Caben diversos modos de ver a Jesús. Una mirada superficial ve en Él a uno más entre los pobladores de Nazaret, un artesano. Cuando inicia su vida pública y comienza a hablar todos se admiran; un sabio reside entre nosotros, pensarían, o un nuevo profeta. Pero al manifestar su interior el mismo Jesús, sólo se puede aceptar su testimonio desde la fe, pues dice de sí mismo que es Dios. Los milagros y las profecías son signos que atestiguan sus palabras. Pero es tan grande el hecho que la fe es la que alcanza el conocimiento profundo de Aquel que es verdadero hombre y verdadero Dios.
En los próximos textos vamos a contemplar su humanidad. Veamos primero lo que enseña el Catecismo.
¿QUÉ NOS ENSEÑAN LOS EVANGELIOS ACERCA DE JESÚS?
Contemplarlo como lo vieron los suyos es el camino para esclarecer el misterio y el secreto de su personalidad. La primera precisión sobre los evangelistas es que narran la vida de Jesús sobre el conocimiento de que está resucitado y que vive glorioso, victorioso y celestial. Este trasfondo da más brillo y contraste a su vida humana y pobre. En cuanto a las fechas parece que hay que retrasar el nacimiento al año 7 anterior a nuestra era y que fue crucificado el 7 de abril del año 30 a los 37 años. La vida pública sí que consta de tres pascuas, no de tres años completos. ¿Cuál debió de ser su aspecto exterior? No se distinguiría del de los judíos y rabinos de su época, «… era como cualquier hombre y también sus gestos» (Fil 2, 7), no vestía llamativa y pobre- mente como el Bautista, que, según la costumbre de los profetas, iba ceñido con una túnica de pelos de camello.
Como sus paisanos, llevaría ordinariamente un vestido de lana con un cinturón que ser- vía de bolsa al mismo tiempo, un manto o túnica y sandalias. En la Pasión llevaba una túnica sin costura y toda tejida de arriba abajo (Jn 19, 23). Según las prescripciones de la Ley (Num 15, 38) adornaban la parte superior cuatro borlas de lana con hilos azules. Y siguiendo la costumbre de su tiempo llevaría para la oración matutina filacterias atadas al brazo y alrededor de la frente. No censuraría su uso a los fariseos, sino la motivación de falsa piedad y de ensancharlas. En sus largas caminatas se guardaría de los ardientes rayos del sol mediante un sudario blanco que envolvía cabeza y cuello. Por lo demás, Jesús desdeñaba la «preocupación» por el vestido, lo que no quiere decir descuido y dejadez que son falta de virtud. Llevó la barba usual y los cabellos cuidados recogidos en la nuca a diferencia de los nazarenos, que se dejaban hirsutas y largas guedejas.
El cuidado del cuerpo lo recomienda superando la vanidad. Así pues, en épocas de ayuno dice: «… unge tu cabeza y lava tu rostro», lava los pies a sus discípulos y se lamenta de que el fariseo que le invita a comer no le dé agua para lavarse las manos, declara su favor por el bálsamo precioso con que la Magdalena le ungió previendo su muerte. Su figura corporal seguramente sería simpática y hasta fascina- dora. No poseemos ninguna descripción de su tiempo, sólo que había crecido en su niñez en gracia ante Dios y los hombres. Es trasladable lo que decía sobre la luz interior que se transparenta en lo externo: «… tu ojo es la luz de tu cuerpo y si aquel está sano, todo tu cuerpo estará iluminado». Su presencia debió de tener algo radiante que atraía a toda persona de sentimientos delicados, especialmente los niños.
La exclamación admirativa que un día brotó de una mujer del pueblo es muy significativa: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron» (Lc 11, 27). De modo particular debió de impresionar su mirada, capaz de inflamar las almas y de hacer sentir los reproches más emocionan- tes. Marcos usa mucho la expresión «Y mirándoles, dijo» (Mc 3, 5, 34; 5, 32; 8, 33; 10, 21; 20, 27). En sus ojos había algo dominante y arrollador. A este aspecto se añade el de su salud y energía, en suma, un equilibrio perfecto: capacidad emprendedora, resistencia a la fati- ga. El contraste con Mahoma enfermo, aquejado de un sistema nervioso en desequilibrio, o de Buda, psíquicamente deshecho y agotado cuando se retiró del mundo, es notable.
