontecimiento que permite reconocer la firmeza de su obediencia.
La experiencia del desierto manifiesta que el cumplimiento de la voluntad divina no puede identificarse con la búsqueda de comodidad o con la ausencia de oposición.
El Espíritu conduce, pero el camino exige fidelidad. La acción divina no convierte la respuesta humana en una realidad mecánica.
Esta enseñanza permite distinguir entre ser guiado por el Espíritu y esperar que toda dificultad desaparezca. La presencia de Dios puede sostener al creyente precisamente cuando debe afrontar una decisión difícil.
La tentación y el sentido de la misión
La prueba de Jesús debe comprenderse en relación con su condición mesiánica. La cuestión decisiva no es simplemente la resistencia ante una dificultad, sino la fidelidad al modo en que debe cumplir su misión.
La tentación introduce la posibilidad de desviar la orientación de la actividad recibida. Frente a ella, Jesús permanece vinculado a la voluntad divina.
Schökel contempla esta experiencia como un acontecimiento que ilumina también las confrontaciones posteriores del cristiano.
El creyente puede recibir una orientación verdadera y, sin embargo, encontrar impulsos que lo aparten de ella. Puede reconocer un bien y experimentar simultáneamente deseos contrarios. Puede conocer una exigencia de su fe y descubrir que cumplirla requiere una lucha interior.
La experiencia del Mesías permite comprender que la prueba no constituye por sí misma una señal de abandono divino. La cuestión fundamental es la respuesta que se ofrece ante ella.
La fidelidad se manifiesta cuando la voluntad permanece orientada hacia Dios, incluso en circunstancias que exigen resistencia y perseverancia.
El Espíritu aparece así como fuerza para una obediencia activa. No conduce al hombre a una pasividad sin decisiones, sino a una disponibilidad que debe expresarse mediante actos concretos.
La presentación pública del Mesías y la acción del Espíritu
La misión anunciada y realizada
La presentación pública de Jesús permite contemplar la relación entre la unción recibida y la misión que comienza a manifestarse ante los demás.
La actividad mesiánica no queda encerrada en una experiencia personal. Tiene una dimensión pública, dirigida a quienes escuchan la palabra de Jesús y presencian su actuación.
La referencia al Espíritu permite comprender que el ministerio de Cristo está orientado por la iniciativa divina. El anuncio y las obras no aparecen como actividades independientes de su consagración.
La misión recibida exige una manifestación concreta. La presencia del Espíritu se reconoce en la orientación de la actividad de Jesús hacia el cumplimiento de aquello para lo cual ha sido enviado.
De este modo, la unción, la prueba y la presentación pública constituyen aspectos relacionados de una misma misión.
La unción expresa la consagración. La prueba pone de manifiesto la fidelidad. La presentación pública muestra que la misión debe desarrollarse ante los hombres.
Estas dimensiones no deben separarse artificialmente. La identidad mesiánica de Jesús se manifiesta en su relación con Dios y en el cumplimiento de la obra recibida.
La vida cristiana a la luz de la misión de Jesús
La contemplación del ministerio de Cristo permite comprender que la acción del Espíritu no puede reducirse a una experiencia emocional.
La presencia del Espíritu está vinculada a la verdad de la relación con Dios, a la obediencia y a la responsabilidad.
El creyente que desea vivir bajo su acción necesita reconocer que la oración debe tener consecuencias en la conducta. No basta con invocar al Padre si las decisiones personales permanecen deliberadamente alejadas de su voluntad.
Tampoco basta con reconocer verbalmente a Jesucristo como Señor si ese reconocimiento no influye en la manera de vivir.
La relación entre oración y misión exige una unidad interior. El hombre que recibe la Palabra está llamado a responder a ella, y esa respuesta debe manifestarse en sus actos.
La meditación sobre Jesús proporciona el fundamento de esta exigencia. La misión no se desarrolla al margen de la fidelidad al Padre, sino precisamente como expresión de ella.
Espíritu e instinto: la confrontación interior del cristiano
El significado de la oposición entre Espíritu y carne
Después de contemplar la acción del Espíritu en Jesucristo, Schökel aborda la confrontación que experimenta el cristiano en su propia vida.
El autor presta especial atención al lenguaje de san Pablo, particularmente a la oposición entre Espíritu y carne. Para explicar esta expresión, propone traducir en determinados contextos el término paulino mediante la palabra instinto.
Schökel reconoce expresamente que esta elección es aproximada y discutible. Su intención consiste en destacar aquellos impulsos que, cuando quedan dominados por el egoísmo, pueden orientar la conducta en una dirección contraria a la acción del Espíritu.