En Jesús no hay ni la menor alusión a enfermedad alguna. Su cuerpo parece especialmente resistente a la fatiga. Ora muy de mañana, muy de madrugada, y muchas noches las pasa en vela en oración. Incluso, respecto a la naturaleza, su salud se manifiesta en la radiante alegría especialmente ante montes y lagos. Las caminatas recorren toda Judea, Samaria, Galilea y aun la región de Tiro y Sidón. El hambre y la sed fueron, con seguridad, frecuentes compañeros de viaje, recomienda: «… no llevéis nada para el viaje, ni bastón ni alforjas y tampoco pan y dinero». Su última subida de Jericó a Jerusalen debió de ser una proeza. Bajo un sol ardiente, por caminos sin sombra y atravesando montes rocosos y solitarios, realizó el viaje en seis horas, debiendo superar una altura de más de mil metros.
Es asombroso que a su llegada no se sintiera fatigado. Aquella misma tarde cenó con Lázaro y sus hermanas (Jn 12, 2). Pasó la mayor parte de su vida al aire libre, en medio de la naturaleza expuesto a la intemperie. Le son familiares los lirios del campo y las aves del cielo. Su vida errante, llena de trabajo y penurias, manifiesta un cuerpo robusto. Marcos advierte que no tenía tiempo para comer (Mc 3, 20; 6, 31). Hasta muy entrada la noche no acudían a él los enfermos (Mc 3, 8) y también los fariseos, saduceos y enemigos llenos de malicia. Debe afrontar largas y penosas discusiones, luchas peligrosas en tensión continua.
Las explicaciones a los discípulos eran prolijas, con la pesada carga que le imponían aquellos espíritus poco despiertos y llenos de preocupaciones mezquinas. Un temperamento enfermo o simplemente delicado no hubiera podido resistir. Jamás perdió la serenidad. Continuó durmiendo tranquilamente duramente la tempestad.
Catecismo
¿Y SU ALMA?
Sus parientes no le entienden y se quedan perplejos ante Él o le llaman loco y afirman que ha perdido el juicio (Mc 3, 21). Los fariseos y sus enemigos pensaban que un espíritu maligno obraba en Él (Mt 12, 24). La superioridad que se manifiesta en Jesús no admite otra explicación si no se está dispuesto a aceptar quién es en realidad. Los evangelistas nos hablan con toda claridad. Si algo les llamó la atención en el modo de ser de Jesús, fue la lucidez extraordinaria de su juicio y la inquebrantable firmeza de su voluntad. Advierten un hombre de carácter, apuntando inflexiblemente hacia su fin, para realizar la voluntad de su Padre, hasta el último extremo, hasta derramar su sangre. Las repetidas expresiones «Yo he venido», «Yo no he venido» traducen perfectamente ese sí y ese no conscientes e inquebrantables. «Yo no he venido a traer la paz, sino la guerra» (Mt 10, 34). «No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9, 13). «El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida en rescate de muchos» (Mt 30, 28; Mc 10, 45). «No he venido a destruir la ley ni los profetas, sino a completarlos» (Mt 5, 77). «Yo he venido a traer fuego a la tierra. ¿Y qué quiero sino que arda?» (Lc 12, 49).
Sabe lo que quiere desde el principio. A los doce años dice a sus padres que le encuentran en el Templo «¿No sabíais que debía emplearme en las cosas de mi Padre» (Lc 2, 49). Las tres tentaciones del desierto son una victoria sobre la posibilidad egoísta de utilizar su poder para la glorificación personal y no cumplir la voluntad del Padre. Sus mismos discípulos intentan alejarle del cumplimiento de su misión. Primero sus parientes, luego su elegido Pedro, que le ama, pero no le entiende, y después de la multiplicación de los panes, muchos le abandonaron criticándole: «Muchos discípulos se separaron definitivamente de Él en esta ocasión» (Jn 6, 66).
No por ello dejó Jesús de seguir su camino: «¿Y vosotros, también queréis iros?». Jamás se le ve vacilar, ni en sus palabras ni en su obrar. Pide a sus discípulos una voluntad firme de ese calibre: «Quien pone la mano en el arado y mira atrás no sirve para el Reino de Dios» (Lc 9, 62). Está muy lejos de Él la precipitación y más aún la indecisión, las claudicaciones y las salidas de compromiso. Todo su ser es un sí o un no. Sólo Él puede afirmar con toda verdad que vuestra palabra sea «sí, sí», «no, no». Lo demás es un mal (Mt 5, 37). Todo su ser y toda su vida son unidad, firmeza, luz y pura ver- dad. Producía tal impresión de sinceridad y energía, que sus mismos enemigos no podían sustraerse a ella: «Maestro, sabemos que eres veraz y no temes a nadie» (Mc 12, 14).
Lo contrario de la hipocresía de sepulcros blanqueados de los fariseos. Su muerte es fruto de ese contraste de fidelidad al Padre y doblez de sus enemigos. Su carácter es la encarnación del heroísmo, por ello el joven rico que guarda los mandamientos no puede, o no quiere, seguirle; el verdadero discípulo debe odiar a su padre, madre, hermanos y aún a su propia vida si quiere seguirle; aunque odiar signifique poner en segundo término, es muy fuerte el modo de decir mismo. Tiene la fuerza del jefe que al decir a Simón y Andrés que le sigan, éstos dejan todas las cosas y a su padre con los jornaleros. Arroja a los mercaderes del Templo sin que nadie pueda resistirle. Sus mismos discípulos, aún conviviendo con Él y siendo llamados amigos, tienen un respeto que marca una distancia que los separa de Él: «Le seguían con miedo y se espantaban» (Mc 10, 32). No era uno de tantos, ni como los dirigentes, doctores de la ley y fariseos o autoridades políticas. Tenía consigo todo el poder y esta impresión de superioridad, de omnipotencia, que dimanaba su persona era tal, que para explicarla, la multitud buscaba las comparaciones con el Bautista, Elías o Jeremías o alguno de los profetas. Aunque esto se manifestase de un modo habitual humilde y manso.
Catecismo
LA VIDA INTERIOR DE JESÚS
La oración de Jesús se realiza muchas veces ante todo el mundo o ante los suyos en voz alta, pero busca el silencio y el recogimiento, cosa que en su vida pública sólo puede conseguir durante la noche mientras los demás duermen. Se puede decir que necesita la oración más que nosotros, no porque necesite pedir algo que no esté a su alcance, sino porque busca el trato íntimo y sin distracciones con el Padre.
Su fuerza interior aparece en ocasiones de una manera fuerte con el ardor de una pasión santa, así dice a Satanás en su tercera tentación: «¡Retírate de mi vista, Satanás!», palabras similares a las que dice a Pedro que intenta disuadirle de la Pasión dolorosa (Mt 4, 10; Mt 14, 23). «Fuera de mi vista inicuos, nunca os he conocido», dirá el día del juicio a los que mueren sin la gracia de Dios. Esta fuerza refulge y retumba en la parábola de la cizaña. «El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles, que reunirán a todos los malva- dos y seductores del Reino y los echarán al horno del fuego; allí se- rá el llanto y el crujir de dientes» (Mt 13, 41).
Análogamente, en la parábola de la red: «… ángeles vendrán y separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes» (Mt 13, 49). Asimismo terminan airadamente las parábolas de las diez vírgenes, de los talentos, de las ovejas y de los cabritos (Mt 25, 1ss.; 25, 14ss.; 25, 33ss.). En la parábola del siervo despiadado, el Señor «lleno de cólera» entrega a la justicia al siervo sin entrañas has- ta que pague enteramente su deuda; igualmente, en la parábola del invitado no engalanado en el festín, manda: «Atadlo de pies y manos, tomadle y echadle fuera; allí será el llanto y el crujir de dientes» (Mt 22, 13); en la parábola de los dos administradores, llega inopinadamente el Señor y manda descuartizar al siervo infiel y darle el merecido de los traidores (Lc 12, 46). En estas expresiones hay una vida fuerte, alejada de un blando sentimentalismo.
Similares son las palabras dirigidas a los fariseos: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas!, porque exprimís las casas de las viudas y por pretexto hacéis larga oración; por eso lle-varéis juicio más grave […] ¡Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello! […] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque limpiáis lo que está fuera de la copa y del plato, más interiormente estáis llenos de robo y de inmundicia» (Mt 23, 14, 24, 25). No es posible figurarse a Jesús en estas ocasiones más que con ojos llameantes y rostro encendido. Igual que cuando arroja a los mercaderes del Templo o cuando maldice la higuera, símbolo del pueblo infiel a las llamadas divinas.
La fuerza y la ira de Jesús con- trastan más aún con la dulzura habitual y manifiestan el amor a la verdad y la justicia, por encima de cualquier debilidad humana. Es la ira de Dios que se demuestra tantas veces en el Antiguo Testa- mento, así llamará a los fariseos raza de víboras, y a Herodes, zorro. Cuando se trata de dar testimonio de la verdad, desconoce el miedo y la vacilación. Un carácter luchador que en medio de la lu- cha no pierde la serenidad. Llama la atención su clarividencia viril, su impresionante leal- tad, su sinceridad austera y, en un palabra, el carácter heroico de su personalidad. Esta fuerza y verdad es lo que atrae a los discípulos, su pureza interior, su sinceridad se revelan en su palabra cuando dice: «Si tu ojo te escandaliza, arráncalo» (Mt 18, 9); «… el que pierde su alma, la gana» (Mt 10, 29); «Nadie puede servir a dos señores» (Lc 16, 13).