Esta precisión resulta importante porque impide identificar sin más el cuerpo humano con el mal. La confrontación descrita por Pablo no debe convertirse en un rechazo de la corporeidad.
El problema no consiste en que el hombre posea una dimensión corporal o experimente impulsos naturales. La dificultad aparece cuando esos impulsos pretenden convertirse en el criterio supremo de la conducta, prescindiendo de las exigencias del amor y de la voluntad divina.
Schökel utiliza el ámbito de la sexualidad para explicar esta distinción. El impulso biológico forma parte de la existencia humana, pero necesita ser asumido y elevado por una relación propiamente personal.
Cuando queda separado del amor y dominado por el egoísmo, puede convertirse en causa de desorden y de daño para el prójimo.
La referencia a 1 Tesalonicenses 4,7-8 permite relacionar la conducta sexual con la santificación y con el respeto debido a los demás. El comportamiento moral no queda reducido a una cuestión privada, porque las acciones humanas afectan también a otras personas.
La mentalidad orienta la conducta
En Romanos 8,5-9, Pablo relaciona la manera de vivir con aquello que orienta interiormente los pensamientos y deseos.
Schökel destaca la correspondencia entre la vida y la mentalidad. La conducta no surge de manera aislada, sino que responde a una orientación interior que influye en las decisiones.
Quien permite que sus impulsos egoístas determinen habitualmente su comportamiento termina organizando su existencia conforme a ellos.
Por el contrario, quien se deja conducir por el Espíritu recibe una orientación distinta, dirigida hacia la vida y la paz.
La oposición no debe interpretarse como si el cristiano dejara de poseer impulsos naturales. El Espíritu no destruye la condición humana ni elimina automáticamente todas sus inclinaciones.
Su acción introduce una fuerza nueva que permite superar el dominio de aquello que aparta de Dios.
Esta distinción resulta decisiva. La vida cristiana no consiste en negar la existencia de las tendencias humanas, sino en impedir que se conviertan en un poder absoluto sobre la voluntad.
El Espíritu hace posible una forma nueva de actuar, en la que los deseos pueden ser ordenados conforme al bien.
La liberación realizada por Jesucristo
La enseñanza paulina sobre el Espíritu alcanza especial profundidad en Romanos 8,1-4. Schökel presenta este pasaje como una explicación de la liberación que Jesucristo hace posible.
La condición humana, debilitada por el pecado, no encuentra en el simple conocimiento de la ley la fuerza necesaria para cumplir plenamente sus exigencias.
La ley puede señalar el bien y denunciar el mal, pero su formulación exterior no basta para transformar el corazón.
La intervención de Dios mediante Jesucristo introduce una situación nueva. El Espíritu vivificante permite que el creyente no permanezca sometido al dominio del pecado y de la muerte.
La liberación cristiana no significa que desaparezca toda exigencia moral. Significa que el hombre recibe una fuerza interior que lo capacita para responder de una manera nueva.
El cumplimiento de la voluntad divina deja de depender exclusivamente de una obligación exterior. La presencia del Espíritu permite que la exigencia del bien encuentre una correspondencia en el interior del creyente.
Esta transformación no convierte la vida moral en una realidad automática. La acción del Espíritu solicita una respuesta libre, sostenida y perseverante.
El cristiano continúa teniendo que decidir. Pero su situación ya no puede describirse únicamente mediante la impotencia ante el pecado, porque ha recibido la posibilidad de vivir bajo un principio nuevo.
La lucha espiritual y la responsabilidad humana
Schökel describe la existencia cristiana como un terreno de confrontación entre fuerzas que buscan orientar la conducta.
Esta imagen impide presentar la vida en el Espíritu como una experiencia de tranquilidad permanente. La presencia divina no suprime las contradicciones que el creyente puede experimentar.
San Pablo exhorta a no vivir sometidos al instinto y a seguir la dirección del Espíritu. La oposición aparece también en Gálatas 5,16-17.25, donde se destaca la necesidad de que la conducta corresponda a la vida recibida.
El cristiano no puede limitarse a reconocer que posee el Espíritu. Está llamado a actuar de acuerdo con esa presencia.
La expresión paulina sobre dejarse conducir por el Espíritu no equivale a renunciar a toda iniciativa. Schökel la interpreta como una disponibilidad activa, que evita oponer resistencia a la acción divina.
La cooperación humana resulta indispensable. El creyente debe reconocer los impulsos que lo apartan del bien y procurar no entregarles el gobierno de su conducta.
La lucha puede resultar exigente porque afecta a deseos profundamente arraigados. Sin embargo, la dificultad no significa que el esfuerzo carezca de fundamento.