¿Cómo se condujo Jesús con los hombres y las cosas de su tiempo? No se da en Él una tendencia a ser soñador, sino fuerte- mente racional, cosa que se hace patente en las discusiones con sus enemigos que le preparan cuestiones difíciles y capciosas. Sus res- puestas son tan claras y contundentes que tienen que retirarse con- fundidos. Desbroza la religión de los añadidos humanos llevándola hasta sus mismas raíces, que están en el interior del corazón humano.
Sus parábolas hacen revivir ante nosotros a los labradores, los pescado- res, el traficante de perlas preciosas, el mayoral, el mercader, el jornalero, el constructor y el hortelano, abarcando desde la dueña de la casa y la pobre viuda hasta el juez, el general del ejército y el mismo rey. Tienen sus parábolas tal riqueza de matices describiendo la vida ordinaria que llegan tanto al intelectual como al hombre iletrado. Jesús busca ilustrar las mentes de los que le escuchan para renovarlos por dentro apartando las tinieblas del error o de la ignorancia. Junto a esto destaca, en la teoría y en la práctica, su mandato nuevo que manifiesta en la Última Cena y en toda su vida. «Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen» (Lc 6, 27; Mt 5, 44). Su amor a los hombres no le impide ver sus defectos, es más, los enuncia, pero ese amor le lleva a que desaparezcan esos pecados. Es lo que llamamos comprensión.
Conoce toda la fragilidad y toda la flaqueza y aplica los remedios en su mejor modo: suave o fuerte según la necesidad. La compasión es uno de sus rasgos más incomparables, en su sentido más hondo de padecer con otro. No se contenta con examinar la miseria humana, la toma sobre sí, paga por las deudas de los demás. Llama hermanos a los más insignificantes, se adapta a las costumbres de todos, mientras que no ofendan a Dios. Su unión con los pobres y los oprimidos es patente. Demuestra con obras que no ha venido a ser servido, sino a servir. Quiere ser pobre con los pobres, despreciado con los despreciados, tentado con los tentados, crucificado con los que sufren y mueren. Los evangelistas lo advierten continuamente: «Tenía compasión del pueblo» (Mc 8, 2; Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; Lc 7, 13); «… tenía compasión de ellos porque eran ovejas sin pastor» (Mc 6, 34).
Hay ocasiones en que su corazón parece tan sensible y dulce como pueda serlo el de una madre con su hijo enfermo, por ejemplo al salir de sus labios las parábolas del hijo pródigo, de la moneda perdida, del buen pastor y del buen samaritano. La desgracia que le conmueve es la de los enfermos y, sobre todo, la de los pecadores. No puede decir «no» cuando clama el dolor, ni cuando lo pide una mujer pagana, ni aunque parezca que no cumple el precepto del sábado, ni por miedo a que se escandalicen los piadosos por estar con publicanos y pecadores. Ni siquiera las torturas de la agonía le impiden decir al ladrón arrepentido «… hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).
Su amor a los hombres no tolera excepción alguna, y no tiene el menor matiz de preferencia para una clase determinada. Admite a los ricos, aunque les avise que su situación es más difícil que la de los pobres para alcanzar el Reino de los cielos, así ocurre con Simón el fariseo, con Nicodemo, con José de Arimatea, con Juana, mujer de Cusa, Susana y otras muchas «… que le servían de sus haciendas» (Lc 8, 3). Los Apóstoles no parecen pertenecer a las clases más bajas, sino a la clase media, como el mismo Jesús. La pobreza le conmueve por el sufrimiento que experimentan los que se encuentran en esa condición, y por el peligro de que pierdan la paciencia y se rebelen contra Dios. Peligro mayor en los ricos, que en la abundancia pueden olvidarse de Dios. El amor a los desgraciados es una necesidad íntima, un irreprimible movimiento interior, es la manifestación de la misericordia divina.
El hecho de estar en contacto con las alturas divinas no le impide hacerse cargo de las necesidades pequeñas y cotidianas. ¿Y la alegría? Jesús se abre al regocijo humano. Incluso le critican por su naturalidad, come en cualquier casa, va a la fiesta de bodas, no deja ayunar a los discípulos mientras el esposo esté con ellos. Manifiesta su amor de predilección con uno de ellos que en la Última Cena recuesta su cabeza sobre su pecho. Su contemplación de la naturaleza es poética: evoca los lirios, los arbustos, la higuera, las viñas, los pájaros y raposas y la tempestad amenazadora. ¿Quién es este Jesús? ¿No parece que su humanidad se mueve en direcciones opuestas, por una parte, hacia lo alto, lo celestial, y por otra, a lo de abajo, a lo humano? La solución no se encuentra sólo en lo humano, se debe buscar también en lo divino. Es perfecto Dios y perfecto hombre, igual en todo a nosotros excepto el pecado. Igual en los sentidos externos e internos, en las emociones, en los sentimientos, en la voluntad, en la inteligencia, pero perfecto y unido a la divinidad de tal modo que sus acciones son humanas y divinas. Éste es Jesús. Cada gesto expresa la plenitud de la divinidad corporalmente, pero también expresa lo que es un hombre sin la deformación del pecado. Cuando los hombres decimos que algo es humano, muchas veces indicamos acciones pecaminosas. Jesús nos muestra lo que es genuina- mente humano sin faltas ni recortes.
Catecismo 471 El Hijo eterno asumió también un alma racional humana. 472 Esta alma humana que el Hijo de Dios asumió está dota- da de un verdadero conocimiento humano. Como tal, éste no podía ser de por sí ilimitado: se desenvolvía en las condiciones históricas de su existencia en el espacio y en el tiempo. Por eso el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso progresar «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2, 52) e igualmente adquirir aquello que en la condición humana se adquiere de manera experimental (cf. Mc 6, 38; 8, 27; Jn 11, 34; etc.). Eso correspondía a la realidad de su anonadamiento voluntario «tomando condición de esclavo» (Flp 2, 7). 473 Pero, al mismo tiempo, este conocimiento verdaderamente humano del Hijo de Dios expresaba la vida divina de su persona (cf. San Gregorio Magno, ep. 10,39: DS 475). «La naturaleza humana del Hijo de Dios, no por ella misma sino por su unión con el Verbo, conocía y manifestaba en ella todo lo que conviene a Dios» (San Máximo el Confesor, qu. dub. 66 ).
Esto sucede ante todo en lo que se refiere al conocimiento íntimo e inmediato que el Hijo de Dios hecho hombre tiene de su Padre (cf. Mc 14, 36; Mt 11, 27; Jn 1, 18; 8, 55; etc.). El Hijo, en su conocimiento humano, demostraba también la penetración divina que tenía de los pensamientos secretos del corazón de los hombres (cf. Mc 2, 8; Jn 2, 25; 6, 61; etc.). 474 Debido a su unión con la Sabiduría divina en la persona del Verbo encarnado, el conocimiento humano de Cristo gozaba en plenitud de la ciencia de los designios eternos que había venido a revelar (cf. Mc 8, 31; 9, 31; 10, 33-34; 14, 18-20. 26-30).
Lo que reconoce ignorar en este campo (cf. Mc 13, 32), declara en otro lugar no tener misión de revelarlo (cf. Hch 1, 7). 470 Puesto que en la unión misteriosa de la Encarnación «la naturaleza humana ha sido asumida, no absorbida» (Gaudium et spes, 22, 2), la Iglesia ha llegado a confesar con el correr de los siglos, la plena realidad del alma humana, con sus operaciones de inteligencia y de voluntad, y del cuerpo humano de Cristo. Pero paralelamente, ha tenido que recordar en cada ocasión que la naturaleza humana de Cristo pertenece propiamente a la persona divina del Hijo de Dios que la ha asumido. Todo lo que es y hace en ella pertenece a «uno de la Trinidad». El Hijo de Dios comu- nica, pues, a su humanidad su propio modo personal de existir en la Trinidad. Así, en su alma como en su cuerpo, Cristo expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad (cf. Jn 14, 9-10): «El Hijo de Dios […] trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado» (Gaudium et spes, 22, 2).
Jesús tiene sentimientos como todos los humanos. Llora, ríe, siente alegría y gozo, temor, ira, cansancio, entusiasmo, angustia y amor. Tan es así que nos dice que le imitemos en ser mansos y humildes de corazón como Él, y san Pablo pone la meta del cristiano en tener los mismos sentimientos que Cristo tenía en su Corazón, que viene a ser la intimidad más profunda de su humanidad, como el punto de unión de lo corporal y lo espiritual según el modo de expresarse de los hebreos y de casi todas las culturas.
EL CORAZÓN DEL VERBO ENCARNADO
Catecismo