El Espíritu proporciona una fuerza superior a la de los impulsos que conducen al pecado. La victoria no se atribuye simplemente a la capacidad natural de autodominio, sino a la acción divina acogida libremente.
Por eso Schökel recuerda la exhortación de Efesios 3,16, que relaciona la fortaleza interior con el Espíritu. La resistencia cristiana necesita una fuerza que alcance la profundidad de la persona.
La vida espiritual exige, por tanto, vigilancia y perseverancia. El creyente no debe sorprenderse de que aparezcan pruebas, ni interpretar toda dificultad como señal de fracaso.
La referencia a Eclesiástico 2,1-2 permite situar la prueba dentro de la experiencia de quienes se disponen a servir al Señor. La firmeza del corazón y la valentía forman parte de la respuesta humana.
Espíritu y letra: la libertad de la nueva alianza
La insuficiencia de una ley que permanece exterior
La última confrontación desarrollada por Schökel en este conjunto de meditaciones se refiere a la oposición paulina entre Espíritu y letra.
El autor toma como referencia principal el capítulo tercero de la segunda carta a los Corintios.
La antigua alianza aparece relacionada con mandamientos inscritos en piedra. La ley contenía exigencias buenas, pero se presentaba al hombre como una norma exterior que no proporcionaba por sí misma la fuerza necesaria para cumplirla.
Esta observación no significa que el contenido de la ley fuera malo. Schökel distingue cuidadosamente entre la bondad de sus exigencias y la insuficiencia de una relación fundada exclusivamente en el mandato exterior.
La norma puede indicar lo que debe hacerse, pero el conocimiento de la obligación no garantiza la transformación de la voluntad.
El hombre puede conocer una exigencia justa y continuar experimentando impulsos contrarios a ella. Puede aceptar intelectualmente una norma y descubrir que su interioridad no se encuentra todavía conforme con el bien que esa norma expresa.
Esta distancia entre el mandato y la disposición interior constituye uno de los problemas fundamentales de la vida moral.
La solución no consiste simplemente en multiplicar las prohibiciones o perfeccionar indefinidamente los códigos. La dificultad alcanza una profundidad que exige una transformación del sujeto.
El Espíritu escribe en el corazón
La nueva alianza introduce una diferencia decisiva. El Espíritu actúa en el interior del creyente y hace posible una relación nueva con las exigencias divinas.
La ley ya no se presenta únicamente como una orden que llega desde fuera. Su contenido puede ser acogido mediante una fuerza interior que impulsa al cumplimiento.
Schökel relaciona esta transformación con la libertad. La presencia del Espíritu permite que el hombre no viva exclusivamente bajo la presión de una obligación externa.
La libertad cristiana no significa ausencia de bien y de mal. Tampoco supone que cada persona pueda convertir sus preferencias particulares en criterio definitivo de conducta.
Consiste en una relación nueva con el bien, en la que la acción del Espíritu permite responder desde dentro a las exigencias de Dios.
La oposición paulina entre letra y Espíritu debe comprenderse desde esta perspectiva. La letra, considerada como mandato exterior incapaz de comunicar vida, no produce por sí misma la transformación necesaria. El Espíritu, en cambio, vivifica.
Esta diferencia afecta a la manera de entender la obediencia. Cuando el cumplimiento depende únicamente del temor a la sanción, la relación con la norma permanece marcada por la exterioridad.
Cuando el Espíritu transforma el corazón, el creyente puede reconocer interiormente el valor del bien y actuar conforme a él.
La obediencia no desaparece. Adquiere una profundidad nueva, porque queda vinculada a una libertad movida desde dentro por Dios.
La tentación de sustituir el Espíritu por el legalismo
Schökel advierte que la confrontación entre Espíritu y letra no pertenece exclusivamente al pasado.
También los cristianos pueden experimentar la tentación de buscar seguridad en un sistema de obligaciones estrictamente delimitadas, evitando la responsabilidad que exige la libertad.
La ley proporciona criterios y límites. Sin embargo, cuando se pretende reducir toda la vida cristiana a su observancia exterior, se corre el riesgo de oscurecer la acción interior del Espíritu.
El autor señala igualmente una dificultad que puede aparecer en quienes ejercen responsabilidades sobre otros. La organización y la regulación pueden adquirir una importancia tan grande que terminen ocupando el lugar central que corresponde a la acción divina.
Esta advertencia no constituye una invitación al desorden ni a la eliminación de las normas. Schökel propone aprender a relacionar correctamente ley y libertad.
La exigencia moral conserva su valor, pero debe estar acompañada por la transformación interior que el Espíritu realiza.
El cristiano no alcanza la madurez simplemente cuando conoce todas las disposiciones que debe cumplir. La alcanza cuando aprende a responder a Dios con una voluntad cada vez más conforme con el bien.
La libertad implica responsabilidad. Precisamente por eso puede resultar exigente. No permite descargar toda decisión en una norma exterior ni sustituir el discernimiento por una obediencia puramente mecánica.
El Espíritu no elimina la necesidad de actuar correctamente. Hace posible que esa actuación nazca de una interioridad renovada.
La comunidad cristiana como carta escrita por el Espíritu
Schökel encuentra otra imagen significativa en 2 Corintios 3,3. Pablo presenta a la comunidad creyente mediante la comparación con una carta que no ha sido escrita simplemente con tinta.
La imagen permite comprender que la acción del Espíritu debe manifestarse en la existencia concreta de los cristianos.
Una comunidad no da testimonio únicamente por sus declaraciones, sus documentos o su organización. Su propia vida puede convertirse en manifestación de la obra divina.
La referencia a la carta posee una dimensión profundamente pastoral. La autenticidad del ministerio apostólico se reconoce en la transformación que el Espíritu realiza en quienes han recibido el anuncio del Evangelio.
La vida comunitaria aparece así como un testimonio visible de una acción interior.
Schökel invita a examinar el fundamento del orgullo pastoral. Una comunidad puede sentirse satisfecha por la precisión de sus estructuras o por la observancia de sus disposiciones. Sin embargo, estas realidades no deben ocultar la pregunta por la presencia efectiva del Espíritu.
La verdadera importancia de la comunidad cristiana no procede únicamente de su capacidad organizativa. Se encuentra en la vida que Dios suscita en ella.
Esta perspectiva permite relacionar nuevamente la oración, la misión y la conducta. La comunidad que invoca al Padre y confiesa a Jesucristo está llamada a manifestar en su existencia la acción del mismo Espíritu que inspira su oración.
Conclusión: orar, vivir y actuar bajo la guía del Espíritu Santo
Las meditaciones de Luis Alonso Schökel muestran una profunda unidad entre la oración cristiana, la misión de Jesucristo y la transformación moral del creyente. El Espíritu Santo no aparece como una presencia reservada a momentos excepcionales, sino como el principio divino que sostiene la relación con el Padre, acompaña la misión del Mesías y fortalece al cristiano en sus confrontaciones interiores.
La oración nace de la filiación divina y encuentra en el Espíritu su ayuda permanente. El creyente aprende a invocar al Padre, a confesar a Jesucristo como Señor y a presentar sus necesidades, aun cuando desconoce la manera adecuada de formularlas. La debilidad humana no impide la acción divina, porque el Espíritu auxilia la oración y la orienta conforme a Dios.
Los salmos ofrecen una escuela privilegiada para este aprendizaje. Mediante sus palabras inspiradas, el cristiano puede educar sus sentimientos, ordenar sus deseos y profundizar en su relación con Dios. La oración recibida no excluye la participación personal, sino que exige una apropiación interior cada vez más consciente.
En Jesucristo, la acción del Espíritu se manifiesta en la consagración mesiánica, la prueba y el cumplimiento de la misión. La fidelidad del Señor muestra que la presencia divina no elimina las dificultades, sino que sostiene la obediencia a la voluntad del Padre.
Esta misma perspectiva ilumina la existencia cristiana. El Espíritu introduce una fuerza nueva frente a los impulsos que pueden conducir al pecado. No destruye la condición humana, sino que hace posible una orientación de la conducta hacia la vida y la paz.
Finalmente, la nueva alianza revela que la transformación interior es más profunda que la mera observancia exterior. La ley conserva sus exigencias, pero el Espíritu permite que el creyente responda a ellas desde una libertad renovada.
La vida cristiana aparece, en consecuencia, como una respuesta sostenida por Dios y realizada mediante la cooperación humana. Orar, reconocer a Jesucristo, resistir el mal y actuar con libertad responsable son expresiones de una misma vocación: vivir bajo la acción del Espíritu Santo.
Fuente bibliográfica: Luis Alonso Schökel, S. J., Al aire del Espíritu. Meditaciones bíblicas, Editorial Sal Terrae, Santander, 1998. Capítulos 10–15: «Espíritu Santo y oración», «La unción del Mesías», «La prueba del Mesías», «La presentación del Mesías», «Nuestra confrontación: Espíritu e instinto» y «Nuestra confrontación: Espíritu y letra». Páginas impresas 40–57.

